Capítulo 74. Mariposas en el estómago
Doña Martina entró en el salón y, antes de sentarse en su butaca preferida, encendió el ventilador eléctrico de mesa, un modelo moderno de cuatro aspas metálicas que un amigo de la familia le había traído de Bélgica.
—El aire que emite el ventilador resulta refrescante, ¿no crees? —dijo doña Martina con entusiasmo a su hija.
—Sí, es verdad. Desde aquí puedo sentir el frescor.
—¡Qué tarde es! —exclamóla madre al mirar el reloj y añadió—: Deja de leer la novela y ve a cambiarte de ropa. Tu abuela y tu tía estarán a punto de llegar al puerto. ¡Qué alegría tengo de volver a verlas! ¿No sientes lo mismo?
—Sí, pero me cuesta expresarlo.
Doña Martina asintió en silencio mientras observaba a su hija caminar por el pasillo hacia su habitación.
Don Sebastián se ajustaba la corbata frente al espejo del mueble recibidor.
Había escuchado la conversación entre su hija y su esposa.
Ese día había notado signos de mejora en la salud de esta última, pues ella, con inusitada energía, se había ocupado de dar instrucciones a la sirvienta para que todo estuviera en perfecto orden.
Con esa misma energía, le había hablado también a Assumpta y a él mismo.
Una vez terminó de ajustarse el nudo de la corbata, entró en el salón y oyó a Martina decirle:
—Hoy almorzaremos el estofado de cordero que tanto te gusta.
—Perfecto —respondió él.
—Cuando le hice el encargo al carnicero, le pedí que seleccionara las mejores piezas porque eran para mi madre y mi hermana, que venían de visita desde Córdoba. ¿Sabes qué me dijo?
—No lo sé, Martina. ¿Cómo podría saberlo?
—Me dijo: «Son corderos de la posesión Son Carvall» —comentó doña Martina, con expresión seria e imitando la voz grave y rasposa del carnicero. A continuación, añadió—: Pero no le mencioné que conocía a los señores de Son Carvall.
—Hiciste bien. Eso no le interesa al carnicero. Lo importante es que la carne sea de buena calidad.
—Tienes razón —comentó ella con tono reflexivo, mientras el ventilador eléctrico movía las aspas y aliviaba el calor de la mañana.
Assumpta volvió al salón luciendo un vestido nuevo.
Su madre aprobó la elección, mientras su padre se disponía a conducir su coche hasta el puerto de Palma para recoger a su suegra, Lola, y a su cuñada, Paula.
Estaba bajando por las escaleras hacia la cochera cuando, desde el descansillo, oyó a su esposa:
—Sebastián, no os entretengáis. Pronto será la hora del almuerzo.
—Si el barco llega a su hora, regresaremos con tiempo suficiente. No te preocupes —respondió él.
Doña Martina asintió con un gesto. Luego se asomó a la ventana para observar cómo el coche de su esposo avanzaba por la calle hasta que lo perdió de vista al girar en la primera esquina.
Después cerró la ventana y se dejó caer en la cómoda butaca frente al ventilador.
Cerró los ojos e inhaló profundamente. El aroma del guiso de cordero que estaba preparando la sirvienta le abrió el apetito.
En ese instante, escuchó a su hija y a la sirvienta murmurar entre ellas, pero las voces de ambas le llegaban tan atenuadas que no pudo averiguar de qué hablaban.
Desde su posición tampoco pudo ver cómo la sirvienta le entregaba a Assumpta una carta que el cartero había dejado esa misma mañana para ella
Assumpta guardó el sobre en el bolsillo para que su madre no se enterara de que Jaume Anglada le había escrito desde Barcelona.
Doña Martina permaneció en su butaca, con los ojos cerrados, como si estuviera en un trance placentero y sereno, hasta que oyó el sonido del coche de su esposo, que regresaba con su familia.
En medio del alboroto de saludos y abrazos, Assumpta se quedó discretamente al margen, esperando su momento para saludar.
Notó que su tía Paula la miraba con interés, y ambas parecían medirse mutuamente.
Resultaba extraño que, en las escasas ocasiones en que coincidían, surgiera entre ellas una tensión inexplicable, involuntaria, que ninguna conseguía comprender.
Ambas trataron de disimularlo, mostrando una alegría fingida ante el reencuentro.
Esa tarde, tras la comida, mientras Martina y Lola descansaban a la hora de la siesta, Paula y Assumpta se quedaron a solas en el salón y, curiosamente, mantuvieron una breve charla con la intención de crear un ambiente más cercano y de confianza entre ambas.
—Assumpta, ¿cómo va tu vida? ¿Ya tienes novio? —preguntó Paula con interés.
A pesar de tener treinta y tres años y ser madre de un niño, Paula mantenía una figura esbelta y una apariencia juvenil. Su cabello, largo y ondulado, la dulzura de su rostro y su manera de sonreír, tan similares a los de Assumpta, ponían de manifiesto la herencia genética de Lola.
—¿Novio? No sé qué decirte.
Paula comprendió que su sobrina quería hablar sobre el amor, así que le preguntó sin rodeos:
—¿Te sientes rara por un chico? ¿Como si tuvieras mariposas en el estómago?
