Capítulo 70. El pésame
Don Antoni estuvo presente en el sepelio de su esposa en el cementerio de Palma, acompañado por don Baltasar, sacerdote y amigo de la familia, quien dirigió la ceremonia y le ofreció palabras cristianas de consuelo y esperanza para aliviar su duelo.
También asistieron el amo Gabriel Costa y su nieta Aina, que se mantuvieron a una distancia respetuosa.
No hubo más asistentes en aquel acto íntimo, pese a que la familia Anglada, por tradición, solía celebrar funerales multitudinarios para honrar a sus difuntos.
En esta ocasión, por expreso deseo de don Antoni, no se avisó a nadie; incluso la misa funeral se llevó a cabo en la capilla de la posesión Son Carvall, con escasa asistencia. Su intención era evitar que sus hijos se despidieran de su madre.
Cuando el sacerdote se marchó después del entierro, el amo Gabriel, siempre atento a don Antoni, empujó suavemente a su nieta y le dijo:
—Es el momento, Aina. Acércate y ofrece tus condolencias al señor.
La niña dudó un instante. Se acercó a don Antoni y, cuando estuvo frente a él, lo abrazó por la cintura, levantó la mirada y dijo con timidez:
—El pésame, don Antoni.
En señal de agradecimiento, el señor de Son Carvall le dedicó una mirada comprensiva y una leve sonrisa mientras le acariciaba la mejilla. Después la tomó de la mano y caminó con ella hacia donde estaba el amo Gabriel. Con un tono de voz que apenas ocultaba el dolor se dirigió a la niña:
—Tu abuelo me ha contado que tienes facilidad para la lectura. Tengo un libro que estoy seguro de que nos entretendrá a los dos. Quiero que empieces a leérmelo en cuanto lleguemos a Son Carvall.
Al subir al carruaje para regresar a la posesión, don Antoni sintió un leve bienestar ante la idea de pasar el resto de la tarde con la niña.
Esto le ayudaría a llenar el vacío de la casa, tras el fallecimiento de su esposa y la huida apresurada y vergonzosa de Magdalena y Jaume ocurrida cuatro meses antes.
Una vez más, se preguntó por qué su hijo había decidido marcharse con Magdalena y el tal Alfonso. Jaume no había sabido valorar su lugar dentro de la familia ni el prestigio que algún día podría otorgarle convertirse en el señor de Son Carvall como único hijo varón y heredero.
A pesar de tener numerosos jornaleros trabajando en sus tierras, sometidos de una forma u otra a sus órdenes, se sentía incapaz de imponer su voluntad en su familia. Sentía que algo lo obligaba a cambiar las reglas de su propio juego y lo dejaba siempre en desventaja.
De regreso a Son Carvall, entre el traqueteo de las ruedas y el sonido de los cascos de los caballos, don Antoni recordó las últimas recriminaciones de su difunta esposa por la separación de sus hijos.
Incluso poco antes de fallecer, ella le había preguntado varias veces: «¿Les has avisado ya, Antoni?
». No. No les había avisado. Y ahora escuchaba la voz de su conciencia diciéndole: «Perdona a tus hijos».
Pero no pensaba hacerlo, ni lamentaba haberles ocultado la muerte de su madre.
El carruaje se detuvo frente a la casa principal de Son Carvall. El cochero bajó del pescante, le abrió la puerta y lo ayudó a descender. Luego entró solo en la casa, dispuesto a esperar con tranquilidad la llegada de su pequeña lectora.
Un rato después, Aina estaba sentada con las piernas cruzadas sobre una alfombra, sosteniendo el voluminoso libro que don Antoni le había entregado.
El clima era agradable. La llegada del verano traía consigo el cálido aroma del mar. Mientras escuchaba la suave voz de la niña, don Antoni cerró los ojos y se dejó llevar por la refrescante brisa hasta hundirse lentamente en los laberintos de la inconsciencia.
Cuando Aina se dio cuenta de que el señor de Son Carvall se había quedado dormido en la butaca, cerró el libro, lo dejó con cuidado sobre la mesa y salió en silencio de la casa señorial para dirigirse a la modesta vivienda donde residía con su abuelo.
Al descender el último peldaño de la escalinata, se sorprendió al escuchar una voz infantil desconocida:
—Lees muy bien. Yo también sé leer.
Era una niña más pequeña que ella.
—¿Estabas escuchando? —preguntó Aina.
