Capítulo 61. El gran paso
Desde que, una semana antes, Magdalena se había encontrado con Alfonso, sintió que el destino les tenía reservados otros encuentros fortuitos.
Por eso no se sorprendió al verlo, a unos metros delante de ella, cuando salían del cine Moderno un sábado por la tarde.
Ella había asistido con una amiga a la proyección de una exitosa película muda, mientras él estaba solo y se dirigía hacia la plaza de Cort.
Magdalena lo interpretó como una señal del destino y decidió que no debía dejar pasar la oportunidad de volver a hablar con él; sin embargo, a los pocos segundos lo perdió de vista en medio de la multitud que transitaba por la plaza y las calles adyacentes.
Frente a la iglesia de Santa Eulalia, Magdalena se despidió de su amiga y se dirigió hacia su casa. Para su sorpresa, Alfonso la estaba esperando delante de la entrada de Can Anglada.
El clima era helado y se podía sentir la humedad del mar. Sobre sus cabezas se desplazaban densas nubes grises, aunque no llovía.
—Cuando salí del Moderno te vi, pero te perdí de vista —dijo Alfonso sin rodeos.
—Yo también te vi —respondió Magdalena.
—¿Te gustó la película? —preguntó él.
—Sí. Lo que más me impresionó fue cuando decide cometer el asesinato —aclaró ella, con cierto entusiasmo.
—A mí me gustó el final, durante la tormenta. ¿Quieres dar un paseo conmigo? —preguntó él con determinación.
—Sí, pero un paseo corto. Mi familia me espera —dijo Magdalena.
—Me parece bien —respondió él.
—¿Cómo te fue en tu primer día de trabajo con la ropa mojada? —preguntó ella, mirándolo de reojo mientras caminaban. Le parecía mucho más joven que en su primer encuentro; la ropa que llevaba le sentaba bien, juvenil, acorde con su edad.
—¡Ah! El trabajo me va bien. Valió la pena mojarme, sólo por conocerte —rió Alfonso al recordar la lluvia de aquel día.
—¿De qué trabajas? —preguntó ella, con curiosidad.
—Soy abogado. Recién llegado a Palma.
—¿Y vives solo?
—Sí. De momento me las arreglo bastante bien. Así que si decides dejar a tu novio, podrías considerar...
Ella no le permitió concluir la frase:
—¡Para! ¡Para! Ni siquiera estoy segura de que realmente te llames Alfonso.
—Mi nombre es Alfonso García Íñiguez de Saavedra. Puedes confiar en mí. No tengo malas intenciones —le aseguró, mientras le ofrecía una mirada sincera.
—Yo soy Magdalena Anglada i Gayá. No tengo novio, pero mis padres son muy estrictos.
—Déjame hablar con ellos y explicarles que mis intenciones son serias. Sólo quiero conocerte y que tus padres me permitan acompañarte a casa.
—Eso es imposible. No perteneces a la nobleza mallorquina. No se tomarán la molestia de recibirte —respondió ella, algo tensa.
De regreso a Can Anglada, él optó por no insistir y cambió de tema:
—Los americanos han producido su primer filme sonoro: “El cantor de jazz”. No creo que podamos verlo en Palma hasta el próximo año, o quizás más tarde.
—Tendremos que conformarnos con las versiones mudas de los clásicos —dijo ella.
—A menos que los cines instalen nuevos sistemas de proyección sonora —comentó él.
—Todo cambia demasiado deprisa últimamente —dijo Magdalena.
—Desde luego. Y cambiará más todavía cuando el cine empiece a hablar. Todo el mundo querrá ir —opinó Alfonso y, antes de que ella entrara en su casa, añadió con atrevimiento—: Te invito a ver una película, ¿qué te parece?
—Lo hablaremos otro día, ahora debo irme —dijo ella.
Se despidieron sin concretar una cita. Alfonso caminó pensativo hacia la plaza San Francisco.
Luego aceleró el paso debido a la ligera lluvia que comenzaba a caer.
Se subió el cuello del abrigo y reflexionó sobre cómo superar los obstáculos para que los padres de Magdalena aceptaran su relación.
Quería hacer las cosas bien y tomarse su tiempo, pero al pensar que la familia Anglada podría rechazarlo, una sensación de derrota abatió su optimismo.
Con el paso de las semanas, Magdalena y Alfonso se vieron en varias ocasiones: cuando ella salía de misa, de una tienda o de su casa, lo encontraba esperándola discretamente.
Apenas hablaban, se entendían con gestos o miradas silenciosas.
Poco a poco llegaron las palabras y las conversaciones, al mismo ritmo que la relación entre ambos se fue consolidando, hasta llegar a encontrarse en secreto casi a diario.
Dos meses después de su primer encuentro, Magdalena aceptó la invitación de Alfonso para acudir a la casa que él tenía alquilada y tomar un refresco.
