Los Herederos de Son Carvall (La saga de los Anglada 2) Capítulo 64. Ni buenas ni malas noticias
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Capítulo 64. Ni buenas ni malas noticias

Don Antoni estaba en el salón, inmerso en la lectura del periódico, cuando doña Inmaculada entró con un sobre entre las manos.

—Antoni, no quiero molestarte, pero ha llegado una carta para ti, de Magdalena. Reconocí su caligrafía en el sobre.

—Nunca me molestas, querida —respondió él mientras tomaba el sobre que ella le ofrecía.

Lo abrió, sacó la tarjeta y la leyó en silencio.

Doña Inmaculada intuyó el contenido y esperó que su esposo cambiara de opinión y decidiera asistir a la boda de su hija. Preguntó con un interés disimulado:

—¿Son buenas noticias o malas?

—Ni buenas ni malas. Magdalena se casará el 3 de junio y desea que estemos presentes —respondió con calma.

—Entonces deberíamos considerar ir. Una boda es un acontecimiento importante para cualquier familia.

—En este caso, no lo es —respondió él con seriedad.

—Creo que, si nuestra hija nos invita a su boda, deberíamos asistir —opinó ella.

—No iremos. Magdalena me ha propuesto ser su padrino en la ceremonia, pero voy a rechazarlo —añadió con firmeza.

—No te apresures. Tómate unos días para reflexionar. Tal vez cambies de opinión.

—No iremos a la boda. Está decidido —confirmó él sin dudar.

—Me gustaría ir a la iglesia y verla vestida de novia. También quisiera encargarle a la costurera un vestido nuevo; la ocasión lo merece —dijo doña Inmaculada.

—Si deseas encargar el vestido, hazlo, pero te repito que no iremos a la boda porque aún hay asuntos pendientes que deben resolverse.

—¿Qué asuntos pueden ser tan importantes como para rechazar algo así? —insistió ella—. Ni siquiera te interesa saber cómo vive y cómo es su futuro esposo.

—Sé con quién se va a casar: con ese abogado asturiano con el que se escapó de casa. Es evidente. Ella misma lo menciona en la tarjeta: «Alfonso y yo tenemos el placer de invitaros…».

—¿No podrías reconsiderarlo? Nuestro futuro yerno parece provenir de una familia de buena reputación —pensó un instante antes de añadir—: Además, está dispuesto a colaborar con los gastos de los estudios de Jaume.

—¿Cómo sabes eso? —preguntó don Antoni. Hizo una breve pausa y se respondió a sí mismo—: Comprendo. Has hablado con Magdalena —dijo con irritación mientras desgarraba la tarjeta en varios pedazos, y añadió—: Inmaculada, ¿estás de mi lado o contra mí?

—Estoy contigo, querido. Tú lo sabes.

Él no dijo nada más. Consideró el asunto zanjado y, sin consultar a su esposa, comenzó a planear su mudanza definitiva a Son Carvall como un acto de autoridad, convencido de que jamás volverían a residir en Can Anglada, en Palma.

Tuvo la habilidad de justificar su decisión alegando el beneficio que supondría para la salud de doña Inmaculada.

Así, ese mismo día ordenó el traslado de las pertenencias que consideró esenciales desde Can Anglada hasta la posesión familiar.

Su intención era evitar que su esposa cediera a la tentación de acercarse a la iglesia de Santa Eulalia de Palma para ver a Magdalena vestida de novia.

Al día siguiente, Magdalena recibió la respuesta de su padre. Era una nota breve y contundente que no contenía disculpas, explicaciones ni siquiera un tibio deseo de felicidad por su boda.

La carta decía: «Tu madre y yo hemos decidido no asistir a tu boda con el señor García».

Magdalena volvió a leer la última línea.

«El señor García». Ni siquiera había escrito el nombre de Alfonso.

Percibió cierto desprecio hacia él por no pertenecer a la nobleza mallorquina.

Tampoco creyó que su madre hubiera rechazado la invitación por voluntad propia.