Capítulo 50. Ideas claras
Habían transcurrido seis meses desde que el doctor Alhama aceptó el puesto provisional en el consultorio del pueblo cercano a La Quintana. Lo que en un principio iba a ser apenas un cambio de aires terminó convirtiéndose en una etapa de inesperada tranquilidad.
Durante aquel tiempo, las visitas de don Fernando a La Quintana dejaron de parecer casuales; Paula se había convertido en una presencia constante en sus pensamientos.
Sin embargo, aquella rutina estaba a punto de terminar. El día anterior le habían comunicado que el nuevo médico titular llegaría la semana siguiente. Desde entonces, una inquietud persistente lo acompañaba.
Sentado a la mesa del escritorio, el doctor escuchó a su hermana mientras ordenaba unos frascos en el armario de medicamentos:
—Parece mentira que ya hayan pasado seis meses desde que llegamos al pueblo.
Fernando levantó la vista de la carta que había releído varias veces aquella mañana.
—Sabíamos que esto no duraría mucho.
—Sí. Un simple cambio de aires —replicó ella, con una leve sonrisa irónica—. Dejaste el Hospital Provincial convencido de que volveríamos en unas semanas.
El doctor guardó la carta en el cajón.
—Supongo que necesitaba alejarme de todo aquello durante un tiempo.
Manuela cerró el armario y se volvió hacia él.
—Y acercarte a Paula.
Fernando esbozó una leve sonrisa.
—Puede ser.
—Pues no te ha ido mal. Desde que llegamos pareces otro.
El médico guardó silencio unos segundos. Afuera se oían voces y el ruido lejano de un carro cruzando la plaza.
—Con ella me siento más tranquilo —admitió al fin.
Manuela terminó de ordenar los frascos y echó la llave del armario.
—Fernando, ¿cierro ya la consulta?
Él consultó el reloj y asintió:
—Sí, ya puedes cerrar.
El doctor se levantó del escritorio, se quitó la bata blanca y se la entregó a su hermana junto con las llaves.
—Paula y yo todavía nos estamos conociendo, pero hay algo que tengo claro. Cuando estoy con ella, todo parece más sencillo.
Manuela colgó la bata en el perchero y lo observó unos segundos antes de aconsejar:
—Entonces háblale con sinceridad.
—¿A qué te refieres? —preguntó él, frunciendo ligeramente el ceño.
—Me refiero a si estás pensando en algo más serio con ella.
Él tardó unos segundos en responder.
—No lo sé… Pensaba que tendríamos más tiempo, pero ahora, con nuestro inminente regreso a Córdoba…
—¿Te preocupa algo?
—A veces pienso que soy demasiado mayor para ella.
—Eso no importa, Fernando.
El doctor asintió en silencio, tomó el sombrero y salió a la calle.
Manuela lo observó desde la ventana de la sala de espera mientras se detenía frente al consultorio a saludar a uno de los vecinos. Desde que habían llegado al pueblo, lo notaba distinto: más cercano, más alegre.
Lo siguió con la mirada hasta verlo desaparecer al otro lado de la plaza. Luego cerró la ventana lentamente y corrió las cortinas blancas.
Cuando don Fernando llegó a La Quintana, Paula salió a recibirlo con una sonrisa que iluminó su rostro.
—Quería hablar contigo con tranquilidad —dijo el doctor.
Por el tono de su voz, Paula comprendió que aquella visita no era un simple gesto de cortesía.
—Si te parece bien, podemos sentarnos allí —propuso ella, abandonando por primera vez el trato formal entre ambos, mientras señalaba el banco de piedra junto a la fachada lateral.
Era el mismo banco donde, años atrás, solía encontrarse con Mateo.
Fernando reparó entonces en las botas de montar.
—¿Ibas a salir a cabalgar?
—Sí. Aprovecho cuando Facundo puede acompañarme. Mi madre no quiere que vaya sola. Todavía cree en las supersticiones del cortijo.
Fernando la observó con cierta preocupación.
—Por lo que he oído, sabes manejarte bien a caballo.
—Llevo montando desde niña. No tienes que preocuparte.
El doctor guardó silencio unos segundos antes de cambiar de tema.
—¿Nunca has pensado en ejercer como abogado?
—He preferido ayudar a mi madre en el cortijo.
Desde la ventana abierta del primer piso, Lola observaba a la pareja sin apartarse de las cortinas. No alcanzaba a escuchar la conversación, pero la forma en que él la miraba bastaba para despertar sus sospechas.
Sonrió para sí. Hacía mucho tiempo que no veía aquella expresión en el rostro de su hija.
—Te entiendo —dijo Fernando.
Paula volvió la mirada hacia él.
—¿Y qué es exactamente lo que entiendes?
—Que este lugar forma parte de ti. Los caballos, las tierras... todo esto... —dudó él un instante antes de continuar—. Pero también quiero que sepas que, desde hace tiempo, ya no puedo pensar en este lugar sin que me recuerde a ti.
Fernando hizo una pausa y la observó de soslayo.
Paula sostuvo su mirada unos segundos.
—¿Qué quieres decirme, Fernando?
Él respiró hondo antes de responder.
—Mi estancia en el pueblo termina la próxima semana. Debo regresar a Córdoba y volver a mi puesto en el hospital —explicó con serenidad. Luego, tras un breve silencio, añadió con firmeza—. Y no quiero marcharme sin ti.
Paula sintió un vuelco en el corazón. Apenas logró contener un gesto de sorpresa:
—Ah...
Fernando sostuvo su mirada unos instantes antes de añadir, con convicción:
—Quiero que vengas conmigo a Córdoba.
—Pero... —titubeó Paula unos instantes.
—Quiero que seas mi esposa —declaró él.
Ella no fue capaz de responder de inmediato. Bajó la vista hacia sus manos y después hacia los campos que rodeaban La Quintana.
—¿Irme de aquí…? —murmuró casi para sí misma—. No sé cómo se lo tomará mi madre.
Volvió a mirarlo. Entonces sonrió apenas y dijo:
—Pero sí, Fernando. Quiero casarme contigo.
Paula sintió que le faltaba el aire por un instante. Todo aquello que durante años había parecido imposible empezaba, de pronto, a volverse real. En ese momento, todo lo demás dejó de importar.
Alzó levemente la cabeza, como si esperara escuchar algún sonido procedente de las cuadras. Pero alrededor de La Quintana sólo encontró silencio.