Los Herederos de Son Carvall (La saga de los Anglada 2) Capítulo 62. Firme e impasible
47%

Capítulo 62. Firme e impasible

Aquel sábado primaveral, en el salón de Can Anglada, iluminado por la luz matutina, Magdalena, al observar a su familia reunida, encontró por fin el valor que había estado buscando durante días.

Su padre leía el periódico, su madre una novela y Jaume revisaba los libros del colegio sentado a la mesa.

Se mantuvo erguida en el centro de la estancia y dijo con voz firme:

—Padre, he tomado una decisión. Voy a casarme con alguien a quien he conocido recientemente.

Don Antoni mantuvo el periódico abierto, pero levantó la mirada lentamente, frunciendo el ceño.

—¿Cómo dices? ¿Casarte? ¿Estás bromeando?

—No es una broma. Se llama Alfonso García.

—¿Quién es ese tal Alfonso? ¿Conocemos a sus padres? ¿Por qué no he sabido nada de él hasta hoy? —dijo don Antoni, desconcertado por la noticia y por el hecho de que su hija hubiera mantenido una relación sentimental a sus espaldas.

—Sus padres fallecieron cuando él era un niño. Creció con un tío suyo, un abogado de renombre. Alfonso también es abogado.

Esforzándose por mantener la calma, don Antoni se dirigió a su esposa:

—Inmaculada, ¿tú sabías algo de todo esto?

—Es la primera noticia que tengo. Estoy tan sorprendida como tú.

Excepto Jaume, quien en ese momento escuchaba con atención, dispuesto a apoyar a su hermana, nadie conocía la relación entre Alfonso y Magdalena, ni siquiera sus amigas más cercanas.

—¿Estás loca? Quítate esa idea de la cabeza. No vas a casarte con alguien que es un completo desconocido para nosotros —ordenó don Antoni.

—Yo sí lo conozco —intervino Jaume.

—No te entrometas, Jaume. Este asunto no te concierne —dijo don Antoni, con un rictus severo en el rostro.

Doña Inmaculada trató de persuadir a Magdalena con actitud amable y calmada:

—Las cosas no se hacen así, hija. Antes de un matrimonio hay un noviazgo, unas familias que deben conocerse… hay ciertas cosas que se hacen por tradición.

Don Antoni, no como padre, sino como el señor de Son Carvall, respaldó a su esposa con un tono grandilocuente:

—Tu madre tiene razón. Nunca olvides quién eres: ¡una Anglada!

—No lo olvido, pero desde mi adolescencia he intentado traer a casa a los muchachos que me gustaban sin resultado.

—Sólo deseábamos lo mejor para ti y que te relacionaras con jóvenes mallorquines de nuestra misma clase social —dijo doña Inmaculada, intentando justificarse, y añadió—: El apellido García no es mallorquín.

—Alfonso es asturiano.

Don Antoni estaba empezando a perder la paciencia. Quería zanjar el asunto cuanto antes y, dirigiéndose a su hija, resolvió:

—Como si fuera alemán. Definitivamente, ese joven no es el adecuado para ti.

Magdalena avanzó unos pasos. A pesar del temblor en sus piernas, declaró con voz firme:

—Lo quiero, y estoy segura de lo que hago. Permítanle que venga y se presente.

—Ya conoces mi opinión. No pienso darte mi autorización. Olvídate de él y presta atención a los jóvenes que tu madre y yo te hemos propuesto —afirmó don Antoni.

Hasta ese momento, Magdalena no había mostrado un tono desafiante. Entonces respondió con firmeza:

—No necesito que me de su permiso, padre. Sólo le pido que respete mi decisión.

El silencio se volvió pesado entre ambos. Don Antoni plegó el periódico bruscamente y se puso de pie. Estaba tan indignado que, a pesar de que siempre había presumido de su educación refinada y buenos modales, alzó la voz, presa del enojo, por primera vez en décadas:

—Magdalena, ¿has perdido el juicio? No te permito que traigas a ese tal Alfonso a nuestro hogar.

—Creo que deberíamos dejar que exprese su opinión respecto a ese joven —intervino doña Inmaculada, defendiendo a su hija con un tono calmado y conciliador.

—¿Qué opinión? —preguntó don Antoni, moderando su tono por respeto a su esposa. Luego añadió—: ¿No ves, Inmaculada, que quiere casarse con un gallego?

—Es asturiano —aclaró Magdalena.

—Te agradezco la corrección —respondió don Antoni, dejando entrever el sarcasmo.

Jaume iba a intervenir de nuevo para defender a su hermana, pero doña Inmaculada se le adelantó:

—Calmémonos. Hablemos de manera civilizada y respetuosa.

Don Antoni comenzó a recuperar su habitual serenidad, ajustándose de nuevo a las normas de cortesía. Al pensar que tenía una ventaja en aquella discusión, debido al conocimiento de las debilidades de sus hijos, lanzó una ofensiva inesperada contra Magdalena:

—Es posible que el dinero no te interese, así que tendrás que acostumbrarte a depender del salario de tu esposo. Si te casas con el asturiano, no pienso darte ni una peseta de mi bolsillo y no volverás a entrar en esta casa.

