Capítulo 67. El amo Gabriel Costa
Gabriel Costa llevaba diez años como amo de la posesión Son Carvall. Había reemplazado a su difunto padre, el amo Andreu.
Había crecido entre aquellas tierras y conocía cada rincón de la posesión, cada silencio y cada costumbre.
En los últimos días, en la casa principal, los sirvientes murmuraban sobre el deterioro de la salud de doña Inmaculada, pero él, por su carácter reservado y como amo de la posesión, decidió no alimentar esos rumores y mantenerse al margen.
Aquella mañana caminaba por el patio cuando vio al señor de Son Carvall bajo el emparrado. Respiró hondo y se acercó. Inclinó la cabeza con respeto y le pidió permiso para hablar con él. Don Antoni respondió con un leve gesto afirmativo.
—¿Cómo se encuentra hoy la señora? —preguntó Gabriel, con interés.
Don Antoni levantó la vista.
—Sin mejoría. Hago lo que puedo por ella, pero presiento que todo la acerca al final. Cambiemos de tema. ¿Qué necesitas?
—Don Antoni… Estaba pensando que… No sé cómo explicar…
—¿Vas a decirlo de una vez? —interrumpió el señor de Son Carvall, con impaciencia.
El tono brusco del señor no afectó al amo Gabriel, pero sí le incomodó su mirada despectiva y penetrante. Dejó escapar un suspiro contenido y dijo:
—Solicito su autorización para ir al pueblo a buscar a mi nieta. Si usted está de acuerdo, ella podría ayudar en las tareas domésticas. Es una niña fuerte, obediente y disciplinada. Además, sabe leer y escribir.
—¿Dónde está tu hijo? ¿Por qué no se encarga de la niña?
—Mi hijo apenas obtiene ingresos con su trabajo de albañil. Desea irse a Francia a trabajar y, cuando ahorre suficiente dinero, vendrá a buscarla.
—¿Confías en tu hijo? —preguntó don Antoni. Estuvo a punto de añadir que él no confiaba en los suyos, pero decidió evitar cualquier comentario sobre su familia.
—Sí. Confío en él —respondió Gabriel, con humildad.
—Ve y trae a la niña. Luego decidiremos qué hacer con ella.
—Gracias, don Antoni.
—Te diré algo: cuando un hombre se marcha de casa y deja a su familia, lo más probable es que no regrese. Tenlo en cuenta. No te dejes engañar.
—La niña está sana. Es inteligente. Es…
Don Antoni lo miró con un aire de superioridad e interrumpió de inmediato:
—No quiero más explicaciones. Ahora, déjame solo y ve a buscar a tu nieta. No te entretengas. Te necesito aquí.
—Descuide, don Antoni. Regresaré lo antes posible.
Gabriel se alejó del emparrado con paso lento. Mientras avanzaba hacia el carro, contempló la fachada principal de Son Carvall. Ya no tenía el esplendor de otros tiempos.
Sin proponérselo, aquella visión le hizo recordar su infancia. Había nacido en Son Carvall y, a los seis años, ya cuidaba pavos. Desde entonces observaba la vida de los Anglada desde una distancia prudente.
Recordó también a la primera esposa de don Antoni, doña Carmen de la Fuente, y los paseos matutinos a caballo que realizaba a escondidas de su familia. Aunque era sólo un niño, supo guardar el secreto, y a veces era recompensado con alguna golosina.
Tenía grabado en su memoria aquel frío y desolador febrero de 1885, cuando doña Carmen murió el mismo día en que su caballo favorito fue sacrificado por orden de su suegra, doña Isabel María Gibert.
Aquel trágico suceso, ocurrido cuando él tenía doce años, marcó su adolescencia, pues el hombre que disparó al caballo de doña Carmen fue su propio padre, el amo Andreu.
Desde aquel día, se convirtió en un observador del lento pero inexorable declive de Son Carvall a lo largo de dos décadas, consecuencia de la maldición que, según se decía, provenía de las cuadras del cortijo cordobés La Quintana.
Algunos aseguraban que aquello era cierto; otros lo consideraban mera superstición.
Tras aquel suceso, él había visto demasiadas desgracias para ignorar los rumores.
Había presenciado malas cosechas, enfermedades y pérdidas que parecían sucederse sin tregua, como si una sombra invisible se hubiera instalado sobre la familia Anglada.
Por eso, aunque nunca hablaba del asunto, comprendía a quienes creían que la desgracia se había adueñado de Son Carvall.
Aun así, también fue testigo del renacer de la posesión, tras el matrimonio de don Antoni con su segunda esposa, doña Inmaculada.
Sacudió la cabeza, diciéndose que no era momento de recuerdos. Tenía que ir en busca de su nieta.
Subió al carro y arreó las riendas. Puso rumbo al pueblo cercano a Son Carvall donde vivía su hijo.
Cuando salió de la posesión, pensó en su vida actual.
A sus cincuenta y seis años, se veía como un hombre solitario, marcado por el cansancio del trabajo y sin grandes motivaciones en su vida.
Su esposa, Aina Maria, había fallecido diez años atrás; su único hijo había perdido recientemente a su mujer a causa de una grave enfermedad.
Varios días antes, le había pedido que cuidara de su nieta Aina, de nueve años, pues quería irse a trabajar a Francia y ganar dinero para ofrecerle una vida mejor a la niña.
Aquella idea le producía un extraño torbellino de emociones: tristeza ante la inminente separación de su hijo, pues intuía que su ausencia sería prolongada, y una nueva esperanza ante la posibilidad de combatir su soledad con la compañía de su nieta.