Capítulo 75. Una hipótesis remota
Gracias a las enseñanzas recibidas de su madre, Assumpta se desenvolvía con soltura y naturalidad en la alta sociedad mallorquina.
Lamentaba no conocer mejor a don Antoni.
Sus padres habíanmantenido una amistad cercanacon los Anglada, durante los años en que éstos vivieron de Palma, pero la relación se había enfriado tras el traslado de don Antoni y doña Inmaculada a Son Carvall, por lo que Assumpta nunca llegó a tratar con su futuro suegro.
Además, Jaume decidió excluir a su padre en el encuentro que se celebraría esa misma tarde en casa de los Villalonga, donde ambas familias se reunirían para oficializar el compromiso entre ambos.
Los Villalonga sentían un gran aprecio por los hermanos Anglada.
De hecho, desde que doña Martina y don Sebastián conocieron la relación entre los jóvenes, habían acogido a Jaume como a uno más de la familia y lo veían como el candidato perfecto para ella, no sólo por la conexión entre ambos jóvenes, sino porque habían llegado a apreciarlo sinceramente.
La tarde transcurrió entre charlas agradables y distendidas; algunas giraban en torno a temas sin importancia, mientras que otras trataban sobre la organización de la boda.
Incluso los novios se sorprendieron al oír a doña Martina y a Magdalena discutir sobre la ceremonia religiosa, la calidad de los platos para los invitados, las diferentes bebidas…
Llegaron a proponer varias fechas y comentaron todos esos detalles con tal entusiasmo que parecía que la boda fuera a celebrarse en breve, pese a que la pareja aún no había fijado un día concreto.
Resultaba curioso que la organización de la boda estuviera liderada por las damas, Magdalena, Assumpta y doña Martina, mientras que los caballeros, Jaume, Alfonso y don Sebastián, apenas intervenían en esas cuestiones.
La charla entre ellos adquirió un tono de preocupación al abordar las recientes noticias de los periódicos. Don Sebastián fue el primero en plantear el tema y expresar su punto de vista:
—Considero que la situación política en España está al borde del abismo.
—Se rumorea insistentemente que pronto habrá un pronunciamiento militar —declaró Alfonso.
—En efecto. Basta leer los periódicos para confirmarlo —respondió don Sebastián.
—Los durísimos enfrentamientos verbales en el Congreso son vergonzosos —comentó Jaume.
—No sólo en el Congreso. También es preocupante la situación en las calles de todo el país: huelgas, disturbios, asesinatos... —dijo don Sebastián.
—Así es —asintió Alfonso.
—Mallorca no es ajena a esta situación. Como sabéis, la semana pasada estalló una bomba en la Casa del Pueblo y, posteriormente, hubo graves disturbios en las calles de la ciudad, así que no podemos descartar ningún escenario —señaló Jaume.
—¿Podría este contexto llevar a una guerra civil? —preguntó Alfonso con cierta inquietud.
—Considero que es una posibilidad. ¿Qué piensa usted, don Sebastián? —preguntó Jaume a su futuro suegro.
—No lo sé. Sinceramente, no tengo una respuesta clara —respondió don Sebastián.
Y al darse cuenta de que la conversación sobre la política del país podría extenderse y desviar el propósito original de la visita, intervino con su habitual pragmatismo, dirigiéndose a los presentes—: Por favor, ¿serían tan amables de concederme un momento de atención?
Los novios aún no han fijado la fecha de la boda, así que…
Assumpta interrumpió:
—Tenemos una idea de la fecha aproximada. Será a finales del año que viene.
—Es cierto. Sin embargo, queda mucho tiempo. Sugiero que salgamos a caminar un rato. Nos hará bien respirar aire fresco. ¿Qué opinan? —preguntó don Sebastián.
Todos estuvieron de acuerdo.
Mientras caminaban por el hermoso paseo de la Riba, junto al mar, entre farolas y bancos, desde donde se podía contemplar la llegada y partida de los barcos, Magdalena pensaba en la posibilidad de que la noticia del compromiso matrimonial de su hermano se divulgara y acabara llegando hasta su padre.
No creía que él se molestara por no haber sido invitado a la petición de mano, ni tampoco veía probable que acudiera a la boda de Jaume, aun en el caso de recibir una invitación.
Sus pensamientos sobre su padre se desvanecieron cuando doña Martina empezó a conversar con ella sobre asuntos cotidianos ajenos al enlace.
Los novios pasearon juntos, disfrutando del paisaje marino que los rodeaba, pero manteniendo una distancia adecuada para evitar cualquier contacto físico que pudiera llamar la atención en público.
Detrás de los prometidos iban Magdalena y doña Martina, que charlaban animadamente.
Don Sebastián y Alfonso cerraban la comitiva, conversando sobre sus respectivos y prósperos negocios: uno relacionado con su despacho de arquitectura y el otro con su prestigioso bufete de abogados.
Ninguno de los dos volvió a mencionar la posibilidad de una guerra civil; tal vez la consideraban únicamente una hipótesis remota.