Los Herederos de Son Carvall (La saga de los Anglada 2) Capítulo 63. Bajo la sombra del pecado
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Capítulo 63. Bajo la sombra del pecado

Desde que sus hijos abandonaron el hogar, doña Inmaculada había pasado las últimas noches sin dormir lo suficiente; sólo lograba conciliar el sueño unas pocas horas, de madrugada.

Se debatía entre seguir apoyando la opinión de su esposo, quien sostenía que su hija debía casarse con un joven de su misma clase social, o defender a Magdalena en su búsqueda del amor junto a un joven de estatus inferior.

Esa compleja decisión la atormentaba y le provocaba altibajos emocionales que acababan siempre afectándole.

Necesitaba que sus hijos regresaran a casa.

Deseaba hablar con Magdalena para hacerle reflexionar.

No le había resultado difícil averiguar dónde vivía.

Quería descubrir cuáles eran sus planes respecto al tal Alfonso: si realmente pensaba casarse con él o si todo acabaría siendo una aventura amorosa, que provocaría rumores desafortunados en el vecindario por convivir con él sin haber contraído matrimonio.

Al mismo tiempo, no quería generar un conflicto con Antoni.

Aquella mañana, doña Inmaculada se despertó con la primera luz del día en su amplio dormitorio de Can Anglada.

Se dio cuenta de que Antoni no había pasado la noche con ella; su lado de la cama permanecía intacto.

Se levantó, abrió la ventana que daba a un hermoso patio interior e inhaló profundamente el aire fresco.

Al otro lado del patio, en la ventana frente a la suya, observó la luz encendida en el despacho de su esposo.

Él solía pasar horas allí revisando las cuentas de Son Carvall.

Comprendió entonces que ella no era la única que llevaba noches sin dormir.

Se puso la bata sobre el camisón, se calzó las pantuflas y se dirigió al despacho. Encontró a su esposo concentrado en sus documentos.

—Buenos días, Antoni. ¿Qué hora es?

—Es temprano. Vuelve a la cama, querida.

Lo vio en pijama, lo que indicaba que había tenido la intención de acostarse y dormir; aun así, preguntó desde el umbral de la puerta:

—¿Has dormido algo?

—Inmaculada, no te andes con rodeos. ¿Qué quieres decirme? Dímelo de una vez —respondió él con impaciencia.

—He estado pensando sobre la posibilidad de hablar con Magdalena y…

Él la interrumpió.

—¡Te lo prohíbo! No te doy permiso para hablar con Magdalena ni para discutir con nadie sobre asuntos que sólo conciernen a nuestra familia —dijo el señor de Son Carvall, desde detrás del escritorio, con una mirada severa. Luego volvió a concentrarse en abrir el sobre que sostenía en la mano.

Doña Inmaculada señaló el sobre y preguntó con serenidad:

—¿Hay alguna novedad?

Él respondió en un tono sosegado:

—No hay novedades, querida. Sólo son documentos y facturas de Son Carvall.

—¿Podrías ocuparte de esos documentos después del desayuno? —preguntó ella. De repente sufrió un ataque de tos que la obligó a sentarse en la silla más cercana.

Don Antoni se levantó y le ofreció el vaso de agua que tenía sobre la mesa.

—Toma. Bebe un poco —le ordenó. Esperó a que ella tomara un sorbo antes de añadir—: Sin duda, deberíamos trasladarnos a Son Carvall. El aire del campo es beneficioso para tus pulmones.

Ella asintió, pero evitó mirarlo. No deseaba discutir, aunque tampoco quería mudarse a Son Carvall y alejarse aún más de sus hijos.

Se quedó en silencio unos segundos. Si hablaba con Magdalena, desobedecería a Antoni. Si no lo hacía, seguiría sin saber nada de sus hijos, qué planes tenían, si necesitaban dinero… Tenía tantas preguntas sin respuesta que hizo un último intento:

—Antoni, por favor, trae de vuelta a nuestros hijos. Sé que son obstinados. Todos los jóvenes lo son. Debes perdonarlos.

—Inmaculada, no me someteré a la voluntad caprichosa de nadie. Ni siquiera a la de mis propios hijos. Mi madre habría actuado exactamente igual.

—¿De verdad lo crees? —preguntó ella.

—Sí. Debo seguir su ejemplo. Desde que mi madre falleció, debo ocupar su lugar —dijo él con seriedad.

