Los Herederos de Son Carvall (La saga de los Anglada 2) Capítulo 69. Errático
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Capítulo 69. Errático

Cuando Gabriel Costa llegó a la casa de su hijo, se despidió de él con un cálido abrazo y sintió que algo se rompía en él.

Al separarse, bajó la mirada, como si temiera enfrentarse a la tristeza que oscurecía el rostro de su único hijo.

Días antes, el joven le había dicho que, desde que murió su esposa, todo se había vuelto un obstáculo.

Él intentó consolarlo diciéndole que, por difícil que fuera la vida, debía afrontarla, porque si renunciaba a hacerlo también perdería el control sobre la vida de su hija.

Aun así, no consiguió convencerlo de aceptar su situación ni de quedarse en Mallorca.

Aquella mañana lo vio marcharse del pueblo rumbo a Palma con las manos vacías. Subiría a bordo de un barco, buscando en Francia un milagro que lo librara de sus penurias y le devolviera la alegría.

Gabriel estaba decidido a cuidar de su nieta incondicionalmente, pero, tras la despedida, pensó que quizás don Antoni tenía razón y su hijo nunca volvería a buscar a Aina.

La pequeña no lloró al despedirse. Sólo besó a su padre en la mejilla y le deseó buena suerte, como si ambos ya se hubieran despedido en la intimidad.

Antes de salir de la casa, el abuelo recogió el largo cabello de su nieta en una coleta.

Su bonito rostro, de ojos azules y expresivos, quedó al descubierto.

Después tomó a Aina de la mano y la condujo suavemente hacia la calle.

Fue entonces cuando la niña comenzó a llorar.

Él no pudo evitar sorprenderse por la profunda tristeza que brotaba de aquel llanto.

Sentó a la niña a su lado en el carro y la observó abrazar con fuerza la libreta y los lápices que le había regalado por su cumpleaños. Fue entonces cuando le sugirió que practicara la escritura todos los días, con la esperanza de que aprendiera a leer y escribir con soltura.

El llanto de Aina se mezclaba con el sonido de las ruedas del carro.

El amo Gabriel, sin saber cómo consolarla, la dejó desahogarse y esperó a que se calmara.

No quería parecer severo, así que suavizó la voz y le habló con un tono optimista, mientras sostenía las riendas con una mano y acariciaba la mejilla húmeda de la niña con la otra:

—No te preocupes, Aina. Estarás bien conmigo y tu padre vendrá pronto a buscarte. Ya lo verás.

—Lo sé, abuelo. Papá regresará —respondió ella con la voz entrecortada, agradecida de hallar consuelo en la mano encallecida de su abuelo.

Al llegar a las tierras de Son Carvall, el amo Gabriel y su nieta vieron a don Antoni caminando junto al sendero con aspecto cansado y vacilante.

Parecía no saber hacia dónde iba. Se detuvieron para ofrecerle ayuda y, al advertir la expresión sombría de su rostro, Gabriel no necesitó preguntar qué había ocurrido.

Comprendió que la señora de Son Carvall había muerto.

La mirada de don Antoni revelaba el trágico desenlace con tanta claridad que si se lo hubiera anunciado en voz alta.