Capítulo 68. Dolorosa realidad
Veía calles bien trazadas, edificios alineados, escaparates encendidos; era una ciudad viva… Al despertar, recordó aquellas imágenes con una sensación reconfortante, pero, al mirar a su alrededor comprendió con desánimo dónde se encontraba.
La tenue luz del amanecer entraba por la ventana.
Era ese momento intermedio, en el que no es ni de día ni de noche, cuando observó el entorno con una lucidez nueva.
Lo que más le impactó fue el silencio: los sonidos habituales habían desaparecido.
Se levantó y apoyó con suavidad su mejilla sobre el pecho de su esposa. Su corazón había dejado de latir.
Salió del dormitorio arrastrando la realidad de la muerte. Bajó lentamente las escaleras hasta el salón y se sirvió una copa de brandy, que apuró con el estómago vacío.
Luego salió a caminar. Encendió un cigarro tras otro mientras recorría sus vastas e interminables tierras de cultivo.
Pensó que su primera esposa, doña Carmen De la Fuente Colmenar, había muerto a los veintisiete años en el mismo lecho que su segunda esposa, quien acababa de fallecer a los cincuenta y un años.
Él, a sus setenta y tres, se sentía despojado de las pocas esperanzas de felicidad en las que aún había confiado.
Caminó por senderos olvidados que lo llevaron hasta la zona más agreste de la posesión familiar.
La hierba, amarillenta y marchita, se extendía sobre amplias extensiones de tierra árida, como si reflejara su propio estado de ánimo.
Cerca del bosque de pinos, mientras sus fuerzas se desvanecían y su sentido de la orientación se difuminaba, se detuvo unos instantes para recuperar el aliento.
Miró el cielo y encendió un cigarro. Nubes grises, sin rastro de agua, cubrían el horizonte.
Fue entonces cuando, bajo una luz tenue y entre los troncos de los árboles, le pareció vislumbrar al jinete del aire.
¡Cuántas veces había escuchado a su madre y a su tía Beatriu contar la "leyenda del jinete del aire"!
Ambas decían que sólo aparecía bajo ciertas condiciones: un jinete vestido de negro cabalgaba por los dominios de los Anglada para anunciar la llegada de los herederos o su despedida de este mundo.
La visión duraba unos segundos antes de desvanecerse como una estela de humo.
Esta era la quinta vez que creía verlo. Pero el humo del cigarrillo le nubló la visión, y ya no supo si aquello era real o tan sólo un espejismo.