Los Herederos de Son Carvall (La saga de los Anglada 2) Capítulo 58. Imágenes enredadas en el tiempo
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Capítulo 58. Imágenes enredadas en el tiempo

Don Ramón le había expresado en múltiples ocasiones a su hijo Javier que, tras su fallecimiento, deseaba un funeral sencillo, sin ostentaciones, pero con toda la dignidad que le correspondía.

No quería que se pareciera al lujoso entierro de su querido amigo, el marqués De la Fuente, quince años atrás.

Desde entonces, se había preguntado cuánto tiempo le quedaría de vida en comparación con el marqués.

Ahora lo sabía con certeza: no llegaría a ver el amanecer del día siguiente.

A pesar de ello, aún tenía ánimo para ir aquella tarde, acompañado de su hijo, a conocer al niño de Paula.

Decidió que había llegado el momento de entregarle el dinero que había reservado para ella durante más de dos años.

Esa mañana intentó levantarse para buscar el sobre con el dinero, pero sus piernas no pudieron sostenerlo.

Mareado y con la vista borrosa, volvió a recostarse en la cama.

Esperó a sentirse un poco mejor antes de llamar a Agustina, su sirvienta, para que fuera a buscar a Javier.

Ella cumplió sin tardanza, pues ya había notado que la salud de don Ramón había empeorado.

Media hora después, don Javier llegó con la sirvienta. Encontró a su padre reclinado sobre varios cojines y con tan buen aspecto que, al verlo, él lo saludó primero y le dio una orden con voz clara:

—Hola, hijo. Abre la ventana de par en par. Que entre la luz.

—Buenos días. ¿Cómo estás? Agustina me ha comentado que estás débil —dijo don Javier mientras abría la ventana, dejando que la luz inundara la habitación y acariciara el mobiliario y los cuadros religiosos que decoraban las paredes.

—No me encuentro bien, Javier.

—¿Quieres que llame al médico?

—No necesito al médico. ¿Sabes, hijo? Hay algo que nunca he aprendido a hacer.

—¿A qué te refieres? —preguntó don Javier, sentándose a su lado, en el borde de la cama.

—Despedirme. Siempre me ha costado encontrar las palabras adecuadas.

—Esas palabras no son necesarias. No vamos a despedirnos aún. Iré a buscar al médico —respondió don Javier, levantándose.

A pesar de su debilidad, don Ramón sujetó el brazo de su hijo y le pidió con voz suplicante:

—Por favor, vuelve a sentarte.

Don Javier obedeció.

—Está bien. ¿Qué quieres decirme?

—Paula... —dijo don Ramón, haciendo una pausa y adoptando una expresión pensativa.

Don Javier lo instó a continuar:

—¿Qué pasa con Paula? ¿Quieres que le diga que no iremos esta tarde a conocer a su hijo?

—Sí, eso es precisamente lo que quiero decir, pero hay algo más. Tengo un sobre para ella. Quiero que lo guardes y se lo entregues cuando creas conveniente.

—¿Qué contiene? —preguntó don Javier.

—Dinero. Lo gané en una carrera de caballos hace un par de años, en "el cortijo del general". ¿Recuerdas que te hablé de esa carrera? —preguntó don Ramón.

—Sí. Lo recuerdo perfectamente.

—Aposté por Paula y su caballo. Considero que ese dinero le pertenece; ella lo ganó.

—Muy bien. ¿Dónde está ese sobre? —preguntó don Javier.

—En el cajón del escritorio, bajo llave. Tú sabes dónde guardo las llaves. Ve a buscarlo.

Don Javier, antes de ir a por el dinero, preguntó con curiosidad:

—¿Cuánto hay?

Don Ramón hizo una seña para que se acercara y, con un susurro apenas audible, le reveló la cantidad exacta. Al escucharla, don Javier mostró una leve sorpresa, pero se limitó a responder:

—No se preocupe, lo guardaré en la caja fuerte. ¿Hay algo más que deba hacer?

—Eso es todo. Ahora quiero dormir un rato —dijo don Ramón, con voz cansada.

—Iré a avisarla, sobre todo para que no se moleste en extender sus mejores alfombras para recibirnos —comentó don Javier, intentando aligerar el ambiente con una nota de humor.

Don Ramón, sin perder la ocasión, respondió con sarcasmo:

—Exactamente. Que no se moleste en cambiar las alfombras. Que deje las de uso diario. Ahora vete.

El joven notario guardó el sobre en el bolsillo de su abrigo y, mientras caminaba por las calles de la ciudad de Córdoba, se debatía entre entregarle el dinero a Paula o conservarlo.

Pensó que ella no lo necesitaba: su esposo pertenecía a una familia acomodada y el cortijo La Quintana generaba buenos beneficios.

Al final, decidió conservarlo para cuando se presentaran tiempos más difíciles.

Mientras tanto, don Ramón, solo en su dormitorio, notó que el cuerpo le pesaba menos de lo habitual, como si algo se estuviera desprendiendo dentro de él. No sintió miedo. Sólo una calma extraña, casi ligera.

El relincho del caballo favorito de Paula, el mismo con el que le había ganado aquella importante suma de dinero que acababa de entregarle a Javier, volvió a oírlo en su memoria, largo y lejano, como si viniera a buscarlo para despedirse de él, pues pertenecía a ese fascinante mundo de mitos y supersticiones rurales de La Quintana, en el que su segunda esposa, Bárbara, siempre había creído.

