Capítulo 54. Luna de miel
Al observar la expresión alegre y serena de Paula durante el desayuno, a pocas horas de su boda, Lola concluyó que sus preocupaciones sobre la carta de Mateo eran infundadas. Sin embargo, le susurró a su hija con discreción:
—¿Qué decía Mateo en su carta?
—Nada importante —respondió Paula, en tono neutro.
En ese instante, Amelia entró en el salón y se ofreció a ayudar a la novia en todo lo que necesitara. Luego miró hacia la ventana y exclamó con entusiasmo:
—¡Felicidades! Hoy estamos de suerte; no llueve.
La sirvienta celebraba con satisfacción la boda de Paula con el doctor Alhama, porque su hijo, Mateo, le había asegurado que se establecería definitivamente en la capital, se centraría en su carrera de abogado y enfriaría la relación tan cercana que había mantenido con Paula hasta el momento.
—Gracias, Amelia —respondió la novia. Saboreó un último trago de café, como si intentara aferrarse a cada segundo de su vida de soltera.
Mientras Paula iba en busca de Manuela, que estaba en la habitación contigua planchando el vestido de novia, Lola permaneció en el salón, preocupada por el telegrama de Martina que había recibido la semana anterior.
Aunque su hija mayor aseguraba que su enfermedad no revestía gravedad, lo cierto era que no podía asistir a la boda.
Un pensamiento perturbador cruzó su mente: tal vez Martina estaba ocultando parte de la verdad sobre su salud; no era propio de ella perderse la boda de su hermana.
Contuvo su preocupación e intentó mostrarse animada y contenta el resto del día.
El tono cordial y cómplice entre las cuñadas se hizo evidente cuando Paula le comentó a Manuela:
—Lamento que te quedes sola en la casa de Córdoba. Podrías haberte venido con nosotros en el viaje a Mallorca.
Manuela se mostró sorprendida. Apartó la plancha del vestido, miró a su cuñada para asegurarse de que hablaba en serio y, al percibir la sinceridad en su rostro, respondió:
—¡Qué más quisiera! Pero este viaje no es uno cualquiera. Es vuestra luna de miel y Fernando y tú debéis ir solos. Además, prefiero viajar en tren.
Paula simplemente comentó:
—Habrá más ocasiones. Haremos más viajes por tierra.
—Claro que sí —admitió Manuela y luego ambas subieron al dormitorio sujetando, entre las dos el vestido de novia.
Manuela la ayudó a ponérselo y le abrochó la tira de botones entelados de la parte posterior del traje nupcial. Aquellos momentos con su cuñada aliviaron en Paula la tristeza por la ausencia de su hermana en la boda.
Cuando, finalmente, se calzó los zapatos de tacón y se miró en la luna del armario, se vio hermosa, decidida y serena. Durante años había imaginado aquel momento y ahora estaba a punto de convertirse en la esposa del doctor Alhama.
La ceremonia religiosa tuvo lugar en la iglesia del pueblo cercano al cortijo La Quintana.
Lola y Manuela se sentaron en uno de los bancos principales para esperar la llegada de la novia. Lola le susurró a Manuela:
—Has hecho un trabajo excepcional con el vestido de Paula. Te felicito.
Manuela asintió con satisfacción y respondió:
—Gracias. La verdad es que tengo habilidad para la costura.
Don Javier Merino llegó solo. Llevaba el sombrero en la mano y lo dejó sobre el banco. Unos segundos después, Armando se acercó y le preguntó:
—¿Me permite sentarme a su lado?
—Por supuesto —respondió don Javier, recogiendo su sombrero.
Un suave murmullo de los asistentes se oía entre las paredes del recinto sagrado. Armando se dirigió a don Javier con tono serio:
—¿Ha venido usted por parte del novio o de la novia? Yo sólo conozco a la novia.
El notario miró al joven y respondió con otra pregunta:
—¿Y de qué la conoce?
—La conozco desde que éramos niños y tenemos la misma edad.
—¡Ah! Muy bien —dijo don Javier, pensando que la respuesta era irrelevante. Pero Armando aclaró de inmediato:
—La conozco porque es amiga de mi primo, Mateo Morales. Me llamo Armando Castro —dijo, y mientras le ofrecía la mano, le añadió—: ¿Y usted, quién es?
—Soy Javier Merino —respondió él.
