Capítulo 59. Una relación duradera
Pascual Sureda Amengual, tras retirarse de su profesión de patrón de barco, había decidido dejar Marsella y mudarse a su casa de Palma, en el barrio de Es Jonquet.
Esa mañana, estaba en el muelle, a punto de subir a su llaud, cuando vio a lo lejos a su hija mayor, Martina, acercándose entre las embarcaciones del dique seco.
La reconoció de inmediato, a pesar de que habían transcurrido diez años desde su último encuentro, que coincidió con el nacimiento de su nieta Assumpta.
Desde entonces, su relación con Martina se había limitado a alguna que otra carta.
Tampoco había tenido noticias de Lola y su hija menor, Paula.
Bajó del llaud y dio unos pasos hacia Martina, sin dejar de mirarla. A pesar de los años, su hija seguía mostrando la misma confianza en sí misma que había tenido de niña.
Llevaba un abrigo elegante y una estola de piel que le otorgaban cierta distinción.
Pascual notó en su hija una sincera expresión de alegría al verlo y, por primera vez en mucho tiempo, sintió un destello de optimismo ante la posibilidad de reconstruir la relación con su hija, ahora que volverían a vivir tan cerca.
Se detuvo un momento para dar una última calada a su cigarrillo, lo arrojó al suelo y lo aplastó con la suela del zapato.
Esperó a que ella recorriera los últimos metros.
Mientras se acercaba a su padre, Martina observaba la bruma gris en el horizonte, el resplandor plateado de las aguas tranquilas y el característico cielo nublado de un día de invierno. Vio cómo él aplastaba el cigarrillo, un gesto que le trajo recuerdos de su infancia.
Antes de que Pascual las abandonara y se marchara a Francia, lo había oído prometer en varias ocasiones que dejaría de fumar.
No lo había logrado. De aquella época, veintiséis años atrás, recordaba las largas horas frente al puerto, esperando que alguno de los barcos trajera de vuelta a su padre.
Quizás por eso, al enterarse, a través de rumores, de que se había instalado en Palma, sintió una satisfacción casi ridícula, pues se cumplía lo que siempre había anticipado.
Ese destello de orgullo, por haber tenido razón en el pasado, ya no tenía relevancia en el presente, sólo era un recuerdo lejano, pero aun así decidió mencionarlo:
—Hola, padre. Vengo de tu casa. Al no encontrarte, supuse que estarías aquí.
—Estoy contento de verte, Martina.
—He venido a darte una buena noticia y, de paso, a que me confirmes un rumor que ha llegado hasta mí.
—¿Qué novedades quieres compartir conmigo? —preguntó él.
—Eres abuelo por segunda vez. Paula ha dado a luz a un niño. Nació hace tres meses, el 25 de octubre. Se llama Fernando, como su padre.
—Me alegro. Pero ya sabes que no mantengo contacto ni con tu hermana ni con tu madre. Es impensable que me inviten a conocer a mi nieto.
—Lo sé. Sólo te lo he mencionado para que estés al tanto.
—Cuéntame ese rumor —dijo él, cambiando de tema.
—¿Es cierto que te has retirado y que vives en Es Jonquet? Me lo ha dicho alguien que te conoce. Palma es una ciudad pequeña.
—Eso es verdad —confirmó él.
—Entonces, al final, he ganado la apuesta. Siempre creí que algún día regresarías.
Pascual la miró con interés:
—¿A quién le ganaste la apuesta sobre mi regreso?
—A tu amigo Arnau.
Pascual sonrió al recordar a su querido amigo, que disfrutaba haciendo apuestas.
Rememoró el momento en que ambos compitieron para ver quién lograría ahorrar primero el dinero necesario, para comprarle el llaud a mestre Pep.
Arnau ganó la apuesta, pero al fallecer, le dejó el barco como herencia.
El recuerdo de Arnau era como un suave bálsamo que siempre le proporcionaba paz.
Se preguntó qué habría hecho o dicho Arnau en aquel instante, frente a su hija.
De inmediato lo supo, y por eso le propuso un breve paseo por la zona del muelle donde se encontraban las embarcaciones más grandes y nuevas.
Ella aceptó, y tras un largo silencio, él dijo:
—Ya sabes que mi casa es tu casa. Puedes venir a visitarme siempre que quieras.
—Lo haré. Además, creo que deberías conocer a Assumpta. Ha cumplido once años.
—Estoy de acuerdo —respondió él.
—¡Ah! Pero te impongo una condición. No quiero que fumes cuando estés con ella —dijo Martina, mirando la cajetilla que asomaba del bolsillo de la camisa de su padre.
