Capítulo 53. Oleada de incertidumbre
Quince días antes de la boda, en medio del incesante ajetreo de los preparativos, Paula decidió acercarse a la notaría de don Javier Merino para entregarle personalmente la invitación a su enlace con el doctor Alhama.
La visita sorprendió al notario. Hacía tiempo que no la veía a solas y, al recibirla en su despacho, percibió enseguida que Paula intentaba mostrarse serena y cordial, aunque en su mirada había una emoción contenida que no pasó inadvertida para alguien que la conocía desde hacía tantos años.
—Me alegrará mucho contar con tu presencia en la boda —dijo ella, ofreciéndole la tarjeta de invitación.
Él la sostuvo entre las manos antes de responder, con voz tranquila:
—Sabes bien lo mucho que te aprecio. Allí estaré.
Paula esbozó una leve sonrisa, aunque sus ojos revelaban un cansancio que no lograba disimular. Tras unos minutos de conversación, se despidió y salió de la notaría con cierta premura. La visita había sido más corta de lo que ella habría deseado, condicionada por los preparativos de la boda.
Cuando la puerta se cerró tras ella, don Javier permaneció pensativo, sosteniendo aún la invitación entre las manos.
Le pareció que aquel día, Paula, al marcharse, había dejado tras de sí un silencio más denso del habitual.
Durante su visita pensó en qué le había impulsado a decidir comprometerse con el doctor Alhama.
Estuvo a punto de preguntárselo, pero no lo hizo, pues intuía la respuesta.
Desde siempre había defendido que el amor debía prevalecer por encima de la conveniencia o de los intereses familiares, y conocía demasiado bien la historia entre Paula y Mateo como para ignorar los sentimientos que aún podían permanecer ocultos en el corazón de Paula. Por eso no le había preguntado.
Comprendía el peso de las responsabilidades que recaían sobre ella y la lucha silenciosa que, posiblemente, libraba entre sus sentimientos y la razón.
A sus ojos, aquella boda no nacía únicamente del afecto hacia el doctor, sino también del compromiso que había asumido con su madre y con el futuro del cortijo La Quintana.
Lola tenía peso en esa decisión, pues envejecía y asegurar cuanto antes la estabilidad y el prestigio del cortijo familiar era una de sus prioridades.
Y el matrimonio de Paula con un hombre de familia acomodada representaba una garantía de continuidad para La Quintana.
Don Javier suspiró despacio mientras dejaba la invitación sobre el escritorio.
En el fondo, estaba convencido de que aquella había sido la razón que terminó imponiéndose sobre el verdadero dictado del corazón de Paula; el motivo por el que había decidido apartar a Mateo de su vida.
La noche anterior a su boda, Paula estaba tumbada en la cama, con los ojos abiertos en la oscuridad.
El vestido de novia colgaba del armario como una presencia silenciosa.
Se dio la vuelta lentamente, incapaz de encontrar el sueño.
Pensaba en que, a partir del día siguiente, la plenitud de la felicidad que siempre había experimentado junto a Mateo podría cambiar para siempre.
En ese momento, su madre entró en el dormitorio y dijo:
—He visto la luz encendida.
—Me cuesta dormirme —se justificó Paula.
—Es muy tarde y necesitas descansar. Mañana será un día largo y lleno de emociones —dijo Lola, mientras cerraba las puertas del armario donde estaba colgado el vestido de novia.
—Mamá, ¿crees que todo lo que sucede en nuestras vidas está predestinado? —preguntó Paula.
—¿Predestinado? En cuestiones del destino, no tengo una opinión definida —respondió Lola. Luego cerró las contraventanas del dormitorio y ordenó con dulzura—: Ahora, a dormir. Mañana será tu gran día.
Lola apagó la lámpara, salió del dormitorio y, al cerrar la puerta, recordó que esa misma mañana Mateo le había entregado una carta para que se la hiciera llegar a Paula. Regresó sobre sus pasos y, en la penumbra, le dijo:
—Esta mañana vino Mateo preguntando por ti. Como no estabas, te dejó una carta.
A través de la tenue luz del pasillo, que se filtraba por el hueco de la puerta, Paula pudo distinguir la silueta de su madre y el rectángulo blanco del sobre que sostenía. Se incorporó ligeramente para recibirlo y preguntó, con el corazón acelerado:
—¿Qué te dijo?
—Nada en particular. Sólo nos saludamos, me entregó la carta y se fue —respondió Lola.
Aunque no podía distinguir claramente la expresión de su hija en la oscuridad, percibió la melancolía en su voz. Este detalle, justo antes de la boda, le pareció inquietante, y preguntó con interés:
—¿Cuánto hace que no ves a Mateo?
—Uf..., bastante tiempo —respondió Paula evasivamente.
—¿Lo añoras?
—Siempre querré a Mateo. Ha sido mi amigo desde que éramos pequeños.
—Escúchame con atención. Ahora empieza otra vida, y hay cosas que ya no tienen vuelta atrás. ¿Comprendes lo que eso implica? —dijo Lola con seriedad.
—Sí, lo comprendo —respondió Paula, ocultando su tristeza.
Un viento helado soplaba en el cortijo; se filtraba por las rendijas de las ventanas y movía suavemente las cortinas, cuando Lola añadió:
—¿Quieres leer la carta ahora? ¿Necesitas la luz de la mesilla?
—Sí, gracias.
Lola encendió la lámpara y aconsejó a su hija:
—Lee la carta y luego descansa.
—Eso haré. Buenas noches.
Lola se dirigió a su dormitorio pensando que, tras la boda de su hija, volvería a sentirse muy sola.
Sin embargo, no podía pedirle a la pareja de recién casados que se quedara a vivir con ella en La Quintana.
Su hija necesitaba formar su propia familia y elegir libremente el lugar donde vivir.
Como madre resignada, aceptaba la situación sin expresar sus deseos ni formular reproche alguno.
Paula abrió el sobre con nerviosismo y sacó la carta. Era una breve nota: «Te esperaré en el banco de piedra».
Se quedó inmóvil en la cama, con la carta todavía en las manos, escuchando el suave silbido del viento. La leyó de nuevo y permaneció unos instantes con la carta entre las manos.
Finalmente se levantó y se cambió de ropa.
Abrió con sigilo la ventana de su dormitorio, en la primera planta. El viento entró en la estancia y le hizo vacilar un instante. Apoyó las manos en la celosía; notó un leve temblor en ellas antes de iniciar el descenso. Bajó con su habitual agilidad por la hiedra, como tantas veces había hecho.
Al llegar abajo, dio un pequeño salto, respiró el aire frío de la noche y echó a correr en la oscuridad sin detenerse. Sólo al distinguir la silueta de Mateo aminoró el paso. Sentía en su interior un estremecimiento que la empujaba hacia él.
Al encontrarse, apenas intercambiaron unas palabras. Cogidos de la mano, se alejaron hacia los establos, conscientes de que aquella sería su última noche juntos.