Capítulo 56. Alegre tintineo
Al enterarse de su embarazo, Paula sintió una alegría intensa por la nueva vida que crecía en su interior, aunque también la invadió una confusión profunda: no sabía con certeza quién era el padre de su hijo.
Lo único que tenía claro era que debía decírselo a su esposo cuanto antes.
Decidió no hacerlo en casa; no quería que Manuela escuchara lo que tenía que explicar, así que se presentó en el consultorio poco antes de que cerrara.
Don Fernando se mostró sorprendido al verla y aún más al enterarse de que esperaban un hijo.
Su reacción combinó alegría y un reproche silencioso: se culpaba a sí mismo por no haber percibido, como médico, ningún indicio físico de que Paula estuviera embarazada.
La observó de pie frente a él y le pareció una mujer distinta, vulnerable y llena de dudas.
No dejaba de girar nerviosamente el anillo de bodas que llevaba en el anular.
—Paula, ¿qué te pasa? ¿No eres feliz? Yo sí —dijo él, mostrando un entusiasmo que no podía ocultar.
Pero aquel momento, que debería haber sido de júbilo, se cargó de tensión. Paula no quería engañarlo ni cimentar su matrimonio sobre mentiras, así que confesó:
—No sé si el niño es tuyo.
—¿Me has sido infiel durante nuestro matrimonio? —preguntó él, con un deje de decepción en la voz.
—No, Fernando. Ocurrió antes de que nos casáramos. Te soy fiel desde que nos casamos. Y si tú no deseas este hijo… haré lo que haga falta —respondió ella, con la voz temblorosa.
Las palabras de Paula impactaron profundamente en el doctor.
Aunque existía la posibilidad de que el niño no fuera suyo, él estaba dispuesto a aceptarlo como si lo fuera, sin cuestionar en ningún momento su paternidad.
Sin embargo, lo que más lo hirió y lo sumió en el desconcierto fue escuchar de labios de su esposa la posibilidad de interrumpir el embarazo.
Aunque la sala de espera estaba vacía, Fernando se levantó y cerró la puerta del consultorio para resguardar la intimidad de la conversación.
La alegría inicial que había sentido al conocer la noticia se desvaneció de inmediato, dejando paso a una intensa melancolía.
Su mirada se ensombreció mientras permanecía en absoluto silencio.
Después caminó hasta la ventana y permaneció de espaldas a su esposa, mirando la plaza desierta.
No sintió la necesidad de preguntar quién era el padre; lo sabía.
Lo que aún ignoraba era qué hacer con aquella certeza.
Reflexionaba sobre las opciones que tenía.
Bajó la mirada hacia sus manos, firmes y seguras, tal como siempre las había mantenido en su profesión.
Apretó los puños durante unos instantes antes de relajarlos de nuevo.
Se volvió hacia ella y la observó en el centro de la sala. Seguía jugueteando con el anillo de bodas en su dedo, como si aquel símbolo de compromiso ahora le resultara pesado.
—Por favor, siéntate —dijo él.
Ella obedeció y, con voz temblorosa, murmuró:
—Podría resolverlo sin involucrarte. No quiero comprometerte. Hay otras maneras.
Al comprender lo que Paula estaba insinuando para interrumpir el embarazo, Fernando levantó la mano para detenerla, dejando claro que no quería seguir escuchando.
Por su experiencia, sabía los riesgos que tales prácticas implicaban: un drama físico y emocional capaz de causar daños irreversibles e incluso la muerte.
—¿Eres consciente del peligro que esto conlleva?
—Sí —respondió ella, con una tristeza profunda, como nunca antes había sentido, pues en su interior anhelaba ese hijo.
—No se trata sólo de un riesgo físico, sino también moral —insistió él.
Paula permaneció en silencio. Fernando miró el reloj; ya habían pasado cinco minutos desde la hora de cierre del consultorio. Rodeó la mesa y se acercó a su esposa, casi tocándola, con el rostro marcado por la preocupación, y dijo:
—Cerraré la puerta con llave. Vuelvo enseguida.
Paula lo observó cruzar el despacho, encajar la puerta de la sala de exploración y luego cerrar la puerta de la calle.
No parecía tan abatido como cuando, unos minutos antes, había mirado por la ventana.
La tarde era gris, cubierta de nubes melancólicas, reflejo del ánimo que ambos compartían.
Ella aguardó con ansiedad la continuación de aquella difícil conversación.
El doctor regresó y se sentó frente a ella, al otro lado del escritorio. Abrió un cajón, sacó un pequeño frasco de analgésicos y tomó una pastilla.
—¿Te duele la cabeza? —preguntó ella.
Él asintió. La tensión provocada por la situación y la mención del aborto le había afectado. Ingirió la pastilla con un sorbo de agua y guardó el frasco en el bolsillo antes de añadir:
—Sabes que el aborto clandestino es una de las principales causas de muerte entre mujeres jóvenes.
—Sí. Lo sé —confirmó ella.
—¿Aun así, sigues pensando en hacerlo?
Paula se inclinó sobre la mesa, lo miró a los ojos y, tras unos segundos de reflexión, respondió:
—Sólo lo haré si tú me lo pides. ¿Quieres que lo haga?
—¡Jamás te pediría algo así! —exclamó él con firmeza—. Aceptaremos a este niño y lo criaremos juntos. Será una experiencia que nos enriquecerá a ambos. Yo estoy dispuesto.
Un alivio recorrió a Paula. Recordó el alegre tintineo de un sonajero de su infancia. Se inclinó hacia la mesa y susurró:
—Lo siento mucho.
Él tomó las manos que ella le ofrecía por encima de la mesa y dijo:
—No lo lamentes. Yo no lo haré, y prometo querer a nuestro hijo.
Soltó sus manos y se dirigió al armario a coger su abrigo y el paraguas.
Afuera llovía; ninguno de los dos lo había notado hasta ese instante.
Salieron de la consulta abrazados por la cintura bajo el mismo paraguas, apresurándose hacia el automóvil que don Fernando había estacionado en una calle cercana.
Ya dentro del vehículo, antes de encender el motor, él comentó:
—Mañana celebraremos el cumpleaños de Manuela. Durante la fiesta podemos anunciar el embarazo. ¿Qué te parece?
—Muy bien —respondió Paula, asintiendo.
Don Fernando condujo hacia su hogar mientras la lluvia continuaba cayendo.
Paula reflexionaba sobre la actitud serena, lógica y firme de su esposo, tan diferente a la de Mateo.
Su comportamiento aquel día le permitió enfocar la vida desde otra perspectiva: comprendió que, en esa etapa de su matrimonio, sin Fernando se sentiría vacía y sola.
Al llegar a la entrada de su casa, él abrió el paraguas, rodeó la parte delantera del automóvil y le abrió la puerta a su esposa, quien, al salir, inhaló el aroma de la calle mojada y se aferró al brazo que él le ofrecía.
A resguardo de la lluvia, se besaron con pasión, como dos enamorados con un proyecto en común y toda una vida por delante.