—No fumaré delante de la niña. Tienes mi palabra —respondió Pascual con determinación.
Dos días después, Pascual se hallaba en la playa de Es Jonquet, ayudando a reparar las redes de los pescadores, la mayoría amigos suyos del barrio. Debido a las molestias en la espalda, a veces se sentaba en un taburete de madera y otras sobre la arena, cerca de la orilla del mar.
Esa mañana, sufría de sus habituales dolores lumbares y le costaba encontrar una postura cómoda.
Tenía las piernas entumecidas y se levantó para caminar un poco cuando escuchó los graznidos de un grupo de gaviotas que sobrevolaban su cabeza.
Se detuvo a contemplarlas mientras se alejaban hacia el mar abierto.
Un marinero le preguntó:
—¿Ya te vas, Pascual?
Se sacó del bolsillo la cajetilla de tabaco, antes de responder:
—Aún no. Sólo voy a estirar las piernas y a fumar un cigarro.
Se detuvo a mitad del gesto cuando vio a lo lejos a Martina, que llevaba de la mano a una niña.
Supuso que era Assumpta. Le sorprendió que, a aquella hora, su nieta no estuviera en la escuela.
Respiró hondo, renunció al cigarro y se acercó a ellas.
Tras un breve saludo de cortesía, Pascual se agachó ligeramente para quedar a la altura de la niña.
—Hola, Assumpta. ¿Sabes quién soy?
La niña lo miró en silencio un instante más de lo normal antes de responder.
—Sí. Pascual Sureda Amengual.
El nombre sonó extraño incluso para él, pronunciado por una voz infantil.
Martina miró a su padre y luego le dijo a su hija:
—Él es tu abuelo.
—Puedes llamarme Pascual o abuelo, como prefieras. ¿Hoy no tienes colegio? —preguntó él.
—He estado enferma y he tenido fiebre, pero ya estoy mejor.
Martina aclaró:
—Es un simple resfriado.
La bandada de gaviotas apenas se distinguía; eran pequeños puntos en el horizonte y sus graznidos se habían silenciado casi por completo. Un grupo de pescadores pasó a su lado riendo, y uno de ellos preguntó:
—¡Patrón Sureda! ¿Te unes a nosotros en la taberna, como en los viejos tiempos?
—Ya no bebo. He dejado el vicio —respondió convencido.
Martina comentó con ironía:
—No todos los vicios. Algunos, al parecer, perduran.
—¡Ah! Te refieres al tabaco. También me lo quitaré, pero necesito algo de tiempo.
Martina tenía que ocuparse de asuntos urgentes en la beneficencia de la parroquia, donde colaboraba activamente: su esposo y sus suegros estaban ocupados, la sirvienta tenía el día libre, así que no podía dejar sola a su hija de diez años ni llevarla a la escuela. Dudó un instante antes de hablar.
—Tengo cosas que hacer en la parroquia… no puedo llevar a Assumpta conmigo —Martina miró a su padre, como midiendo algo, y añadió—: ¿podrías quedarte con ella una hora?
Pascual miró a su nieta y, al no notar reacción alguna, finalmente respondió:
—Sí. Por supuesto.
Ese día, Pascual y su nieta disfrutaron de un agradable paseo por el barrio de Santa Catalina. Con orgullo de abuelo, él presentó a Assumpta a sus amigos del vecindario. Después, la llevó a ver su llaud y le dijo, sonriendo:
—Siempre tengo el barco preparado para zarpar. ¿Querrás venir algún día conmigo?
—No lo sé. Soy muy pequeña para navegar —respondió la niña, sonándose la nariz con su pañuelo—: Mira, por allí viene mamá. El tiempo se me ha pasado volando.
—Es cierto —asintió él con una sonrisa.
Assumpta suspiró y, cuando llegó su madre, le dijo:
—¿Puedo quedarme un poco más con el abuelo? Ha sido un rato corto.
—Otro día será más largo —respondió Martina, sugiriendo que habría más oportunidades.
Era la hora del almuerzo. El cielo estaba despejado y el mar mostraba un hermoso tono azul celeste con crestas blanquecinas de espuma.
Ambas se despidieron de Pascual y se alejaron del entorno marino para dirigirse hacia las calles sombreadas del centro de Palma.
Mientras tanto, Martina se preguntaba qué pensarían su madre y su hermana sobre la relación de confianza que acababa de establecer con su padre, hasta el punto de dejar a su hija unas horas con él.
Le pareció oír en su mente la respuesta de Lola, que sonaba como un claro reproche.