Capítulo 65. Un día feliz
El día de la boda de su hija, doña Inmaculada, abrumada por la tristeza de no poder asistir al enlace matrimonial, lloró desconsoladamente en su dormitorio de la posesión Son Carvall.
Dejó la puerta abierta para que su llanto resonara no sólo en los oídos de su esposo, sino también en los del personal de servicio de la casa.
Cuando don Antoni no pudo soportar más aquel llanto desgarrado y melodramático, salió a caminar por los alrededores.
Sentía intensamente el peso de sus desgracias: la pérdida de su primera esposa, Carmen; la muerte de su madre; el distanciamiento de sus dos hijos; y ahora, su disputa con Inmaculada, quien llevaba días sin hablarle y lo desafiaba de manera tan manifiesta, como si intentara herirlo en lo más profundo de su amor propio.
Don Antoni estaba tan enojado que, al ver las tres barquitas de colores, sintió un impulso destructivo irrefrenable. Fue a las cocheras, cogió un bidón de combustible inflamable y, lleno de ira, se acercó al borde del aljibe, las roció con gasolina y les prendió fuego.
Doña Inmaculada observaba la escena desde la ventana de su dormitorio.
Se quedó tan sorprendida que entró en un estado de trance.
Se enjugó las lágrimas y contempló durante varios minutos las barquitas en llamas.
Luego salió de la casa y se dirigió hacia donde estaba su esposo.
Ambos se miraron, comprendiéndose sin palabras; aun así, aferrándose al brazo de Antoni, le preguntó:
—¿Por qué las has incendiado, querido?
—Porque me evocan recuerdos del pasado que quiero dejar atrás.
Se refería a los momentos agradables que había compartido con sus hijos cuando eran pequeños en las barquitas de colores, momentos que no volverían a repetirse, ya que el tiempo no retrocede. Doña Inmaculada entendió perfectamente lo que él quería transmitirle y trató de consolarlo.
—Yo también soy parte de tu pasado, y sigo aquí contigo.
—Lo sé, querida —respondió él, dándole un suave beso en la frente.
Permanecieron junto al aljibe, cogidos de la mano, observando cómo las llamas consumían lentamente los pequeños botes de colores: uno rojo, otro azul y el tercero amarillo, que se desvanecían en un espectáculo vibrante de luz, dejando a su alrededor destellos que danzaban sobre el agua del aljibe.
A lo lejos, los trabajadores de la posesión observaban las grandes columnas de humo que se elevaban como espectros danzantes, presagiando un futuro incierto para Son Carvall. Circulaba el rumor de las desavenencias irreconciliables del señor con sus hijos, los legítimos herederos.
Don Antoni, al destruir las barquitas, no sólo sintió la satisfacción de escapar de ese incendio en el que se había transformado su vida, sino que también se reconcilió con su esposa.
En ese momento comprendió que la aniquilación de las pequeñas embarcaciones de colores, que su primera esposa, Carmen, había mandado construir, representaba un impulso liberador que le permitiría superar el pasado y encontrar la felicidad, con o sin sus hijos.
Miró a Inmaculada, quien le devolvió la mirada, como si aceptara la profunda transformación que ambos acababan de experimentar en su particular catarsis íntima.
Unos minutos más tarde, regresaron a la casa señorial caminando uno al lado del otro, como el matrimonio bien avenido y cómplice que, en el fondo, siempre habían sido.
No mencionaron en ningún momento la boda de su primogénita.
Mientras tanto, Magdalena y Alfonso celebraron su enlace matrimonial con gran alegría. El hermano de la novia, Jaume, actuó como padrino de bodas, asumiendo el papel que su padre había declinado y sintiéndose protagonista relevante de la ceremonia. Escuchó a Alfonso decirle a Magdalena:
—Por fin ha llegado el tan esperado día.
Magdalena le respondió con sarcasmo:
—También nos llegará la factura de este despilfarro. No lo dudes, Alfonso. Te lo advertí.
—No es mi problema, porque según la tradición mallorquina, los padres de la novia cubren los gastos del evento —dijo Alfonso bromeando.
Magdalena soltó una carcajada.
La ausencia de sus padres no deslució la ceremonia religiosa en la iglesia de Santa Eulalia ni los festejos posteriores. Al contrario, les otorgó la independencia y una naturalidad espontánea que no habrían tenido si los señores de Son Carvall hubieran estado presentes.
Para los hermanos Anglada, fue un día feliz.