Los Herederos de Son Carvall (La saga de los Anglada 2) Capítulo 51. Otra decisión
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Capítulo 51. Otra decisión

A mediados de junio, Paula y Mateo se reencontraron en el piso que él tenía alquilado en la ciudad de Córdoba. A través de la ventana abierta, los visillos se mecían suavemente con la agradable brisa, que aliviaba las temperaturas propias del inicio del verano.

Tras comprometerse en matrimonio con el doctor Alhama, Paula decidió que, como esposa, sería fiel a Fernando y que su relación con Mateo se transformaría en una simple amistad. Le dolía cerrar un capítulo tan significativo en su vida, pero estaba decidida a hacerlo.

Esa tarde, se dejaron llevar por el cariño y la pasión de siempre, aunque sólo ella era consciente de que estaba viviendo las últimas horas de su larga historia de amor, que había comenzado en su adolescencia.

Mateo se sentía inmensamente feliz a su lado. Le parecía estar inmerso en un hermoso sueño, en el que sus cuerpos desnudos se unían a la perfección, como si estuvieran destinados a no separarse jamás.

Tumbada sobre la cama, después de hacer el amor, con el corazón acelerado y una expresión de seriedad y tristeza, Paula dijo:

—No podemos seguir viéndonos —hizo una breve pausa, y añadió—. Ya no es posible.

—¿Por qué dices eso? —preguntó él, sorprendido.

—No volveré a tu apartamento. Necesito organizar mi vida sin ti.

Aunque Paula había expresado en distintas ocasiones su rechazo a casarse con Mateo, él nunca había aceptado esa realidad. Al darse cuenta de que ella hablaba en serio, respondió:

—No quiero que te alejes de mí, Paula. Te quiero desde que era niño. Cásate conmigo. Puedo darte una vida estable, y quiero construir un futuro contigo.

—Eso no es posible. A partir de ahora, sólo podremos ser amigos —replicó ella.

—No me das opciones y no me explicas por qué.

Ella guardó silencio, pero al notar la mirada suplicante de él, añadió con delicadeza:

—Debes seguir con tu vida. Una novia, quizás.

—Tú eres mi novia. Nunca he estado con ninguna otra y no deseo a nadie más —respondió él, tomándole el rostro y mirándola a los ojos. Luego añadió—: ¿De dónde te vienen estas ideas tan absurdas?

—De la responsabilidad —contestó ella, manteniendo su postura con firmeza.

—Las responsabilidades o el dinero siempre son buenos pretextos, pero te pido que no me engañes. Dime la verdad.

—No es una cuestión de dinero —dijo bajando la mirada—. He tomado una decisión: voy a casarme con el doctor Fernando Alhama… y no voy a cambiarla.

—¿Vas a casarte? ¡Maldita sea! —exclamó Mateo, con rabia contenida.

—Por favor, no te enfades conmigo. Son cosas que están destinadas a ocurrir —añadió, como si el destino fuera el culpable de la situación y del peso que oprimía su corazón.

—¡Maldita sea! —repitió él, mirando al techo, como si pidiera ayuda a un Dios en el que no creía. Luego la miró y sintió que se había convertido en un hombre diferente al de pocos minutos antes.

—Esta ruptura me duele tanto como a ti. Créeme, por favor —suplicó Paula. Entonces se abrazaron con fuerza y se besaron por última vez con pasión.

Mateo intentó recomponerse. Debía mirar hacia el futuro sin dejarse abrumar por el presente ni por el pasado. Cambió de tema e intentó forzar los celos de Paula:

—He visto a Angelines hace unos días. Ya te hablé de ella… sigue viviendo aquí, en Córdoba. No ha cambiado demasiado. Creo que le gusto. Armando siempre ha estado enamorado de ella —añadió Mateo con tono neutro.

Aunque su intención era despertar celos en Paula, consiguió lo contrario:

—Es una excelente oportunidad —respondió con aparente naturalidad—. Adelante. Si de verdad te gusta, no la dejes escapar.

Mateo se vistió con calma. Se abotonó la camisa y dijo:

—Para evitar un conflicto con Armando, siempre mantuve cierta distancia con Angelines, pero quizás ha llegado el momento de conocerla mejor.

—Ten cuidado con Armando. No te enfrentes a él —le advirtió ella.

—¡Bah! No me preocupa mi primo. Lo que realmente me inquieta es que la maldición de las cuadras de La Quintana me haya alcanzado.

—¿Por qué dices eso?

—Porque dejé de cuidar a los caballos y me vine a Córdoba a estudiar. Los abandoné y, tal vez, por eso ahora me abandonas tú.

—Eso no tiene nada que ver contigo. Tú siempre cuidaste de los caballos.

—Es cierto. Les dediqué años de mi vida. Por lo tanto, merezco una recompensa acorde a ello: cásate conmigo, Paula.

Ella terminó de abrocharse el último botón del vestido, lo miró a los ojos y respondió:

—La maldición de las cuadras de La Quintana no tiene nada que ver, Mateo. No puedo casarme contigo. He tomado otra decisión porque es... parte de la vida.

—Me gustaría conocer al hombre que te aparta de mí.

—Te lo presentaré en algún momento.

—Si no me agrada, te lo diré.

—Te caerá bien. Es un hombre bondadoso, educado, inteligente y culto.

Esa noche, Mateo no pudo conciliar el sueño mientras reflexionaba sobre las decisiones que debía tomar en su vida.

Una voz interna le sugería olvidarse de Paula y cultivar una relación con Angelines, pero le atormentaba la idea de no poder amar a Paula ni comunicarse con ella con la confianza de siempre.

Se sentía desorientado, sin rumbo, como si estuviera atrapado en un laberinto sin salida que le robaba la tranquilidad.

«Es parte de la vida…». Aquellas palabras de Paula, pronunciadas esa misma tarde, no dejaban de resonar en su cabeza.

También recordaba el consejo de su padre: nunca debía arriesgar lo que no estaba dispuesto a perder.

De algún modo, lo había ignorado al apostar por su futuro junto a Paula.

Ahora era evidente que había jugado y perdido; no había vuelta atrás.