Capítulo 55. Duda persistente
En la estación de ferrocarril de Córdoba, justo antes de comenzar su luna de miel, Paula y su esposo se despidieron de Lola y Manuela. Los recién casados debían tomar un vagón con destino a Valencia y, desde allí, embarcar hacia Mallorca, donde se hospedarían en casa de Martina.
Paula no pudo ocultar el vacío que sentía tras la separación definitiva de Mateo. Sentía como si, al subir al tren, cerrara una etapa que quedaba atrás para siempre.
El doctor atribuyó el silencio de su esposa al cansancio sin darle más importancia.
En presencia de los hermanos Alhama, Lola no dijo nada, pero miró a Paula como si supiera más de lo que aparentaba; por eso, mientras esperaban en el andén, le susurró un consejo que creía que le serviría para ser feliz: «Olvídate de Mateo. No mires atrás, hija».
Paula asintió con resignación y se despidió de su madre con un abrazo, mientras Fernando hacía lo mismo con su hermana.
Durante el trayecto en tren, de Córdoba a Valencia, el doctor comentó:
—Nunca he tenido la oportunidad de ver el mar. Imagino que debe de ser impresionante la primera vez que uno lo contempla. ¿Estoy en lo cierto, querida?
—Así es. El Mediterráneo es espléndido, pero los paisajes de Mallorca son aún más impresionantes, sobre todo en primavera —respondió Paula, mientras las palabras de su madre resonaban en su mente, instándola a dejar atrás el pasado y a deshacerse de las cartas que había guardado desde su infancia.
Debía concentrarse en el futuro, esforzarse por fortalecer su matrimonio cada día y convencerse de que Fernando era el esposo ideal para ella.
Tan pronto como el barco comenzó a alejarse de Valencia, don Fernando contempló con admiración la belleza del Mediterráneo.
En su primer viaje por mar, observó las chimeneas de la embarcación, que dejaban tras de sí estelas de humo gris que se desvanecían en la inmensidad de un cielo cubierto de nubes.
La bandera bicolor ondeaba en el mástil, desafiando al viento y a la lluvia que se intuía inminente.
Los pasajeros se refugiaron en sus camarotes; ellos permanecieron unos minutos en la cubierta reservada para pasajeros de primera clase.
La silueta de la costa valenciana se desdibujaba en el horizonte, mientras el mar cobraba protagonismo y la embarcación se balanceaba al ritmo de las olas.
Poco después se acomodaron en el camarote asignado. No regresaron a cubierta, ya que llovió intensamente durante casi toda la travesía. Sólo al llegar a la costa mallorquina, apareció un tímido sol entre las nubes.
Cuando el barco arribó al puerto de Palma, habían pasado más de diez años desde que Paula dejó la isla.
A pesar del tiempo transcurrido, el aire del entorno le devolvió imágenes antiguas sin buscarlas. Fue un momento tan conmovedor que sus ojos se llenaron de lágrimas.
—¿Por qué lloras? —preguntó él, ofreciéndole su pañuelo.
Ella se secó las lágrimas y respondió sin ser del todo sincera:
—Me preocupa la salud de mi hermana. Me resulta extraño que no haya cumplido su promesa de asistir a nuestra boda. Creo que ha ocultado la verdad sobre su enfermedad en sus cartas para no inquietar a nuestra madre. ¿Te ofrecerías a examinarla?
—Por supuesto. Si Martina me lo permite, la examinaré. Ahora debemos ir a la zona de desembarque. Ya casi hemos llegado —dijo él, con un tono tranquilizador.
Mientras esperaban a que los marineros colocaran la pasarela de madera para desembarcar, Paula recordó a su padre, Pascual Sureda, contramaestre.
Consideró que no merecía ni un segundo de su tiempo, ya que apenas había hablado con él un par de minutos en toda su vida y se había marchado de casa cuando ella era un bebé.
Lo apartó de su pensamiento, aunque la sensación de abandono no desapareció; algo dentro de ella seguía reaccionando a su recuerdo provocándole una incómoda sensación de orfandad.
Algo se despertó en su interior al llegar a la costa mallorquina: era una emoción confusa, entre memoria y pérdida, que la llevó a acercarse a su esposo; se aferró a su brazo y le susurró:
—Fernando, prométeme que nunca me abandonarás.