Doña Inmaculada no veía a su esposo como un reflejo de su suegra, pero compartían el respeto absoluto a las tradiciones de la nobleza mallorquina.

Lo observó levantarse y mirar el patio a través de la ventana.

A pocos metros de él, colgaba en la pared un retrato de doña Isabel en su juventud.

Recordó una tarde de verano, mientras paseaba con su suegra por un viejo y olvidado sendero en la parte más agreste de Son Carvall.

Delante de ellas, Magdalena y Jaume, de ocho y tres años, corrían y jugaban con alegría.

Nunca podría olvidar la mirada llena de ternura y admiración que doña Isabel dedicaba a sus nietos.

Era evidente que los quería con una devoción infinita, pero su actitud, a veces rígida, y el apego a las estrictas normas conservadoras y a la moral cristiana le impedían mostrarse flexible en público, incluso delante de ella.

Para su esposo, Magdalena vivía bajo la sombra del pecado, y no quería discutir con él sobre su hija.

Ella tampoco aprobaba el concubinato, pero su amor maternal, que siempre le había costado expresar, resurgió con fuerza durante los días que pasó lejos de sus hijos.

Debido a su frágil estado de salud, no tuvo fuerzas para enfrentarse a Antoni y finalmente cedió:

—Está bien, querido. Ahora deberíamos ir a cambiarnos de ropa. Casi es la hora del desayuno.

—Adelántate tú. Enseguida te seguiré.

Con paso lento, aunque asegurando cada movimiento, doña Inmaculada se dirigió a su dormitorio, se quitó la bata y se sentó en el borde de la cama.

Pensó en lo diferentes que eran sus hijos.

Magdalena siempre había sido rebelde, caprichosa y lo bastante inteligente como para cuestionar todas las normas que interferían con su personalidad.

Esa fortaleza, obstinación y espíritu indomable arrastraban a Jaume, quien era más reservado, indeciso e incluso algo infantil.

Quizás, con el tiempo, una buena educación y una vida equilibrada podrían ayudarlo a desarrollar un carácter fuerte y dejar de vivir a la sombra de su hermana.

Necesitó más tiempo del habitual para vestirse y, cuando su esposo entró en el dormitorio, la encontró en ropa interior, descalza y sumida en sus pensamientos, que no deseaba compartir con él, pues había tomado la decisión de visitar a Magdalena en secreto.

Don Antoni notó el rubor en las mejillas de su esposa y comentó:

—Tienes buen aspecto, pero aún no te has vestido. ¿Necesitas ayuda?

Ella movió el índice en señal de negación. Se levantó, caminó con paso lento pero decidido y aclaró:

—Me vestiré por mi cuenta.

Unas horas más tarde, doña Inmaculada salió de casa bajo el pretexto de asistir a misa en la iglesia de Santa Eulalia, pero tomó un camino distinto hacia el nuevo domicilio de Magdalena.

Observaba a las personas que pasaban a su lado.

Varias la saludaron y ella respondió de manera automática, sin prestarles demasiada atención.

Su único deseo era encontrar a su hija sola en casa.

Prefería que el tal Alfonso estuviera trabajando y que Jaume aún no hubiera salido del colegio.

Acababa de desobedecer las órdenes de su esposo, llevada por el impulso del amor de madre, un sentimiento tan fuerte que ahora la guiaba hasta la casa de Magdalena.

Nunca había desafiado los deseos del señor de Son Carvall, ni había actuado a sus espaldas.

Tampoco había pensado en las consecuencias de desobedecerlo.

«Te lo prohíbo», le había dicho. Pero ella, ignorando aquella prohibición, había llegado frente al edificio donde vivía Magdalena.

Sólo tenía que subir al primer piso y llamar a la puerta.

Unos segundos de indecisión podían arruinar su plan, pero el recuerdo de su suegra, doña Isabel, su mejor aliada, la sostenía; sus palabras resonaban en su mente: «Una madre hace por un hijo lo que sea necesario. ¡Lo que sea!».

Subió las escaleras con determinación y llamó a la puerta con el puño cerrado.

Sabía que la casa había pertenecido a doña Bárbara Colmenar, madre de la primera esposa de Antoni, y que ahora pertenecía a su heredera, Martina Sureda, a quien conocía bien, al igual que la excelente labor que realizaba para la beneficencia.

Le parecía inaceptable que su hija viviera en una casa de alquiler, cuando en Can Anglada las habitaciones estaban vacías.

