Capítulo 71. Homenaje a su memoria
Al salir de misa en la iglesia de Santa Eulalia, doña Martina se enteró del fallecimiento de doña Inmaculada Gayá.
La noticia se la comunicó una señora de confianza que colaboraba con ella en la beneficencia parroquial, quien había descubierto el fallecimiento por casualidad al acudir al cementerio y ver allí al señor de Son Carvall durante el entierro de su esposa.
Esa misma tarde, doña Martina decidió ir con su hija Assumpta, una adolescente de trece años, a ofrecer sus condolencias a los hermanos Anglada por la muerte de su madre.
Las calles de Palma estaban impregnadas de aromas veraniegos; el clima animaba a los vecinos a salir a pasear.
Assumpta llevaba un vestido ligero, de tonos claros, con un alegre estampado floral, lo que llevó a doña Martina a preguntarse si su hija estaba vestida de manera apropiada para una visita de condolencia; sin embargo, pronto desechó sus dudas, pues era sólo una niña.
—Es muy doloroso perder a un ser querido. Nuestra inquilina ha sufrido la pérdida de su madre recientemente —le explicó doña Martina a su hija.
Assumpta no sabía qué decir ante la noticia de una muerte y sólo se le ocurrió preguntar sobre la edad de la difunta:
—¿Era muy anciana?
Doña Martina la observó unos instantes y, al notar que su hija formulaba la pregunta con respeto, le contestó:
—No era una anciana. Tendría alrededor de cincuenta años.
Assumpta se encogió ligeramente de hombros antes de comentar:
—Es una pena.
Accedieron al edificio y subieron las escaleras hasta la primera planta. El sonido de los tacones de doña Martina resonaba de forma sorda y monótona mientras decía en voz baja:
—¿Sabes, hija? Lo único seguro en esta vida es la muerte.
—Lo sé, mamá.
Doña Martina no lograba recordar cuántas veces había subido y bajado por esas mismas escaleras, pero cada vez que lo hacía, sentía cómo el eco del pasado la conectaba con su madre y doña Bárbara. Tenía un vínculo especial con esa casa.
Se detuvo un segundo en el rellano. La casa le devolvió, como siempre, una sensación antigua que no sabía explicar del todo.
Dieciséis años atrás, había salido de allí vestida de novia para casarse con Sebastián. Eso le volvió a la cabeza sin querer.
Al llegar al rellano de la primera planta, doña Martina llamó a la puerta con un gesto casi ritual, dando dos suaves golpes con la aldaba.
Magdalena recibió a su casera con sorpresa; no la esperaba. El aire de la casa estaba impregnado por el aroma de un ramo de flores colocado sobre el mueble del vestíbulo. Tras un breve saludo, doña Martina dudó al dirigirse a Magdalena:
—Buenas tardes, Magdalena. Deseo... Perdona. Me cuesta encontrar las palabras… —hizo una breve pausa mientras pensaba en la forma adecuada de transmitirle sus condolencias a una joven que no mostraba ni un atisbo de tristeza, y continuó—: Lamento mucho lo de tu madre.
—¿De qué me está usted hablando? ¿Qué le ha pasado a mi madre? —preguntó Magdalena.
Doña Martina notó un cambio repentino en la expresión de su inquilina.
—¿Podemos pasar? —preguntó doña Martina, intentando encontrar la mejor manera de darle la noticia.
Magdalena asintió con un gesto, las condujo al salón y les ofreció asiento.
—¿Qué le ha pasado a mi madre? —repitió Magdalena.
Tras unos segundos de silencio, doña Martina respondió:
—Ha fallecido. La enterraron ayer. Lo siento mucho. Creí que ya lo sabías.
Magdalena no respondió. Apoyó una mano en el pecho un instante, sin darse cuenta y luego la retiró.
—No sabía nada. Nadie me avisó —dijo Magdalena, refiriéndose a su padre, y a continuación preguntó, visiblemente afectada—: ¿Cómo se ha enterado usted?
—Una vecina lo vio en el cementerio… tu padre estaba solo. Mi más sincero pésame.
Magdalena habría querido indagar sobre las circunstancias de la muerte de su madre, pero consideró que doña Martina no disponía de esa información.
Si su padre había decidido enterrar a su madre en la intimidad, sin la presencia de personas de su mismo estamento social, tampoco habría compartido la causa de su muerte.
Optó por no prolongar la conversación y respondió con la mayor firmeza que pudo reunir:
—Agradezco sus palabras de consuelo.