—¿Por qué dices eso? Claro que no. Nunca te abandonaré. Confía en mí. Soy un hombre de palabra —respondió él, orgulloso del amor reflejado en la mirada de su esposa.
Mientras tanto, en la explanada del puerto, don Sebastián Villalonga estaba atento a la llegada del barco de Valencia cuando, por casualidad, vio a don Antoni Anglada acercarse con paso decidido. Ambos se saludaron con un apretón de manos, mostrando el respeto mutuo que se profesaban.
—Buenos días, don Antoni. ¿También espera la llegada del barco que viene de Valencia?
—Yo espero el barco procedente de Barcelona.
—Mi cuñada Paula y su esposo vienen a la isla para disfrutar de su luna de miel —comentó don Sebastián.
—En mi caso, espero a uno de mis mejores clientes de Cataluña. Es más fácil atender a una pareja de recién casados que a un comerciante estricto e inflexible en los negocios —dijo don Antoni, esbozando una mueca de resignación.
Los negocios de la posesión Son Carvall estaban en auge, pero don Antoni, siempre reservado, no hacía referencia a ello.
El cliente en cuestión era don Joan Montoliu, a través de quien la familia Anglada comercializaba sus principales productos en las provincias catalanas: aceite, vino, frutos secos y cereales...
—Disculpe que lo deje, don Antoni. Debo recibir a mi cuñada.
Se despidieron con cortesía. Don Sebastián se dirigió a recibir a los recién casados para llevarlos en su carruaje a su hogar.
Tras los saludos de bienvenida, excusó la ausencia de Martina y explicó que se encontraba algo débil para caminar o permanecer de pie durante mucho tiempo mientras esperaban la llegada del barco.
La enfermedad de Martina se hizo evidente cuando, al llegar a casa cerca del mediodía, aún permanecía en la cama. Con un hilo de voz, les invitó a entrar en el dormitorio. Saludó al doctor Alhama con un gesto y unas breves palabras de bienvenida, antes de abrazar a su hermana.
Paula no sólo percibió el aroma fresco y agradable de Martina, una combinación de jabón suave y colonia, sino que también notó que había perdido peso.
Al intentar levantarse de la cama, necesitó la ayuda de Paula.
Caminaron unos pasos, abrazadas por la cintura, hasta la butaca junto a la ventana.
Su fragilidad se evidenciaba incluso en su voz cuando dijo:
—Lamento no haber estado contigo el día de tu boda.
Paula se sentó en el borde del colchón, frente a Martina, y con un entusiasmo contenido, comentó:
—No importa. De todas formas, pensábamos venir a Mallorca de viaje de bodas. Fernando no conoce la isla y tenía muchas ganas de visitarla.
—Entonces deberías mostrársela —respondió Martina, cuestionándose cómo era posible que Paula, con sólo once años, ya estuviera tan segura de que se casaría con el doctor Alhama.
En ese momento, don Sebastián entró en la habitación. Siempre atento y cariñoso con su esposa, le colocó una almohada detrás de la espalda y le susurró que no se esforzara demasiado, un gesto que el doctor notó de inmediato.
Martina sugirió:
—Podríamos ir al salón a esperar la llegada de Assumpta. Me encantaría ver su expresión de sorpresa al veros. No le hemos dicho que ibais a venir.
Minutos después, al escuchar el ruido en la puerta principal, Paula salió a recibir a su sobrina y, al cruzarse sus miradas, la niña exclamó:
—¡Tía Paula! ¡Qué alegría!
Ambas se abrazaron. Paula comentó:
—Ven, Assumpta. Quiero presentarte a mi esposo, tu tío, Fernando Alhama.
Martina se sentía complacida con la relación que su hermana mantenía con su hija en esos primeros minutos, tras su reencuentro.
Un lazo que, con el paso de los días, se tornaría en un rechazo mutuo de una forma tan inusual y difícil de aceptar que, al verlas ahora abrazadas y mostrando cariño, resultaba casi imposible imaginarlo.
Unas horas después, en presencia de Paula, don Fernando examinó a Martina. Ella permanecía recostada, con el rostro fatigado, aunque trataba de mantener el buen ánimo.