Magdalena abrió la puerta y, antes de poder decir nada, escuchó a su confesar:

—Tu padre no sabe que estoy aquí. He ignorado su prohibición de venir a verte.

—Por favor, entra. Estaba preparando café, ¿quieres?

—Sí, gracias.

—Ponte cómoda —dijo Magdalena, y luego, desde la cocina, le preguntó—: ¿Quieres azúcar?

—Sí —respondió doña Inmaculada, mientras observaba a su alrededor con atención.

Lo que vio le pareció adecuado. Era una casa acogedora y luminosa, con una sensación de paz, muebles bien dispuestos y cortinas nuevas elegidas con buen gusto.

Magdalena entró en el salón con las tazas de café y comentó mientras las colocaba sobre la mesa:

—Tienes poco tiempo, ¿verdad?

—El tiempo que dura una misa, y no debería estar aquí.

—Entonces, ¿para qué has venido?

—Quería saber cómo estáis tu hermano y tú.

—Estamos bien —respondió Magdalena.

—¿Qué piensas hacer con Alfonso?

—Casarme con él, por supuesto. La boda será el 3 de junio.

—Aún falta un mes y estáis viviendo en… —dijo doña Inmaculada, sin saber cómo terminar la frase sin que sonara molesta u ofensiva.

—¿Concubinato? ¿A eso te refieres?

—No te ofendas, hija. Sólo deseo que lo reflexiones. No deberías actuar así...

—Sí debo hacerlo; de hecho, quiero hacerlo. Deseo casarme y tener hijos con Alfonso.

—No me refería a eso. Iba a decir que no deberías excluirnos de tu vida a tu padre ni a mí.

—No te comprendo, madre.

—Quiero que consideres la posibilidad de invitarnos a la boda. Permite que tu padre sea el padrino y te acompañe al altar.

—¿Has hablado con él sobre esto?

—No.

—Sabes bien que él no aceptará. Nunca se rebajará a casar a su hija con... —dijo Magdalena, buscando las palabras adecuadas. Finalmente, concluyó—: No puedo creer que me estés pidiendo esto. ¿Es que no lo conoces?

—Por favor, no lo excluyas. Invítalo a tu boda.

—¿Vendrías a mi boda sin él?

Doña Inmaculada guardó silencio unos instantes antes de responder con sinceridad:

—No podría hacer eso. Por favor, hija, invítalo.

—Está bien. Lo consideraré y hablaré con Alfonso.

—Si decides invitarnos, ¿vendrás a casa a hablar con tu padre?

—No, madre. No me someteré a otro rechazo. En todo caso, os enviaré una tarjeta de invitación a la boda. Ahora disfrutemos del café antes de que se enfríe.

Doña Inmaculada asintió, tomó un sorbo y dijo:

—¿Necesitáis dinero? Puedo conseguirlo.

—No necesitamos nada, madre. Estamos bien.

—Pero, ¿y los estudios de Jaume? —insistió doña Inmaculada.

—Ese tema también está resuelto. No te preocupes.

—¿Cómo vais a...? —preguntó doña Inmaculada, pero Magdalena la interrumpió:

—Tenemos dinero, madre. No necesitamos el dinero de la familia Anglada.

Cuando doña Inmaculada se despidió de Magdalena y salió a la calle, las palabras de su hija resonaban en su mente: «No necesitamos el dinero de la familia Anglada».

Aunque parecía una afirmación clara y sencilla, para doña Inmaculada era casi una sentencia irrevocable que le hizo comprender que la reconciliación familiar resultaría difícil porque el dinero, una herramienta poderosa para doblegar voluntades, había perdido la eficacia del poder de sometimiento.

Al parecer, Alfonso era un hombre con recursos suficientes para cubrir los estudios de Jaume. No sabía si alegrarse o entristecerse.

La confusión la abrumó durante los días siguientes y terminó afectando seriamente a su estado de salud.

Una semana después de que su madre se lo pidiera, y tras consultarlo con Alfonso, Magdalena tomó la decisión de invitar a sus padres a su boda.

Su optimismo la llevó a pensar que, si ambos aceptaban, su padre podría ser su padrino y acompañarla al altar, convirtiendo ese momento en algo especial y memorable.

Sin embargo, conocía el orgullo del señor de Son Carvall y sabía que sería un error imaginarse entrando del brazo de él en la iglesia.

Aun así, escribió una tarjeta de invitación y la deslizó por debajo de la puerta de Can Anglada.