—Sí. Él se llama Jaume. Desde pequeña he sabido lo que quería lograr en la vida, pero ahora estoy confusa.
Le prometí que lo esperaría hasta que regresara del servicio militar, pero ahora mismo no estoy segura de querer esperarlo —respondió Assumpta, levantándose del sofá para mirar por la ventana.
Con disimulo, acarició el sobre que llevaba en el bolsillo.
—No te preocupes. Encontrarás la manera de resolver tus dudas, pero primero deberías leer la carta.
—¿Cómo sabes que tengo una carta? ¿Por qué asumes que no la he leído? —respondió Assumpta, volviéndose hacia su tía con un aire de superioridad.
—Porque he visto el sobre que asoma por tu bolsillo y, si supieras lo que dice la carta, no la acariciarías con tanta ansiedad —replicó Paula.
Assumpta se sentó de nuevo en el sofá, al lado de su tía, y admitió:
—Tienes razón. Necesito leerla —dijo mientras levantaba la solapa.
Paula se levantó para salir de la habitación y permitir que su sobrina leyera la carta en privado.
—Por favor, quédate. Esta es la primera carta que recibo de él —dijo Assumpta, mirando el sobre con nerviosismo.
—Entonces, ¿por qué no la has leído aún? —preguntó Paula.
Assumpta no se había atrevido a leer la carta por miedo a enfrentarse a una despedida, o al doloroso fracaso de una relación que ni siquiera había comenzado. Extrajo la carta y se la entregó a su tía:
—Léela tú primero y dime si crees que merece la pena que la lea. Si me dices que no, entonces la romperé y me olvidaré de él.
—¿Estás segura? —preguntó Paula.
Assumpta asintió. Paula se fijó en el nombre del remitente: era Jaume Anglada i Gayá.
—¿Anglada? ¿Es pariente de don Antoni Anglada, yerno de doña Bárbara? —preguntó Paula.
—Sí. Es hijo de don Antoni, pero no tiene contacto con su padre. Lo sé por terceras personas, no por él.
El silencio volvió a reinar entre ellas. Paula se concentró en la lectura, mientras Assumpta la observaba con ansiedad. Al terminar de leer, Paula dobló la carta, la guardó de nuevo en el sobre y sonrió.
—¿Qué dice la carta? ¿Qué opinas? —preguntó Assumpta, impaciente por conocer la opinión de su tía.
—Si doña Bárbara estuviera viva, no sé qué pensaría de que te hayas enamorado de un Anglada; pero eso ahora no tiene relevancia —respondió Paula, devolviéndole la carta a su sobrina. Le dio un beso en la frente y añadió—: Léela y luego respóndele. El joven te quiere. Eres afortunada.
A continuación, Paula salió del salón y cerró la puerta. Assumpta se quedó sola, sosteniendo el sobre de Jaume entre sus manos, temblorosas por la emoción.
Lola y Paula pasaron una semana en Palma; fueron días dedicados al descanso y a la convivencia familiar.
A diferencia de otras veces, Assumpta no mostró con su tía Paula la actitud distante, áspera y desagradable que solía adoptar cuando quería; quizás el amor que sentía por Jaume y el hecho de haber compartido con su tía la carta que él le envió habían suavizado su carácter.
Paula, sin embargo, intuía que ese cambio sería pasajero, pues el enamoramiento no dura para siempre.
El día antes de su partida hacia La Quintana, el buen tiempo animó a Lola y a sus hijas a salir a pasear.
Su nieta decidió unirse a ellas en el último momento.
Las cuatro se dirigieron hacia el mar y caminaron despacio por el sendero junto a la costa.
El agua resplandecía con tonos gris-azulados y una brisa suave las envolvía, mientras el murmullo de las olas acompañaba la conversación.
Al llegar a la playa de Es Jonquet, Assumpta se quedó unos pasos rezagada y sonrió para sí al recordar, aquel mismo horizonte, donde el barco en el que viajaba Jaume alejándose hacia la costa catalana y la duda que entonces sintió sobre si él le escribiría.
Al mismo tiempo, observaba a su madre feliz y tan cercana a Paula que sintió un leve destello de celos, que enseguida apartó.
Hacía tiempo que no la veía así de contenta; incluso parecía que su asma había mejorado.
Ella también se sentía ligera y alegre, como cuando era niña y encontraba una concha o una piedra especial en aquella misma playa.
Al llegar cerca de las casas de los pescadores, también Lola evocó su juventud y aquella lejana tarde de amor con Arnau, la única ocasión en que fue infiel a su marido tras su abandono.
Desde entonces no había vuelto a amar a ningún otro hombre.
Había dedicado su vida por completo a sus hijas y a doña Bárbara.
Lola las contempló en silencio, con una expresión apacible, disfrutando de ver a su familia reunida.
Se detuvieron un momento y se sentaron sobre unas rocas frente al mar, donde compartieron historias, risas y algún que otro recuerdo lleno de emoción.
En ese instante, con el sol empezando a ponerse, Lola entendió que no era sólo un paseo, sino un pequeño tesoro de tiempo compartido que guardarían para siempre.
El largo viaje desde Córdoba, sólo por eso, había merecido la pena.