Capítulo 72. Tiempos inciertos
Reclinado en una de las butacas de su biblioteca, don Antoni esperaba la llegada de su amigo, el doctor Ignasi Artigues.
El sonido del automóvil al acercarse rompió el silencio denso de la estancia, como si anunciara que no sería una visita cualquiera, sino el inicio de una conversación inevitable sobre el rumbo del país.
Se levantó con calma y, antes de salir a recibirlo, apartó ligeramente la cortina para comprobarlo.
Observó al doctor descender del coche. El chófer le entregó el bastón que usaba desde el accidente de hacía años. Bajo del brazo llevaba un par de periódicos. Lo vio avanzar hacia la entrada mientras el chófer permanecía en el vehículo.
Tras los saludos de cortesía, don Antoni le ofreció algo de beber.
—Tomaré un café con leche. No son tiempos para brindis —dijo el doctor, dejando los periódicos sobre la mesa baja, entre ambas butacas—. Te los traigo para que estés al tanto.
—Te lo agradezco. Cada vez me cuesta más leer, pero le pediré a Aina que lo haga más tarde.
De todas formas, estoy informado por la radio: anteayer se proclamó la República.
Imagino que habrá despertado entusiasmo en muchos ámbitos, aunque no en todos —respondió don Antoni con seriedad, dejando claro que él no aplaudía el nuevo gobierno.
Don Antoni extendió el brazo e hizo sonar la campana que tenía en la mesa auxiliar. La sirvienta se presentó de inmediato y le pidió que sirviera dos cafés con leche.
Cuando volvieron a quedarse solos, don Ignasi comentó:
—En mi opinión, la proclamación de la República ha sido apresurada, casi irreflexiva. ¿Y el rey? Su Majestad ha partido al extranjero; dicen que para evitar una guerra civil.
—A mí me parece una huida en toda regla. Un rey no abandona su país en estas circunstancias —replicó don Antoni.
—Quizás no le dejaron otra opción. Con las calles llenas de celebraciones y la Guardia Civil del lado de la República, las posibilidades de resistencia eran mínimas —añadió el doctor.
—Sin duda. Se ha sustituido la continuidad de la monarquía por la incertidumbre de la república —observó don Antoni.
—Esto no acabará bien. Hay demasiada ligereza en quienes festejan este cambio. Hablan de progreso, pero... ¿quién garantiza ahora la estabilidad? —preguntó don Ignasi.
—Nadie. Y ahí radica el problema. Se ha cambiado todo un sistema de gobierno prácticamente de un día para otro, sin garantías claras y con un gobierno provisional que aún debe demostrar su valía —respondió don Antoni.
—Muchas promesas y pocas certezas. Temo que esto intensifique la división —dijo el doctor.
—División, por supuesto. Es lo que ocurre cuando se rompen los cimientos. La monarquía, con todos sus defectos, ofrecía continuidad. Esto es, en esencia, un salto al precipicio —opinó don Antoni, y con desánimo añadió—: Y nosotros, a la espera.
—Ojalá me equivoque, Antoni, pero presiento tiempos difíciles. Es prudente observar con cautela… y discreción —dijo don Ignasi.
En ese instante, la sirvienta trajo la bandeja con las bebidas y don Antoni cerró la conversación sobre este asunto:
—Cautela y firmeza, siempre. Es lo que exige nuestro deber, incluso en tiempos inciertos.
Cuando don Ignasi se marchó a Palma, don Antoni le pidió a la sirvienta que llamara a Aina. A sus catorce años, la niña leía con claridad y soltura, y podía encargarse de leerle los periódicos que el doctor había dejado.
—Buenos días, don Antoni. ¿Me ha mandado llamar?
—Así es. Siéntate —indicó, señalando una silla—. Quiero que me leas el periódico.
—Don Antoni, ¿puedo hacerle una pregunta?
—Por supuesto. Dime.
—Hoy es el cumpleaños de Irene. Cumple nueve años. Siempre dice que le gustaría visitar la biblioteca. ¿Nos dejaría entrar? Sería un buen regalo de cumpleaños para ella —dijo la niña.
—Lo decidiré mientras lees. Empieza por aquí —respondió, abriendo el periódico y señalando un párrafo concreto.