Al estrecharle la mano, escuchó cómo el joven añadía, con una sonrisa tensa, más cercana a una mueca desagradable que a un gesto cordial:
—Señor Merino, haga el favor de decirle a la novia de mi parte, que sigo llamándola “niña rica” y que, tal como le advertí en su día, puedo hacerle la vida imposible.
—¿Perdón? No entiendo a qué se refiere —dijo don Javier.
—La novia sabrá perfectamente de qué estoy hablando. Ya se lo dije una vez y estoy seguro de que lo recuerda —respondió Armando con frialdad.
Acto seguido, se levantó y abandonó el lugar con la misma brusquedad con la que había aparecido, dejando a don Javier desconcertado.
Alguien anunció la llegada de la novia. Don Javier se dio la vuelta y vio a Paula avanzar por el pasillo central del brazo de su padre, don Ramón.
Ambos se miraron y sonrieron al mismo tiempo, con la complicidad de siempre.
También observó a su padre: vestía con elegancia y en su rostro se reflejaba el orgullo de ser el padrino de bodas.
Durante la misa, Paula se mostró tranquila y segura de sí misma, consciente del paso que estaba dando en su vida. Pero, en el momento de los festejos en La Quintana, cuando don Javier le preguntó quién era Armando Castro y por qué lo había invitado a la iglesia, ella no pudo ocultar su nerviosismo.
—No sé por qué se presentó en la iglesia.
Yo no lo invité y prefiero no tener nada que ver con él.
Armando es una mala persona —dijo ella, cerrando los ojos por un momento, como si buscara una razón lógica—.
La única respuesta que se me ocurre es que sigue obsesionado conmigo desde que era una niña.
Don Javier no insistió, aunque en su interior resonaban las palabras de Armando, como un eco oscuro, difícil de descifrar. Trató de tranquilizarla:
—No importa. Olvida a ese individuo y céntrate en tu gran día.
Paula observó a su alrededor y se dio cuenta de que todos los rostros, especialmente el de su madre, reflejaban la misma alegría que ella sentía, a pesar del comentario de Armando. Entonces respondió:
—Sí, tienes razón, Javier. Sigamos disfrutando de la fiesta.
Luego se dirigió hacia su esposo. Él la abrazó por la cintura y le dio un beso en la mejilla. Ante las muestras de cariño de los recién casados, don Javier pensó que, al menos en apariencia, eran felices.
En el banquete nupcial, don Javier se sentó a la mesa entre su padre y Manuela.
Mantuvo una conversación amena con ambos.
Manuela incluso le confesó, de manera espontánea, que había adquirido una máquina de coser y que la manejaba con gran destreza.
Don Javier la escuchaba atentamente mientras recordaba la expresión de desdén en el rostro de Armando.
Se movió inquieto en su asiento: estiró las piernas disimuladamente, luego las dobló y apoyó los pies en el travesaño de la silla.
Manuela notó su incomodidad y le preguntó:
—¿Zapatos nuevos, don Javier?
—Sí. Lo admito: me duelen los pies —respondió él.
—No es el único. Mire —dijo Manuela, levantando un poco el borde de su vestido para mostrar sus brillantes zapatos de tacón—: También son nuevos, y me resultan realmente incómodos. Los compré porque combinaban bien con el vestido.
Él estalló en risas. Le agradaba Manuela. Era sincera y directa. De alguna manera, ella logró suavizar la delgada línea entre la inquietud por Armando Castro y la celebración de un momento feliz, y consiguió que se olvidara de ese individuo.
Los comensales degustaron exquisitos platos de la cocina tradicional cordobesa, deliciosos postres y abundante vino de las bodegas del cortijo La Quintana. Después de la comida, la música se convirtió en la protagonista de la tarde, llenando el ambiente con alegres melodías.
Lola pasó un rato conversando con Amelia. Percibió en su mirada un leve brillo de satisfacción por la ausencia de Mateo en la boda de Paula. Ella no compartía esa alegría silenciosa. Conocía bien a su hija y, pese a su matrimonio, intuía que no se había desprendido del todo de él.
Esa misma mañana había encontrado la nota de Mateo que ella misma le había entregado a Paula la noche anterior.
No sabía si su hija había acudido a la cita ni qué había ocurrido después. En el fondo, prefería no saberlo.