Las restricciones y exigencias paternas eran tan severas y crueles que Magdalena contuvo su ira mientras respondía con tristeza:

—No puede hacerme esto.

Jaume avanzó un paso, se situó al lado de su hermana y repitió con firmeza y tono desafiante:

—Coincido con Magdalena. Si ustedes le hacen esto, yo también me iré con ella.

—¡Lo que nos faltaba! No seas inmaduro, Jaume. Si decides irte, ¿cómo crees que será tu futuro? —respondió don Antoni con desdén.

—Lo digo en serio, padre. Me iré con ella.

El joven habló con firmeza; sin embargo, don Antoni no le prestó atención y fue a buscar un vaso de agua.

Al regresar, tuvo la impresión de que su esposa y sus hijos se habían alineado en su contra.

Bebió un sorbo para calmarse y dejó el vaso sobre la mesa del salón.

Evaluó la situación y buscó una solución pacífica.

Don Antoni no estaba dispuesto a ceder ni siquiera en asuntos menores cuando doña Inmaculada, ante la mirada desconcertada de sus hijos, se acercó a él y, como siempre, reafirmó su lealtad y total apoyo al señor de Son Carvall.

Restó importancia a lo que estaba ocurriendo.

Consideraba que todo se debía a un simple capricho juvenil de Magdalena, el cual había dado origen a aquella absurda rabieta de sus hijos.

Al sentirse respaldado por su esposa, las dudas de don Antoni se desvanecieron y adoptó una actitud claramente autoritaria.

—Cuando falleció la abuela, vuestra madre y yo decidimos mudarnos a Palma para estar cerca de vosotros y que pudierais seguir recibiendo una buena educación, en los mejores colegios y con los mejores maestros, pero...

—dijo don Antoni. Hizo una pausa para mirar a su esposa y continuó—: Pero si os vais, cerraremos las puertas de Can Anglada y regresaremos a Son Carvall, donde tampoco seréis bienvenidos.

Doña Inmaculada se sentó en el sofá. Iba elegantemente vestida y llevaba un collar de perlas de doble vuelta alrededor del cuello.

No se opuso a la decisión de su esposo ni pareció sorprenderse cuando él anunció el regreso a Son Carvall.

Acataba aquellas resoluciones con la obediencia silenciosa que siempre le había mostrado.

Magdalena observó a su madre con desconcierto. Desde la muerte de la abuela Isabel había cambiado. Antes todavía encontraba en ella cierta comprensión; ahora, en cambio, parecía haberse convertido definitivamente en la nueva señora de Son Carvall.

Su abuela había sido distinta. Conservaba la autoridad propia de su posición, pero en privado sabía mostrarse afectuosa y permisiva con sus nietos y jamás ocultó el cariño que sentía por Jaume y por ella.

—Me iré sola, Jaume. Es mi batalla, no la tuya —dijo Magdalena.

Jaume la miró con la misma expresión que mostraba de niño cuando ella lo consolaba, pero su voz sonó segura al responder:

—Nos vamos juntos.

Don Antoni se apartó, extendió el brazo y señaló la puerta de salida. Doña Inmaculada permaneció en silencio, con la mirada perdida. Jaume se acercó a su hermana, esperando su decisión. Magdalena apretó los dientes y declaró:

—Nos vamos.

Los hermanos se dirigieron hacia las escaleras en silencio, sin mirar atrás y con la certeza de que no regresarían.

Don Antoni se sorprendió cuando doña Inmaculada se reclinó en el respaldo del sofá, como si estuviera a punto de sufrir un vahído, y exclamó, visiblemente afectada:

—¿Qué hemos hecho? ¡Dios mío!

Don Antoni, convencido de que había tomado la decisión correcta, respondió con profundo enfado:

—¿Nosotros? ¿Qué hemos hecho nosotros? Ellos son los desagradecidos. No lo pongas en duda, Inmaculada.

—No puedo creerlo. Se han marchado... —expresó ella, confusa.

—No te inquietes. Estoy convencido de que volverán, tarde o temprano. No se han llevado sus cosas. En fin... no tendrán otra opción.

Don Antoni se sentó junto a su esposa, la abrazó por los hombros e intentó aliviar el desánimo que percibía en ella.

Como si pudiera prever lo que iba a suceder, doña Inmaculada suplicó, en un susurro:

—No, querido. No volverán. Por favor, ve a buscarlos. Quiero que regresen a casa.

El señor de Son Carvall, no obstante, se mantuvo firme e impasible. No expresó sus sentimientos ni volvió a pronunciar una sola palabra aquella tarde.

Mientras los hermanos Anglada se dirigían hacia la casa de Alfonso, tratando de asumir que acababan de abandonar su hogar y la imposibilidad de reconciliarse con sus padres, dos hombres pasaron junto a ellos comentando las noticias de un gran terremoto ocurrido en Grecia.

Magdalena y Jaume continuaron avanzando en silencio.