Los Herederos de Son Carvall (La saga de los Anglada 2) Capítulo 57. Algo muy extraordinario
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Capítulo 57. Algo muy extraordinario

El nacimiento del primer hijo de Paula se adelantó dos semanas respecto a la fecha prevista.

Por eso, cuando empezó a sentir las primeras contracciones, no sospechó que el nacimiento sería tan inminente como para avisar a Fernando, quien había manifestado su deseo de asistirla durante el alumbramiento, como esposo y como médico.

En previsión de lo que pudiera suceder, Manuela envió a la sirvienta a buscar a la comadrona, a la que conocían desde hacía años, pues residía en la misma calle. Pocos minutos después de que la comadrona examinara a Paula, ella rompió aguas y el alumbramiento progresó con rapidez.

Una hora más tarde, cuando la comadrona terminó de asistir a Paula y regresaba a su casa, se cruzó con don Fernando por la calle. Ella lo saludó primero y le anticipó la noticia con alegría contenida y profesionalidad:

—Buenos días, don Fernando. Está usted de enhorabuena. Tiene un hijo precioso.

Ante la noticia del nacimiento de su hijo, primero sintió decepción por no haber estado presente, pero enseguida experimentó la euforia de la felicidad del momento. Su emoción quedó patente en el tono de su voz al preguntar:

—¿Cómo ha ido el parto?

—Ha sido un parto rápido y sin complicaciones. Su esposa y su hijo están bien. Quédese tranquilo —dijo ella.

—Muchas gracias —dijo él, y añadió unas palabras de despedida antes de dirigirse apresuradamente a su casa.

Don Fernando se detuvo bajo el umbral de la puerta abierta del dormitorio.

Contempló la escena durante unos segundos: Manuela recogía la palangana con agua y jabón que habían usado para lavar al recién nacido, Paula estaba recostada en la cama y el niño descansaba en la cuna.

A través de los cristales de la ventana se filtraba una luz atenuada por los visillos de lino blanco.

La habitación parecía suspendida en un silencio atemporal hasta que oyó la voz de Paula que le dijo al verlo:

—No te quedes ahí parado. Ven a conocer a nuestro hijo.

El doctor saludó a su hermana, besó a su esposa y tomó a su hijo en brazos. Lo contempló durante unos segundos. El niño abrió ligeramente sus ojos azules. El parecido con los de Mateo era evidente, pero no apartó la mirada.

Nadie dijo nada mientras Paula esperaba una reacción de su esposo que no llegó.

Manuela no podía estar quieta por la emoción del momento.

Cada vez que entraba en el dormitorio, miraba a la criatura con la fascinación de quien lo ve por primera vez.

Pensaba que, a sus veintinueve años, y aún soltera, el nacimiento de su sobrino marcaría el comienzo de una nueva etapa en su vida.

Si nunca llegaba a tener hijos propios, al menos podría volcar parte de su cariño en aquel niño.

Con entusiasmo, lanzó una pregunta que llevaba rato queriendo hacer:

—¿Habéis decidido el nombre del niño? Sé que teníais varios en mente.

Antes de responder, Fernando cruzó una breve mirada con Paula, dándole a entender que él también había notado el color azul de los ojos de su hijo, tan parecidos a los de Mateo Morales, y que estaba dispuesto a mantener ese secreto dentro del matrimonio. Entonces respondió:

—Aún no lo habíamos decidido, pero me gustaría que se llamara Fernando, como yo, que soy su padre. ¿Qué opinas, Paula?

—Claro. Se llamará como tú —confirmó ella.

Esa tarde, Lola llegó a la casa de los Alhama a conocer a su primer nieto varón. Se emocionó al sostener a la criatura en brazos, al mismo tiempo que le reconfortaba saber que el niño sería un vínculo que fortalecería el matrimonio de su hija con el doctor Alhama.

Al ver a Paula feliz y atenta a su bebé, Lola comprendió que su hija había asumido una nueva etapa de responsabilidad y madurez y que, sin duda, sería una buena madre.

Sonrió, aunque la sonrisa se le apagó antes de lo habitual al mirar los ojos de su nieto, idénticos a los de Mateo.

No dijo nada, pero un torrente de inquietud la recorrió por dentro.

Recordó la conversación que había tenido el día anterior con Amelia, quien le había comentado su intención de dejar el trabajo en unos meses.

Aunque al principio le inquietó la idea de prescindir de la sirvienta que había sido parte de su vida durante tantos años, ahora, su partida le daba cierta tranquilidad, pues si Amelia llegaba a ver al niño probablemente notaría el sorprendente parecido con su hijo Mateo.

Se aferró a una posibilidad plausible; quizás aquellos ojos azules los había heredado de su abuelo mallorquín, Pascual Sureda Amengual.

Esa idea la tranquilizó y luego le preguntó a su hija:

—¿Le enviarás un telegrama a Martina?

—Claro. Ella se alegrará de saber que tiene un sobrino —respondió, orgullosa de poder dar la noticia de que había sido madre.

Tras esta confirmación, Lola abordó un tema que llevaba tiempo considerando desde que Paula contrajo matrimonio:

—Sigo sin comprender por qué no decidís venir a vivir conmigo a La Quintana. Hay espacio de sobra y la vida en el campo es mucho más saludable que en la ciudad.

Paula alzó la vista hacia su madre. Conocía bien aquel argumento y sabía que, detrás de sus palabras, no sólo había preocupación, sino también el deseo de volver a tenerla cerca.

—A mí también me encantaría vivir en La Quintana.

Echo de menos el campo, los caballos y la tranquilidad de allí —admitió con sinceridad—.

Pero Fernando tiene su trabajo en el Hospital Provincial, y su profesión significa mucho para él.

Ha luchado durante años para ocupar el puesto que tiene ahora, y no sería justo pedirle que abandonara todo eso.

Lola suspiró despacio. Aunque no terminaba de compartir aquella decisión, comprendía el afecto y el respeto con que Paula hablaba de su esposo.

—Supongo que el deber siempre termina imponiéndose —murmuró Lola con resignación.

Paula le tranquilizó:

—Eso no significa que no vayamos a verte a La Quintana siempre que podamos. Quiero que mi hijo crezca conociendo a su abuela.