Los Herederos de Son Carvall (La saga de los Anglada 2) Capítulo 73. Aroma a caramelo
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Capítulo 73. Aroma a caramelo

Habían transcurrido cuatro años desde el fallecimiento de doña Inmaculada Gayá, y sus hijos, Magdalena y Jaume, seguían sin tener contacto con su padre, al que no habían vuelto a ver desde que abandonaron el hogar unos meses antes de la muerte de su madre.

Magdalena disfrutaba de su matrimonio y esperaba quedarse embarazada de un hijo de Alfonso.

Por su parte, Jaume tenía bien avanzados sus estudios de Derecho en Barcelona.

Contaba además con un empleo asegurado en el bufete de su cuñado Alfonso, quien había consolidado su carrera y disponía de un equipo de abogados que trabajaban para él.

Esa mañana, Magdalena, Alfonso y Jaume estaban desayunando en casa cuando alguien llamó a la puerta.

—¿Quién será a estas horas? —preguntó Alfonso.

—Quizás sea la sirvienta de doña Martina, la que viene a cobrar el alquiler.

Aunque suele venir alrededor de las once, no tan temprano —respondió Magdalena, mirando el reloj de pared que marcaba las nueve y cinco.

Luego añadió—: Jaume, por favor, ve tú a abrir la puerta y, si es la sirvienta, entrégale el sobre con el alquiler.

Está en el cajón del mueble del vestíbulo.

Cuando se quedaron a solas, Alfonso preguntó:

—¿Tienes algo que contarme?

—Me preocupa que Jaume tenga que incorporarse al servicio militar —respondió ella, con una sombra de inquietud en la mirada.

Alfonso no consideró que el asunto fuera tan grave como para inquietarse. Iba a tranquilizarla cuando oyeron a Jaume decir en voz alta:

—Salgo a pasear un rato.

Lo escucharon descender las escaleras rápidamente. Magdalena y Alfonso se intercambiaron miradas de sorpresa, ante la idea de que Jaume saliera a pasear a esas horas. Magdalena aventuró una suposición:

—Quizás sea un amigo de Jaume que ha venido a buscarlo.

Alfonso se levantó para asomarse por la ventana que daba a la calle. Observó a su cuñado intentando acompasar su paso al de una joven alta, delgada, de cabello castaño largo y figura atractiva. Con un toque de sarcasmo, preguntó:

—¿Un amigo con falda y tacones?

Magdalena se acercó para mirar con curiosidad y dijo:

—Es Assumpta Villalonga, la hija de nuestra casera. Debe de tener diecisiete o dieciocho años. Está muy guapa.

Cuando Jaume abrió la puerta y vio a Assumpta, en la penumbra del rellano de la escalera, la reconoció de cuando eran niños. Podía habérselo dicho; sin embargo, dejó que ella se presentara y explicara que estaba allí para recoger el alquiler en sustitución de la sirvienta enferma.

En esos pocos minutos con ella, Jaume se dio cuenta de que, por algún motivo, la inseguridad y la timidez que solía sentir con chicas desconocidas desaparecieron.

De pronto, dejó de sentirse torpe o retraído con ella.

Decidió seguirla por la calle, como si algo lo empujara a no dejar pasar aquella oportunidad.

—¿Por qué me persigues? —preguntó Assumpta, sin detenerse, permitiendo que Jaume ajustara su paso al de ella.

Al acercarse, él notó en ella algo familiar que le recordaba tiempos pasados, pero no supo qué era. Respondió con seguridad:

—Porque te conozco.

—Por supuesto que me conoces. Ya me he presentado. Si no fuera así, no me habrías entregado el dinero del alquiler —respondió ella.

—No me refiero a eso. Han pasado muchos años, pero tengo buena memoria para las caras. ¿No me recuerdas? —insistió él.

—¿Debería hacerlo? —le retó ella, con un aire de desconfianza—. Bueno… hay tantas caras. ¿Y de qué me conoces?

—Te lo diré cuando lleguemos a esa esquina —respondió Jaume, con un tono enigmático.

—Primero necesito detenerme a comprar comida para pájaros. ¿Te gustan los pájaros? —preguntó ella, cruzando la calle en dirección a la tienda.

Para Jaume, Assumpta no era una chica común. La había visto en sus sueños en varias ocasiones, mostrándole una pequeña cicatriz en su muñeca derecha. Mientras él pensaba sobre ese sueño, ella le formuló una pregunta trivial acerca de los pájaros que lo dejó perplejo y pidió aclaración:

—¿A qué pájaros te refieres?

—Es una pregunta sencilla. ¿Te gustan, sí o no? —repitió Assumpta, dejando la respuesta de Jaume en el aire antes de entrar en el pequeño local.

Jaume aguardó junto a la puerta, con las manos en los bolsillos. Su respuesta era afirmativa; le gustaban los pájaros. De hecho, los echaba de menos.

Durante los veranos de su infancia, al concluir el año escolar en Palma, regresaba a la posesión Son Carvall y observaba las aves durante horas.

Le gustaba perderse entre los pinares, escuchar el viento y disfrutar de una libertad que no había vuelto a encontrar desde que su padre le prohibió regresar a la posesión cuatro años atrás.

El sonido de la puerta de la tienda al abrirse interrumpió sus pensamientos. Assumpta apareció con una bolsa de papel de estraza llena de alpiste, que sostenía contra su pecho.

—Mi respuesta es sí. Me gustan los pájaros. Recuerdo que, durante los veranos en la casa de mis padres, me tumbaba al aire libre a observarlos volar. Podía pasarme horas de esa manera —dijo él, esbozando una sonrisa nostálgica.