—No estoy segura de si es el momento adecuado, pero te lo digo con total confianza, Magdalena. Si vas a encargarte de la ropa y el calzado de tu madre... No quisiera parecer desconsiderada, pero...
Magdalena se adelantó:
—Comprendo su interés. Lo tendré en cuenta. Soy consciente de que hay personas necesitadas —respondió, sin aclarar que no podía hacerse cargo de ese asunto, ya que ni siquiera tenía las llaves de Can Anglada.
Siempre había creído que los vestidos de su madre formaban parte de la herencia que le correspondía y que era ella quien debía decidir qué hacer con ellos, aunque también guardó para sí aquella opinión.
Assumpta permanecía en silencio. Miraba alrededor con discreción mientras su madre hablaba. La oyó decir como despedida:
—Cualquier cosa que necesitéis, Jaume y tú, sólo tenéis que decírmelo.
—Gracias —repitió Magdalena, consciente de que su casera era una persona generosa que ofrecía su ayuda sin esperar nada a cambio.
—Vamos, Assumpta. Se nos está haciendo tarde —indicó doña Martina.
Las tres se dirigieron hacia la salida. Magdalena caminaba detrás de ellas por el pasillo. Cada paso le costaba más de lo normal. Sentía las piernas tan pesadas que podrían ceder en cualquier momento, pero logró reunir la fuerza necesaria para despedirse con cortesía.
Cuando los pasos de doña Martina y Assumpta se desvanecieron en el hueco de las escaleras, Magdalena sintió que le costaba respirar. Fue a su dormitorio y se tumbó boca abajo en la cama.
Se cubrió los ojos con las manos y rompió a llorar desconsoladamente.
Podía imaginar cuál había sido la causa de su muerte, ya que había estado enferma durante los últimos meses.
La tristeza se mezclaba con el arrepentimiento y la rabia por no haber podido despedirse de ella.
No quería mostrar su dolor delante de Jaume, de diecisiete años.
Deseaba que el impacto por la muerte de su madre fuera lo menos doloroso posible para su hermano.
Le pareció escuchar en su mente la voz de ella diciéndole: «No llores, hija. No es propio de ti». Magdalena se sentó en el borde de la cama y se secó las lágrimas. Sin embargo, el dolor permanecía ahí, en lo más profundo de su corazón, como una sombra persistente.
Poco después, oyó a su hermano y a su esposo entrar en la casa. Volvió a escuchar la voz de su madre: «Ahora debes aprovechar la oportunidad y decírselo a los dos». Salió a recibirlos y les dijo:
—Por favor, sentémonos un momento en el salón. Debo explicaros algo importante—. Ambos se acomodaron, y ella continuó, dirigiéndose a su hermano sin rodeos—: Tengo una mala noticia. Mamá ha fallecido. La enterraron ayer.
—¿Quién te lo ha dicho? —preguntó Jaume, con incredulidad en el rostro.
—Doña Martina, nuestra casera —respondió Magdalena con voz temblorosa.
Jaume se levantó y golpeó la mesa con el puño cerrado. Los ojos le brillaban de ira, aunque no derramó lágrimas.
—Entiendo tu enfado, Jaume, pero ahora debemos pensar con calma —dijo Alfonso, tratando de consolar a su cuñado.
—Así es —suspiró Magdalena y añadió con firmeza—: Debemos ser fuertes y seguir adelante. Es lo que ella habría querido.
—¿Por qué nuestro padre no ha querido avisarnos para que pudiéramos despedirnos de ella? Iré a hablar con él. Le exigiré respuestas —dijo Jaume sin lograr contener su indignación.
Magdalena observó a su hermano, atrapado en un profundo desánimo que le impedía ver que su padre no les daría explicaciones. Tras unos segundos, le dijo:
—No tiene sentido intentar hablar con él.
—Podríamos ir a Son Carvall y reprocharle su actitud —sugirió el joven.
—Nos ha prohibido acercarnos a la posesión. Aunque fuéramos, no nos permitiría entrar.
—Eso sería un acto cruel, mezquino y miserable —afirmó Jaume.
—Lo que podemos hacer es ir al cementerio, llevar un ramo de flores y colocarlo sobre su tumba, como homenaje a su memoria y muestra de nuestro cariño.
Jaume se calmó y respondió:
—Creo que a mamá le encantaría ese gesto.
Alfonso no dijo nada. Asintió en silencio y salió del salón, dejando a los hermanos solos, sumidos en su duelo y en la incomprensión ante la desconcertante actitud de su padre.