Capítulo 66. Desagradecidos
Doña Inmaculada estaba gravemente enferma.
Por enésima vez aquel día, llamó a su esposo con voz débil: «¡Antoni, Antoni!
». El señor de Son Carvall, abrumado por la frágil salud de su esposa, respiró hondo, abrió la puerta del dormitorio y entró.
Siempre dispuesto a atender sus necesidades, le ayudó con un gesto cariñoso a colocar varias almohadas bajo la cabeza.
Sin embargo, le incomodaba escucharla repetir su nombre una y otra vez.
Esta llamada quejumbrosa formaba ya parte del ambiente de los últimos días en la posesión.
La señora de Son Carvall era consciente de que su enfermedad se agravaba y que el final se acercaba, pero se aferraba a la vida.
A pesar de los evidentes signos de debilidad, en ocasiones lograba esbozar una sonrisa esperanzada, pensando que pronto volvería a ver a sus hijos. Esa misma mañana, le rogó a su esposo que le concediera su último deseo:
—Antoni, no quiero morir sin volver a ver a nuestros hijos. Tráelos de vuelta.
—Por supuesto, querida. Haré todo lo posible para que vengan a verte. Ahora descansa —respondió él.
Salió del dormitorio y cerró la puerta con cuidado, dejando en el interior el aroma a jazmín, tan apreciado por su esposa.
Al descender las escaleras, murmuró para sí: «No me rebajaré a pedirles que vengan: son unos desagradecidos».
Consideraba inaceptable la actitud de Magdalena y Jaume y había decidido excluir a ambos de su testamento.
Era su respuesta al desacato a su autoridad; ninguno de los dos merecía su generosidad.