Los Herederos de Son Carvall (La saga de los Anglada 2) Capítulo 60. Un joven asturiano
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Capítulo 60. Un joven asturiano

Alfonso García Íñiguez de Saavedra, joven asturiano de veintitrés años, recién graduado en Derecho por la Universidad de Barcelona, había fijado su residencia en Palma de Mallorca por motivos profesionales.

Un profesor suyo, mallorquín, le había facilitado el contacto con un prestigioso despacho de abogados de la ciudad, donde le aguardaba su primer empleo.

Aquel era su primer día en el bufete. Por un contratiempo de última hora, no había tenido ocasión de comprar ropa más adecuada, por lo que se vistió con el único traje que reservaba para ocasiones especiales: oscuro, de corte clásico, que le confería una seriedad algo prematura.

Frente al espejo de su dormitorio, en la casa que acababa de alquilar, se ajustó la corbata con cuidado.

Pensó, por un momento, que una vez adquirida la experiencia necesaria en Palma regresaría a Oviedo, donde su tío Agustín le esperaba para incorporarse a su despacho hasta poder, con el tiempo, abrir el suyo propio, cumpliendo así el sueño de su difunto padre.

No sabía con certeza por qué había escogido Mallorca.

Tal vez porque era la primera oportunidad que se le había presentado, o porque no deseaba enfrentarse de inmediato a las expectativas de su tío, o quizás porque las grandes ciudades, como Barcelona, le habían dejado cierto cansancio y prefería un entorno más tranquilo.

En Barcelona había vivido como estudiante; Palma, en cambio, le ofrecía el inicio de una etapa distinta y, a su juicio, menos abrumadora.

Su tío Agustín había recibido la noticia como una contrariedad. Le había llamado por teléfono el día anterior para insistir, con su habitual elocuencia, en que lo esperaba para incorporarlo a su bufete.

Tras escucharlo, Alfonso, por primera vez, le había mentido.

Le dijo que había conocido a una joven mallorquina con la que pensaba casarse.

Aquello bastó para que su tío, de inmediato, aprobara su decisión: «¡Ah, bueno!

Si vas a formar una familia y puedes mantenerla, eso lo cambia todo.

La familia es lo más importante. ¡No lo dudes, querido sobrino! ».

Alfonso terminó de vestirse. Sacó del fondo de la maleta unos zapatos de cuero marrón y el paraguas negro. El día se anunciaba frío y lluvioso. Antes de salir hacia su primer día en el bufete, miró una vez más por la ventana. El cielo no ofrecía indicios de mejora.

De camino a su trabajo, un aguacero lo sorprendió. A su lado, pasó una joven que caminaba apresurada y sin paraguas. Era Magdalena Anglada, que se dirigía a su domicilio. Él se le acercó y le ofreció refugio bajo el suyo:

—No hace falta. Vivo aquí mismo —dijo ella.

Mientras buscaba las llaves en su bolso, Alfonso sostenía el paraguas sobre ambos para proteger también a Magdalena.

—Vaya. Como llueve —dijo él.

Ella abrió la puerta y ofreció:

—Si quieres, puedes quedarte en el zaguán hasta que amaine.

Alfonso aceptó y plegó el paraguas. Desde allí, ambos observaban la lluvia y el viento azotar la calle vacía.

El agua discurría por el empedrado en ligera pendiente, ofreciendo un espectáculo urbano, natural y hermoso.

Hacía frío, y el aroma del café recién hecho se filtraba desde una de las ventanas abiertas de la casa señorial donde se refugiaban.

—¿Vas a un entierro? —preguntó la joven, con cierto tono de burla, para romper el silencio.

—¿Lo dices por el traje? —respondió Alfonso, levantando una ceja.

—Das esa impresión —dijo ella con una leve sonrisa.

—Voy a trabajar. Hoy es mi primer día. ¿Tienes novio?

—No pierdes el tiempo, ¿verdad? Pues sí. Tengo novio —respondió ella, con un tono altanero.

Su respuesta fue firme, casi desesperada; resonó como un grito de autoprotección.

No se trataba sólo de la reacción a la inesperada pregunta de un extraño, que incluso podría considerarse un cumplido; era, más bien, un acto de resistencia frente a la constante presión familiar para que se casara lo antes posible, como si permanecer soltera a los veintidós años fuera una desventaja en su vida.

Sus padres, don Antoni Anglada y doña Inmaculada Gayá, le habían presentado a varios pretendientes de la nobleza mallorquina; sin embargo, ella anhelaba tomar sus propias decisiones sobre el hombre con quien compartir su vida.

Cada vez que rechazaba a un candidato propuesto por su familia, sentía que retrocedía en sus expectativas de futuro.

Por ello, le resultaba incómodo que incluso un extraño mencionara la palabra «novio».

De repente, escuchó a Alfonso decir:

—Entonces, no puedo aspirar a conocerte mejor.

—No. No puedes —admitió ella, acompañando sus palabras con un gesto de aparente indiferencia.

A Alfonso le pareció que su respuesta ocultaba algo, aunque no habría sabido precisar si se trataba de rechazo o simple defensa.

Luego echó un vistazo a su alrededor: el gran patio interior con sus columnas y arcos, la majestuosa escalera, los amplios ventanales…

Todo poseía una elegancia austera a la vez que señorial.

Al verse a sí mismo con los bajos de los pantalones empapados y la corbata arrugada, respondió, con una sonrisa poco convincente, señalando el entorno:

—Comprendo que no pueda.

—Parece que la tormenta está amainando. Debes irte —dijo ella, cambiando de asunto para evitar que la conversación se volviera incómoda.

