Capítulo 49. Fuerza sanadora
Después de hacer algunas compras en el pueblo, Paula llegó a La Quintana.
No se dio cuenta de que había visitas, ya que entró por la puerta lateral de la casa y no pudo ver el carruaje ni al cochero que aguardaba en la entrada principal.
Buscó a su madre y, al no encontrarla, supuso que habría salido a dar su habitual paseo matutino; aprovechó entonces la ocasión para salir a montar a su caballo favorito.
Necesitaba distraerse de su decepcionante experiencia en Córdoba con el doctor Alhama.
Subió a su habitación, se vistió adecuadamente y luego se dirigió a los establos.
Ella misma ensilló su caballo y salió a cabalgar.
Aunque su madre le insistía en que siempre fuera acompañada de Facundo, aquel día ignoró sus recomendaciones y salió sola.
Desde el amplio ventanal de la cocina, mientras preparaba el almuerzo, Amelia observó a Paula cabalgar en sentido opuesto al que habían tomado Lola y los Alhama un rato antes.
Se dirigía hacia los olivares, atravesando los campos de higueras que, en aquella época del año, estaban repletos de higos maduros.
Paula animó al caballo a aumentar el trote por las tierras de la franja sur de La Quintana, su lugar predilecto para montar.
Sentía que allí, su caballo y ella, se fundían con la naturaleza de un modo tan perfecto que no lo encontraría en ningún otro rincón del mundo.
Incluso percibía la fuerza sanadora de la que Mateo solía hablarle.
Concluyó que las tierras de La Quintana y su caballo formaban el binomio perfecto para proporcionarle una vitalidad incomparable con la que enfrentarse a cuanto le aguardaba.
Se desvió en el primer cruce de caminos hacia las dehesas viejas y cabalgó hasta que las ramas bajas de los árboles y la densidad del bosque le impidieron avanzar. Entonces dio media vuelta y regresó a casa; quería llegar antes de que su madre notara su ausencia.
El sol se elevaba lentamente. El tiempo transcurría a un ritmo inusual y, en su mente, persistía el recuerdo de Mateo. Sabía, por Amelia, que él estaba centrado en su nuevo empleo en un prestigioso bufete de Córdoba y que sus asuntos profesionales marchaban bien.
El caballo parecía captar sus pensamientos y, ante la duda sobre si debía aceptar la propuesta de matrimonio de Mateo, movió la cabeza y relinchó. Paula sonrió y le respondió en voz alta: «Cállate. ¿Qué sabrás tú?».
En ese momento decidió esperar hasta cumplir veinticuatro años.
Esa sería la señal de que su sueño de casarse a los veintitrés con el doctor Alhama no era una premonición certera, sino un simple sueño.
Si ese fuera el caso, el mismo día de su vigésimo cuarto cumpleaños le diría a Mateo que aceptaba su propuesta de matrimonio.
De regreso a los establos, el caballo relinchó en varias ocasiones, como advirtiéndole que la señal que esperaba estaba a punto de revelarse.
Paula no comprendió el mensaje hasta que se acercó a las cuadras y vio a su madre acompañada de los hermanos Alhama.
Por suerte, ninguno de los tres la había visto.
Descendió del caballo, lo condujo a su compartimento y, antes de salir, le preguntó al equino qué debía hacer respecto al doctor.
El caballo no reaccionó, pero su expresión reflejaba el mismo desconcierto que ella sentía, así que optó por evitar el encuentro con los Alhama y salió por la puerta trasera en dirección a la entrada lateral de la cocina.
Amelia la esperaba y, al verla entrar, le advirtió:
—Apresúrate, Paula. Ve a arreglarte. Tu madre te busca. El doctor Alhama y su hermana han llegado de visita.
—Gracias por no delatarme. Ve y dile a mi madre que me uniré a ellos enseguida —respondió, dirigiéndose rápidamente a su habitación para cambiarse de ropa.
Entonces Paula intuyó el verdadero motivo de la visita de don Fernando Alhama. Aquella idea la inquietó.
En el salón, Amelia comunicó que Paula no tardaría en llegar. Lola asintió mientras atendía a sus invitados y servía vasos de limonada de la jarra. Conversaron sobre temas triviales y, al notar que Paula se demoraba, Lola se excusó:
—Disculpadme un momento. Voy a buscar a Paula. Vuelvo enseguida.
Lola podría haber enviado a Amelia en busca de Paula, pero intuía que aquel retraso era deliberado. Subió a la planta superior. La puerta del dormitorio estaba abierta; entró sin solicitar permiso y le dijo a su hija con tono severo:
—Los Alhama están esperando para saludarte. ¿Qué te pasa?
Tras la incómoda experiencia que había tenido en la capital, tras su encuentro con ellos, Paula intentó evitar una situación similar y dijo con determinación:
—Lo sé. Pero no quiero verlos.