—La ventana estaba abierta. Te oí sin querer.
—¿Vives en la posesión? Yo, sí. Vivo con mi abuelo.
—Esta mañana me escapé de un orfanato de Palma.
—Palma está lejos. ¿Cómo llegaste hasta aquí?
—Me subí a un carro y me escondí entre unos sacos. Ese de allí. ¿Lo ves?
—No puedes quedarte aquí. Pueden verte.
—No quiero volver al orfanato —aseguró la pequeña.
—Ven conmigo. Mi abuelo sabrá qué hacer. ¿Cómo te llamas? Yo me llamo Aina.
—Me llamo Irene Planas Serra. Tengo seis años.
El amo Gabriel Costa no podía creer lo que veía y escuchaba. Mientras Aina le relataba la historia de Irene, él contemplaba asombrado a las dos niñas cogidas de la mano. Finalmente, dijo:
—No, Aina. No puede quedarse aquí. No puedes traer a casa a una niña abandonada. No es un cachorro.
—No me han abandonado. Me he escapado —replicó Irene.
—Eso complica más las cosas —dijo el amo Gabriel. Caminó alrededor de la mesa buscando una respuesta, pero sólo añadió—: Esta noche dormiréis juntas y mañana le preguntaré a don Antoni qué opina.
—Abuelo, ¿podrá quedarse?
—No lo sé. Esa decisión no depende de mí —respondió con apuro.
A la primera oportunidad, el amo Gabriel le expuso a don Antoni la situación de la pequeña Irene Planas. Sin embargo, el señor se encogió de hombros y negó con la cabeza; su intento de obtener permiso para alojar a Irene no dio resultado.
—¿Dices que viene de un orfanato? No pienso buscarme problemas con la Guardia Civil por una huérfana.
—Yo me encargaré. Si alguien la reclama, la llevaré personalmente al orfanato, pero si no...
—¿Qué harás si no vienen a buscarla? —preguntó don Antoni.
—Aina está muy sola. Además, la niña parece fuerte e inteligente. Podríamos darle tareas en la cocina o incluso otras más sencillas como dar de comer a las gallinas.
—Espero que no esté enferma.
—No lo creo, don Antoni.
El carácter estricto del señor de Son Carvall pareció suavizarse ligeramente:
—Bueno… Mi amigo, el doctor Artigues, vendrá de visita a las once. Aunque está retirado, sigue siendo mi médico y le pediré que examine a la niña. Después tomaré mi decisión. Tráela a esa hora.
Un par de horas después, Irene Planas entró en el salón de la casa principal mientras el amo Gabriel se quedaba esperándola en el portal. Era la primera vez que la niña veía a don Antoni y al doctor Artigues.
Siguiendo las instrucciones de Antoni, el médico se acercó y se inclinó suavemente hacia ella. Irene estuvo a punto de apartarlo por desconfianza, pero se contuvo a tiempo.
—No he querido asustarte, pequeña —dijo el doctor con suavidad—. Sólo deseo observar tus ojos. ¿Me lo permites?
La niña miró a don Antoni y él asintió.
Tras un breve examen, el doctor emitió su diagnóstico:
—No hay motivo de preocupación.
Don Antoni asintió y le preguntó a la pequeña:
—¿Cómo te llamas?
—Irene Planas Serra, señor —respondió siguiendo las indicaciones del amo Gabriel sobre cómo debía dirigirse a él.
—Ve a decirle al amo Gabriel que entre. Quiero hablar con él. Tú espera afuera —ordenó don Antoni.
Cuando Gabriel entró en el salón, lo hizo con la mirada baja y un gesto nervioso, aguardando la decisión del señor.
—Escucha, Gabriel. No quiero que la niña ande por la casa sin ocupación. Mejor envíala a los campos, que cuide de los animales o haga cualquier otra tarea que consideres adecuada. Y te lo advierto: no quiero problemas con las autoridades. ¿Entendido?
—Descuide, don Antoni. Así se hará.
Nadie reclamó a Irene Planas. Con el paso de los días, su presencia fue aceptada en Son Carvall, aunque siguió siendo objeto de comentarios discretos entre los trabajadores. Aina no tardó en aferrarse a ella como si fuera una hermana.
Irene aún no sabía que aquella casa cambiaría su destino ni que, con el tiempo, descubriría un talento que ni siquiera ella sospechaba poseer.