Don Ramón agradeció ese alegre relincho, consciente de que sería lo último que escucharía antes de morir.

Don Javier llegó a la casa de los Alhama y, con impaciencia, golpeó el picaporte de la puerta. Manuela salió a su encuentro y le dijo:

—Buenos días, don Javier. No esperábamos su visita hasta la tarde, pero pase, por favor.

—Hola, Manuela. He venido a hablar con Paula.

—Adelante, no se quede en la entrada.

Don Javier siguió a Manuela por el pasillo hasta la habitación del recién nacido. Al entrar, vio a Paula de pie, sosteniendo al niño en brazos.

Se quedó unos segundos mirando al niño sin decir nada. La imagen le resultó extrañamente nostálgica: aquella niña, que había conocido quince años atrás, se había convertido en madre. Ella colocó a su hijo en la cuna y, con un gesto, le indicó que se acercara. Luego, en voz baja, le preguntó:

—¿No te parece el niño más guapo del mundo?

Él asintió en silencio, para no perturbar su sueño. Después, ambos salieron de la habitación y se dirigieron al salón, que daba a un amplio patio cubierto de plantas y jazmines trepadores.

—Paula, no puedo quedarme mucho tiempo. He venido a decirte que no nos esperéis esta tarde. Mi padre se encuentra en sus últimos momentos. Debo irme y estar con él

—Lo lamento mucho. ¿Puedo ir a verlo? —preguntó ella.

—Él no te permitirá que lo veas en el estado en que se encuentra.

—Entonces, no lo veré. Me quedaré a tu lado por si me necesitas. Déjame acompañarte. Manuela se ocupará del niño —dijo Paula con determinación.

Unos minutos después, ambos caminaban por la calle, sumidos en un pesado silencio, con la mirada baja.

En cuanto entraron en el patio, el llanto desconsolado de la sirvienta los detuvo antes de llegar a la casa.

Javier apresuró el paso y subió rápidamente los escalones.

Paula lo seguía, levantando un poco la falda de su vestido para evitar tropezar y caer por las escaleras.

La casa estaba en semi penumbra. En la habitación, don Ramón yacía inmóvil, con la cabeza girada hacia la ventana abierta. Agustina bajó la mirada sin decir palabra y don Javier comprendió el desenlace antes de que ella pudiera hablar.

Paula le indicó a la sirvienta que saliera de la habitación, para que Javier pudiera estar a solas con su padre.

Fue en aquel momento de intimidad cuando él, como hijo, expresó en silencio todo aquello que no había podido decirle y su corazón necesitaba liberar.

Dominado por la tristeza, lloró sin hacer ruido.

Luego salió del dormitorio y se dirigió al salón, donde se hallaban Agustina, que esperaba sus instrucciones, y Paula, que no quería marcharse sin despedirse.

Antes de marcharse, Paula le ofreció un abrazo de consuelo.

No hubo necesidad de palabras. En situaciones extraordinarias resurgía con fuerza ese vínculo que, desde hacía catorce años, los unía.

Paula no hizo preguntas; lo conocía tan bien que sabía que, cuanto más intentara indagar en los sentimientos de Javier, más se aferraría él a su naturaleza reservada.

Decidió marcharse para que él pudiera afrontar con serenidad la organización de los preparativos fúnebres.

Durante el funeral, don Javier recibió las condolencias de los asistentes: clientes habituales de la notaría, vecinos, amigos de su padre y otros conocidos. Entre todos esos rostros, buscaba a Paula. Finalmente, la vio al lado de su esposo, seguida por su madre y su cuñada.

Paula se aferró al brazo de Fernando y, al pasar junto a él, apenas inclinó la cabeza y murmuró:

—Lo siento mucho.

Él asintió con un gesto de cabeza.

Aquella tarde, lo único que recibió de ella fueron esas tres palabras de pésame, y la discreta inclinación de cabeza que las circunstancias permitían ofrecer en público.

Al salir del cementerio, don Javier dio instrucciones al cochero para que lo llevara a la vivienda de su padre, en la calle San Fernando, que sería su nuevo hogar.

Sentía la necesidad de regresar a la casa de su familia, que había pertenecido a sus antepasados durante generaciones, y de volver a conectar con su sentido de pertenencia.

Al llegar, la casa estaba a oscuras; nadie se encontraba allí.

La sirvienta tenía el día libre. Encendió las luces y contempló por unos instantes las gafas de su padre sobre la mesa del salón, donde acostumbraba a dejarlas.

No las tocó. El silencio de la casa le resultó más pesado que nunca.

Esta vez no había nadie que pudiera romperlo.

Se dirigió a su antiguo dormitorio, tomó la manta que reposaba sobre la butaca y se tumbó en la cama sin despojarse de su traje oscuro. Se cubrió con ella.

Planeó reanudar al día siguiente su rutina en la notaría y llevar consigo el sobre con el dinero destinado a Paula, guardándolo a buen recaudo hasta que se presentara el momento adecuado para entregárselo.

Cerró los ojos con la imagen de Paula aún presente, sucumbió al cansancio y el sueño llegó sin avisar en cuestión de segundos.