—¿Qué significa eso? —preguntó Lola con tono de reprobación.
Paula evitó mirarla mientras se calzaba los zapatos.
—No estoy obligada a recibir visitas.
—Desde que eras una niña hablabas de él constantemente —replicó Lola—. Y ahora te escondes.
Paula tardó unos segundos en responder.
—No me escondo.
—Siempre creí que querías casarte con él. Eso es lo que decías.
—¿Casarme con él? No lo creo; no lo conozco. ¿Te ha hablado de mí?
—Ha pedido verte para saludarte. Así que, aunque sólo sea por educación, deberías bajar y hablar con él —dijo Lola mientras seleccionaba un vestido discreto del armario para su hija—.
Ponte este. Te esperamos en el salón. No te demores y camina con naturalidad y elegancia, como te enseñó doña Bárbara.
Paula obedeció y, minutos después, tras vestirse, peinarse y aplicarse un poco de color en las mejillas y los labios, volvió a sentirse dueña de sí misma.
Aunque era mucho más joven que el doctor, tenía un título de abogado y era la futura propietaria de La Quintana.
Dejó de sentirse en desventaja frente a él.
En cuanto vio a Paula entrar en el salón, don Fernando se levantó, se acercó a ella y la saludó con una sutil sonrisa. Luego, los cuatro se sumieron en una amena y distendida conversación.
Manuela apenas intervenía. Miraba a su hermano, sentado frente a ella, tratando de adivinar qué sentía al estar cerca de Paula.
Aunque lo conocía bien, no pudo llegar a una conclusión clara.
Sus gestos y su actitud no eran reveladores por sí solos.
Tampoco Paula mostraba ningún interés particular por él. La oyó decir con entusiasmo:
—La semana pasada nació un potro pura sangre de origen inglés. ¿Les gustaría verlo?
Antes de que los hermanos Alhama pudieran responder, Lola intervino:
—Claro. Vayan a verlo. Paula, coge las sombrillas.
Los tres se dirigieron a los establos.
Lola se acercó a mirar por la ventana del salón y le dijo a la sirvienta:
—Ven a verlos, Amelia.
—¿Qué quieres que vea?
—Creo que el doctor Alhama y Paula forman una pareja estupenda. ¿No te parece?
—Eso parece —convino Amelia.
Paula y Manuela caminaban con sus sombrillas desplegadas para resguardarse del sol.
Aquella imagen idílica evocó en Lola un día de mayo, hacía cuarenta y cuatro años.
En aquel entonces, ella ocupaba el lugar de Manuela y se dirigía a los mismos establos, acompañando a Carmen De la Fuente y a don Antoni Anglada, quien había llegado de Mallorca para fijar la fecha de su boda con Carmen.
Le pareció escuchar la suave voz de doña Bárbara resonando en su mente: «La historia tiene una curiosa manera de repetirse».
Lola siempre había respetado y temido las leyendas de La Quintana. Sostenía que la maldición que emanaba de las cuadras había sido la responsable de la muerte de Carmen, por lo que el nacimiento de cada nuevo potro la ponía en alerta. Y aquel pura sangre recién nacido no fue la excepción.
Al llegar a los establos, Paula apartó la manta que cubría al potro para que pudieran verlo mejor.
Mientras Manuela admiraba el animal, Paula notó que el doctor apenas había pronunciado palabra desde que entraron.
—Debe de parecerle aburrida esta visita, doctor —comentó ella.
—En absoluto.
—¿Qué opina del potro?
—No soy entendido en caballos, pero me parece que tiene buen porte —observó el doctor.
—Eso dice Facundo —respondió Paula—. Yo aún no sé si será tan extraordinario como todos creen. Lo iremos viendo.
Don Fernando sonrió levemente antes de añadir:
—Empiezo a comprender por qué su madre habla de usted con tanto orgullo.
Paula percibió algo extraño en la manera en que la miraba al decir aquello y desvió la vista hacia el potro.
—Mi madre tiende a exagerar —respondió Paula y sintió un leve estremecimiento al saber que el doctor había estado hablando de ella con su madre. Entonces volvió a mirar al potro sin añadir nada más.
En ese momento llegó Lola, y los Alhama aprovecharon para despedirse. Era poco antes del mediodía. El sol había alcanzado su máxima altura y el calor de agosto se hacía evidente a su alrededor.
Mientras el carruaje de sus visitantes se alejaba, Lola le dijo a su hija en tono severo:
—No me engañas. Hoy has salido a montar a caballo sola. Ya sabes lo que opino al respecto.
—No te preocupes. Las leyendas y maldiciones de La Quintana no se repetirán conmigo. No lo permitiré —afirmó Paula.