La vivienda era espaciosa y bien ventilada.
Un aire fresco entraba por la ventana abierta del balcón y se mezclaba con el aroma a jabón de vainilla que provenía del baño.
—Me gusta esta casa y las vistas desde el balcón —comentó ella.
—Me alegra que te guste —respondió Alfonso—. Empiezo a imaginarte viviendo aquí.
—No sé... —dijo Magdalena, rodeándole el cuello con los brazos. Se besaron durante largos segundos.
—Si te parece bien, hablaré con tus padres y pediré tu mano.
Magdalena pareció incomodarse.
—No entiendes nada de mi familia —respondió. Luego suavizó el tono—. No pierdas el tiempo. No te aceptarán.
Él guardó silencio un instante. Después preguntó:
—Entonces, tú decides. Ya conoces la casa. ¿Te gustaría mudarte aquí conmigo?
—¿Sin casarnos primero? Eso sería un gran escándalo.
—Sí. Un gran escándalo. Pero creo que podríamos afrontarlo juntos.
—Entonces lo mejor sería casarnos cuanto antes —dijo ella.
—Pon tú la fecha.
Magdalena no respondió de inmediato. Permaneció junto al balcón, observando la calle.
—Si doy ese paso, ya no habrá vuelta atrás —dijo como si fuera una reflexión en voz alta, pero finalmente aceptó—. Sí, Alfonso. Quiero casarme contigo.
Sorprendido y emocionado, él se apartó ligeramente y cerró la puerta del balcón.
—¿Estás segura?
—Absolutamente segura. Aunque probablemente no debería estar aquí ni nosotros deberíamos estar haciendo esto.
Magdalena comenzó entonces a recorrer la casa con curiosidad.
Observaba cada rincón desde una nueva perspectiva, reorganizando mentalmente los espacios y desplazando los muebles con la imaginación, como si ya formaran parte de su vida cotidiana.
Se sentó en el borde de la cama para comprobar el colchón y acarició las cortinas oscuras de la sala, pensando que podrían sustituirse por otras más claras.
Luego preguntó:
—¿Qué opinas de que mi hermano se venga a vivir con nosotros?
—Por supuesto. Hay habitaciones suficientes.
—Entonces esta habitación será nuestro dormitorio. Es la más amplia y nos ofrecerá privacidad. La habitación pequeña, al otro lado del salón, será ideal para Jaume, si decide mudarse con nosotros. ¿De quién es esta casa? Tal vez en algún momento podamos comprarla.
—No está en venta. Hasta donde sé, pertenece a una señora que vive en Córdoba. Le pago el alquiler a su hija, doña Martina Sureda.
—La conozco. Doña Martina está casada con don Sebastián Villalonga. Son buenos amigos de mis padres. Incluso asistían a las celebraciones de mi cumpleaños cuando era pequeña —comentó Magdalena.
—Todo el mundo se conoce en Palma, excepto yo, que ni siquiera conozco a tu hermano.
—Te lo presentaré. Estoy segura de que os llevaréis bien —dijo ella, mientras reflexionaba sobre las posibles consecuencias de la decisión que acababan de tomar, y añadió—: En realidad, lo que hemos planeado no es tan sencillo.
Si Jaume y yo nos mudamos aquí, mi padre nos retirará su apoyo económico. No podremos vivir sin dinero.
—Tengo ahorros. No te preocupes —respondió él.
—Jaume debe continuar sus estudios. Sólo tiene dieciséis años y sueña con ser abogado, al igual que tú. ¡Qué curiosa coincidencia!
—Me ocuparé de financiar su educación. Dispondré de recursos suficientes.
Puede quedarse con nosotros hasta que vaya a la universidad.
No hay muchas alternativas de educación superior en Palma, pero podría inscribirse en la misma universidad de Barcelona donde yo estudié.
Tengo contactos allí que nos ayudarán si se lo pido.
Las recomendaciones de Alfonso eran sensatas, pero eso no era suficiente para convencer a un adolescente de dejar su hogar.
Si decidían seguir adelante, Magdalena tendría que asumir toda la responsabilidad de cuidarlo como si fuera un niño huérfano.
De hecho, en varias ocasiones, cuando su padre parecía dar prioridad a los negocios de la posesión Son Carvall sobre la atención personal a su familia, ambos hermanos habían sentido cierto grado de orfandad, especialmente tras el fallecimiento de su abuela paterna, doña Isabel María Gibert.
—Iremos paso a paso. Lo primero es que conozcas a mi hermano. Le explicaremos las opciones y le daremos la oportunidad de tomar su decisión. ¿Qué opinas?
—Me parece bien —respondió él.
Luego salieron a la calle y caminaron abrazados por la cintura, como una pareja estable, libre de prejuicios sociales.