—Mi médico ya me ha diagnosticado un asma persistente —dijo con una leve sonrisa—. Pero la mejoría ha sido escasa con el tratamiento.
Fernando escuchó en silencio mientras tomaba el pulso y auscultaba su respiración. El leve silbido al respirar confirmó lo que ya sospechaba.
Se incorporó despacio.
—Coincido con el diagnóstico —dijo al fin—. No hay una solución definitiva, pero sí podemos aliviar los síntomas y mejorar bastante tu calidad de vida con el tratamiento adecuado. Revisaré lo que estás tomando y veremos si conviene ajustarlo.
—Las medicinas están en la mesilla —dijo Martina, con total confianza. Enseguida añadió—: Sebastián puede pasar por la farmacia.
Paula intervino enseguida:
—Iremos Fernando y yo. Así daremos un paseo por la parte más señorial y hermosa de Palma.
Martina los observó con una leve satisfacción.
—Sí, claro. Palma está especialmente hermosa estos días —dijo Martina con amabilidad.
Fernando asintió con una leve sonrisa mientras recogía las cajas de medicinas de la mesilla de noche para revisarlas con más detenimiento.
En el centro de Palma se percibía un ambiente tranquilo, lleno de sonidos evocadores y agradables.
Desde la parte trasera de una sastrería llegaba el constante traqueteo de una máquina de coser y, unos metros más adelante, la música proveniente de un gramófono salía por la ventana abierta de una casa señorial.
Todos esos detalles le recordaban a Paula su infancia, y ahora podía sumergirse en ellos, disfrutando de la ciudad que la vio nacer.
Al pasar frente al Ayuntamiento, Paula sintió una extraña sensación tras cruzarse con una mujer embarazada. Ambas se rozaron accidentalmente y se excusaron:
— Disculpi, senyor a (disculpe, señora) —dijo la joven.
— Ha estat culpa meva. Anava distreta (ha sido culpa mía. Iba distraída) —respondió Paula con un gesto de cortesía y un perfecto mallorquín.
A don Fernando le llamó la atención oír a su esposa hablar en un idioma desconocido para él, pero no se sorprendió. Sabía que ella había nacido y vivido en Mallorca.
Después de caminar unos pasos, Paula, temiendo que la maternidad pudiera marcar un punto de inflexión en su matrimonio, le preguntó a su esposo:
—¿Qué pasaría si no pudiera tener hijos?
Él la miró con sorpresa y, al notar la preocupación en los ojos de Paula, se ajustó el sombrero antes de responder.
—Te diría que mantengamos el optimismo. Acabamos de casarnos, querida. Ya iremos viendo lo que nos depara el futuro —dijo el doctor, abrazándola por la cintura y besándola en la sien.
Ella asintió con un gesto, aunque la duda persistía en su corazón. Por primera vez en su vida, se preguntó si sería capaz de aportar algo tan valioso a su matrimonio como los hijos, sin saber aún lo que su cuerpo ya había comenzado a anunciar.
Durante su luna de miel, en esos días de aparente felicidad, Paula intentaba disfrutar de un ambiente placentero y sereno junto a su familia, aunque en ocasiones esa calma se veía perturbada por su sobrina.
Con apenas diez años, Assumpta parecía seguirla, simulando encuentros casuales.
Cuando se encontraban solas, la niña hacía comentarios inapropiados y fuera de lugar.
A veces era una simple frase mordaz; otras, miradas o gestos tensos que generaban incomodidad.
Paula no lograba entender qué le ocurría a su sobrina ni por qué siempre le dejaba una impresión incómoda y difícil de explicar.
Al principio, pensó que quizás sentía celos de ella, simplemente por disfrutar de momentos de conversación íntima con Martina.
Sin embargo, pronto tuvo la impresión de que la actitud de su sobrina no era propia de su edad ni de una rabieta infantil, sino parte de su carácter.
Assumpta parecía albergar un rechazo hacia ella que lejos de disiparse con el tiempo, terminaría intensificándose.
A medida que transcurrían los días, Martina percibió una notable mejoría en su salud. Cuando los recién casados concluyeron su luna de miel y se despidieron para regresar a Córdoba, Martina se sintió tan recuperada que prometió viajar a La Quintana en la próxima primavera.