Se dirigieron hacia la casa de Assumpta. Al girar en la esquina, Jaume se detuvo y comentó:

—Fue aquí. Justo en este lugar. ¿Lo recuerdas?

—¿Qué debería recordar? —preguntó ella, intrigada.

—Éramos niños. Me enseñaste la cicatriz en tu muñeca —dijo, acercándose a ella con cierta audacia. Inhaló su fragancia y añadió—: Aún puedo recordar aquel aroma tuyo a caramelo.

—Nunca he olido a caramelo. Además, creo que has visto mi cicatriz hoy, porque no la escondo —respondió Assumpta. En ese momento recordó aquel día lejano y a Jaume, el niño triste cuya abuela acababa de fallecer.

—No importa si no lo recuerdas —dijo él, sonriendo. Luego se puso serio al cambiar de tema—: La próxima semana me marcho a Barcelona para el servicio militar. Es obligatorio. Pero cuando regrese, me gustaría conocerte mejor. ¿Me esperarás?

—¿Esperarte dos años? Eso es demasiado tiempo —respondió ella, con un tono de duda.

—No son dos años. Ahora el tiempo en filas se ha reducido, creo, por razones económicas. El servicio militar dura un año, pero los universitarios sólo estamos obligados a hacer un mes y podemos compaginarlo con nuestros estudios —aclaró él.

Aunque Jaume parecía inteligente y decidido, ella se mostró reticente:

—Sólo tengo diecisiete años. No estoy segura de si debo esperarte, ni si mis padres me lo permitirán. Ellos también tienen planes para mí.

Al mirarla de reojo, Jaume se dio cuenta de que Assumpta conservaba los rasgos esenciales de su niñez, aunque ahora, desde la perspectiva de un adulto, le parecía diferente.

—Sólo me faltan dos asignaturas para acabar la carrera y creo que podré trabajar como abogado en el bufete de mi cuñado —dijo Jaume, y añadió—: ¿Tus padres me permitirán que te escriba?

—¿Para qué quieres escribirme? —preguntó ella con suspicacia.

—Para que te acuerdes de mí —respondió él simplemente.

—¡Ah! Bueno. Entonces, puedes escribirme. Memoriza la dirección. Vivo aquí. Ya hemos llegado —dijo ella, señalando la puerta de su casa.

—Ya conocía tu dirección. Algún día volveré a buscarte —respondió él con convencimiento.

—¿Cuándo te vas? —inquirió ella, con interés.

—La semana próxima, el día quince. El barco zarpa a las tres de la tarde. ¿Vendrás a despedirme?

Ella no respondió; simplemente entró en su casa.

Jaume permaneció en la calle, con la mirada fija en la fachada de la casa de los Villalonga, donde ella acababa de entrar.

No deseaba irse a Barcelona sin saber si Assumpta lo esperaría o no.

Siempre que se encontraba en una disyuntiva, prefería afrontarla con valentía y determinación en lugar de dejarla pasar.

Entonces, decidió acercarse a la entrada de la casa señorial de los Villalonga y golpear la aldaba con firmeza.

Quería hablar con los padres de Assumpta, presentarse, explicarles que no era un extraño, sino el nieto de doña Isabel María Gibert, el hijo de don Antoni Anglada, señor de Son Carvall, y solicitar su permiso para mantener correspondencia con su hija y que ambos pudieran conocerse mejor.

Sin embargo, de repente dudó, cambió de opinión y, cuando una sirvienta le abrió la puerta, balbuceó una disculpa, y afirmó que había llamado a la puerta equivocada.

No quería que Assumpta, con sólo diecisiete años, se sintiera atada a él, ya que apenas se conocían.

Se marchó hacia su casa con las manos en los bolsillos y la cabeza baja y los hombros encogidos.

Al cruzar la calle, vio a Assumpta corriendo tras de él.

Como si el tiempo se detuviera por un instante, se detuvo y la observó acercarse.

Cuando estuvieron frente a frente, Assumpta le dijo:

—Jaume, te esperaré.

El 15 de septiembre, minutos antes de que el barco partiera hacia Barcelona, Assumpta llegó sola al muelle.

El clima de finales de verano era agradable, con una temperatura templada y una suave brisa marina.

Su vestido largo, que le llegaba hasta los tobillos, se movía ligeramente mientras observaba las maniobras del barco, rodeada de otras personas que, al igual que ella, habían ido a despedir a los pasajeros.

Apenas un par de minutos después vio a Jaume en la cubierta. Le pareció que él también la buscaba con la mirada. Se reconocieron entre la multitud y se saludaron levantando el brazo. Jaume hizo un gesto con la mano que parecía decirle: «Te escribiré».

En ese momento, como si lo conociera de toda la vida, sintió tristeza por la inminente separación.

La media hora que había compartido con él una semana antes había despertado en su interior no sólo su interés por el joven Anglada, sino también un fuerte deseo de integrarse en su vida, pues sabía perfectamente quién era Jaume Anglada i Gayá y lo que representaba su apellido.

Cuando el barco se convirtió en un pequeño punto en el horizonte, Assumpta se dirigió hacia el centro de Palma.

En las calles cercanas al puerto, el inconfundible aroma a sal y pescado impregnaba el aire.

Caminó por calles angostas donde las tiendas exhibían las frutas de temporada en cajas de madera alineadas contra las fachadas, como si fueran modestos escaparates.

No entendía por qué estaba llorando. Casi nunca lo hacía.

Cuando era niña, en momentos de crisis o desesperación, apretaba los puños o hacía muecas, pero nunca se permitía llorar.

Sintió el miedo a la falta de respuestas sobre su futuro que sólo Jaume Anglada podría darle.

No le quedaba más opción que esperar la llegada de las cartas que él le había prometido enviarle.