—Por supuesto. No quisiera llegar tarde en mi primer día de trabajo. Eso causaría mala impresión —comentó él, consultando el reloj.

Le parecía que el tiempo se le escapaba en aquel breve encuentro con la joven mallorquina.

—¿De qué trabajas? ¿Eres vendedor? —preguntó ella antes de que se marchara.

—Te lo contaré en otra ocasión. Gracias por permitirme refugiarme en tu zaguán. Yo soy Alfonso García.

—Yo soy Magdalena Anglada —respondió ella.

Se despidieron con un leve gesto de la mano.

Alfonso salió a la calle y levantó la vista al cielo.

Las densas nubes comenzaban a dispersarse y la lluvia parecía deshacerse en el aire antes de tocar el suelo.

Caminaba por el centro de Palma con el cabello revuelto por el viento y la ropa todavía húmeda; un aspecto poco digno para un abogado en su primer día.

Pensó de nuevo en Magdalena. Su actitud altiva y la firmeza de sus palabras no le habían parecido del todo coherentes.

Se preguntó si estaría exagerando o atribuyendo un sentido equivocado a aquel breve encuentro.

Sin embargo, algo en ella había logrado inquietarle de un modo inesperado, hasta el punto de alterar la serenidad con la que había comenzado aquella mañana.

En su habitación, Magdalena pensaba en el enigmático Alfonso García, un joven del que apenas conocía el nombre y a quien, sin embargo, ya suponía incapaz de superar el severo juicio de su padre.

No era la primera vez que le ocurría algo semejante.

Siempre que mostraba interés por algún joven, sus padres terminaban frustrando cualquier ilusión antes incluso de que pudiera tomar forma.

Pertenecía a la familia Anglada y sabía bien lo que eso significaba.

Desde niña había escuchado que algún día se casaría con alguien perteneciente a la nobleza mallorquina.

Sólo podría escapar de aquel destino rompiendo con su familia y abandonando la casa.

Y aunque creía posible vivir lejos de sus padres, no podía imaginarse separada de su hermano Jaume, con quien mantenía un vínculo que parecía irrompible.

Antes de la cena aguardaba, inquieta, la llegada de su hermano.

Una vez más se retrasaba. Se acercó varias veces a la ventana que daba a la calle hasta que finalmente lo vio doblar la esquina con paso resuelto.

Vestía sus pantalones de pana favoritos y un grueso jersey azul marino.

Pese al frío, no llevaba abrigo, y caminaba con las manos en los bolsillos, esforzándose quizás por aparentar una seguridad y una madurez que todavía no le correspondían del todo.

Su elevada estatura le hacía parecer mayor.

Antes de entrar en la casa, Jaume alzó la vista hacia la ventana, como si hubiera adivinado que ella lo observaba desde allí.

Luego, oyó sus pasos subir las escaleras y el suave golpe de los nudillos en la puerta.

—Entra, Jaume —dijo Magdalena.

—¿Me estabas espiando? —preguntó Jaume.

—No hacía tal cosa. ¿Dónde está tu abrigo? —respondió Magdalena.

—¡Bah! No lo necesito.

—Sí lo necesitas. Hace un frío horrible. Me preocupo por ti.

—Te preocupas porque estás envejeciendo. Acabarás pareciéndote a mamá —dijo él, riéndose con burla.

—Y tú, te asemejarás a papá —respondió Magdalena con una sonrisa pícara.

—Egocéntrico, autoritario y prepotente. No, gracias —replicó Jaume.

—También es inflexible y obstinado. No lo olvides —añadió ella.

—Eso es cierto —reconoció él.

—¿Qué dirías si decidiera casarme con un vendedor?

—¿Te has enamorado de un vendedor? —se rió él, disfrutando de la idea.

—Aún no. Pero me gustaría conocer tu opinión.

—Mi opinión no tiene relevancia. La que importa es la de nuestro padre, don Antoni Anglada i Gibert, señor de Son Carvall.

—Quiero saber la tuya —insistió ella.

—Te la daré: cásate con quien desees. Siempre estaré a tu lado y te apoyaré. ¿Un vendedor? ¿Lo dices en serio? —dijo él, claramente sorprendido, antes de reír a carcajadas.

—¡Payaso! —exclamó Magdalena, riendo también.

—Lo siento. Con todo el respeto hacia los vendedores. Me puedo imaginar las reacciones de mamá y papá cuando se lo cuentes —añadió él, tratando de contener la risa.

Ella sonrió, porque también podía visualizarlas.

Cuando Jaume estaba a punto de salir del dormitorio, Magdalena lo detuvo tirándole de la manga de su jersey, arrugó la nariz y le dijo:

—Lávate con agua caliente y jabón antes de la cena. Hueles a tabaco.

Él intentó defenderse, pero fue en vano. No le mentiría a su hermana.

—¿Te parezco un adicto?

Magdalena pensaba que él era simplemente un chico curioso que quería probar cosas nuevas, aunque podía perder el control al rodearse de amistades poco recomendables.

—No fumes. El tabaco es malo para la salud. Lo sabes.

Al ver la expresión preocupada de Magdalena, Jaume intentó tranquilizarla:

—Está bien. No fumaré.

Cuando estaba a punto de irse, escuchó de nuevo la voz de su hermana:

—Y lávate bien antes de cenar. Mamá tiene un olfato muy agudo. ¡Ah! Y mañana no olvides ponerte el abrigo antes de salir.

—A sus órdenes, doña Magdalena Anglada —respondió él con tono jocoso, dedicándole una reverencia exagerada.

Luego, salió de la habitación y cerró la puerta con delicadeza.