El día de su cumpleaños, Irene sólo había recibido un obsequio: un lazo para recogerse el cabello que le había regalado el amo Gabriel.
Mientras le daba de comer a las gallinas, se sorprendió cuando Aina fue a buscarla para darle la buena noticia de que don Antoni tenía otro regalo para ella: permitirle entrar en la biblioteca.
—¿De verdad que don Antoni me dejará entrar? —preguntó Irene, llena de expectación.
—Sí, esta tarde, a las cinco. Pero me ha advertido que no toquemos nada —dijo Aina.
—Gracias. Prometo portarme bien. Será como una aventura, ¿no crees?
—Seguro que sí —respondió Aina con una sonrisa.
Esa tarde, Aina recogió el cabello de Irene en una coleta alta y lo sujetó con el nuevo lazo. A la hora acordada, ambas se dirigieron a la casa principal de la posesión.
Don Antoni las esperaba en la biblioteca que, con las ventanas abiertas, parecía más espaciosa de lo habitual. Rara vez permitía la entrada a ese lugar, como si guardara en él una parte íntima de sí mismo.
La biblioteca olía a madera encerada, papel viejo y tabaco. Con las ventanas abiertas, las cortinas se movían apenas por la brisa de la tarde, y la luz caía oblicua sobre el suelo formando rectángulos.
Don Antoni esperaba allí, sentado en la butaca y con el periódico en las manos. Cuando las niñas aparecieron en la puerta, levantó la vista lentamente por encima de las gafas.
—Irene, felicidades —dijo.
La niña bajó los ojos, incómoda por aquella atención inesperada. Aina le dio un leve codazo, recordándole que hablara con corrección.
—Gracias, don Antoni.
—Podéis pasar, pero no toquéis nada sin permiso.
Las niñas avanzaron ante las altas estanterías que llegaban hasta el techo, con una escalera disponible para acceder a los estantes superiores. Sus pasos apenas sonaban sobre la alfombra, mientras don Antoni, desde su butaca, fumaba tranquilamente y las observaba en silencio.
Irene miraba los libros con admiración. Algunos tenían letras doradas en el lomo; otros, el cuero agrietado por los años. Sintió el impulso de acercar la mano, pero se contuvo. Miró de reojo a don Antoni antes de atreverse a rozar uno con la punta de los dedos.
—Don Antoni, el amo Gabriel dice que los libros hablan… ¿es verdad? —preguntó Irene.
Don Antoni dejó escapar una pequeña nube de humo.
—A veces. Pero hay que saber escucharlos.
—¿Y qué dicen?
Él tardó un momento en responder.
—Depende de quién los lea.
Irene asintió muy seria, como si acabaran de confiarle algo importante. Aina, en cambio, parecía incómoda. No dejaba de mirar hacia la puerta. Entonces le dijo en voz baja a Irene:
—Ya hemos visto bastante. Será mejor que nos vayamos.
Don Antoni las oyó y dijo:
—Esperad.
Se levantó apoyándose en los brazos de la butaca y entró en la habitación contigua. Las niñas oyeron abrirse un armario. Cuando regresó, llevaba una caja de cartón llena libros que dejó sobre la mesa.
—Escoge uno, Irene. Por tu cumpleaños —ofreció don Antoni.
La niña se inclinó despacio. Había cuentos infantiles ilustrados, novelas de aventuras y pequeños volúmenes encuadernados en tela. Pasó los dedos por encima sin decidirse. Entonces tomó uno distinto a los demás.
—Quiero este, don Antoni —dijo ella, mostrándoselo.
Don Antoni lo miró. No era un libro de historias, sino una colección de imágenes de objetos cotidianos con sus nombres en un idioma extranjero.
—Está en francés —advirtió él.
—Da igual. Iré aprendiéndolo —dijo Irene sujetando el libro con firmeza.
—Ni siquiera sabemos francés —dijo Aina, soltando una risa.
Don Antoni cogió uno de los ejemplares que habían quedado en la caja.
En la primera página aún podía leerse, escrito con tinta desvaída, el nombre de Magdalena.
Su expresión cambió apenas un instante movido por la nostalgia al ver aquellos libros de sus hijos.
Cerró el libro, volvió a dejarlo donde estaba y dijo:
—Entonces llévatelo.
—Gracias —dijo Irene, con un brillo especial en los ojos.