Capítulo 48. Aliento de esperanza
Para llegar a La Quintana, don Fernando y Manuela contrataron un carruaje con cochero.
Durante el trayecto, a través de los caminos rurales de la campiña sur cordobesa, el canto de los pájaros entraba a ráfagas por la ventanilla, entrecortado por el traqueteo del carruaje y los cascos de los caballos.
Al llegar al cortijo, Amelia, la sirvienta, los recibió en la entrada principal y, en cuanto se identificaron, los invitó a pasar al salón. Luego se dirigió a informar a Lola de la llegada de sus visitantes.
Apenas un par de minutos después, Lola saludó con una sonrisa sincera:
—Doctor Alhama, ¡qué sorpresa! Me alegra mucho volver a verlo.
—Buenos días, Lola. Mi hermana Manuela y yo nos hemos atrevido a presentarnos sin previo aviso. Esperamos no molestarla —se disculpó él.
—No es molestia. Al contrario, es un placer para mí, doctor —respondió Lola y, tras saludar a Manuela, preguntó—: ¿Qué les trae por aquí?
—El campo es un buen lugar para disfrutar de aquello de lo que carecemos en la ciudad —respondió él.
—Eso es cierto —convino Lola y, siguiendo su natural cortesía, ofreció—: ¿Desean tomar algo?
—Mejor más tarde. Ahora, si nos lo permite, daríamos un paseo por los alrededores antes de que haga más calor —propuso Manuela.
—Por supuesto. Es la mejor hora para pasear. Les acompañaré y les mostraré la laguna —comentó Lola, sin sospechar el verdadero motivo de la visita del doctor Alhama.
Era un día agradable y soleado. La luz de la mañana era tan clara que el camino hacia la laguna le parecía a Lola más nítido y largo que en otras ocasiones.
—Lamento que hayamos perdido el contacto, doctor. Cuando usted se marchó, no nos dejó su dirección en Córdoba —dijo Lola.
—Lo siento, se me escapó ese detalle. Pero Paula sí la conoce. El mes pasado coincidimos con ella frente a nuestra casa —comentó Manuela.
—¡Ah! Tal vez se olvidó de mencionármelo —respondió Lola, aunque tenía la sensación de que Paula evitaba hablar con ella de ciertos asuntos, especialmente de Mateo.
Al llegar al borde de la laguna, se detuvieron para contemplar la belleza del paisaje.
Impresionado, el doctor parpadeó varias veces, como si estuviera viviendo un hermoso sueño.
Observaba la superficie del agua vibrar levemente con el aleteo de las aves.
Cerró los ojos y, en ese instante, notó que la tensión en el pecho se le aflojaba por primera vez en semanas.
El aire de la laguna entraba sin resistencia, sin ese peso habitual que lo acompañaba en la ciudad.
Había algo en aquel silencio y en el aire limpio que le resultaba extrañamente reconfortante.
Manuela le dio a su hermano un suave toque en el hombro; entonces, él abrió los ojos y reanudaron el camino por el sendero que bordeaba la laguna.
—Don Fernando, ¿cómo le ha ido en la ciudad desde que se marchó? —preguntó Lola.
Manuela se mantuvo a cierta distancia para que pudieran hablar en privado.
—Bien. Trabajo en el Hospital Provincial y vivo con mi hermana.
—Aquí, en el pueblo, el médico que le sustituyó está a punto de retirarse; pronto tendremos a otro.
Mientras regresaban a la casa, a don Fernando volvió a rondarle la idea de dejar el hospital.
Podría sustituir temporalmente al médico del pueblo.
Ya había pensado tratar el tema con su superior y amigo, el doctor Heliodoro Ramos; pero allí, en La Quintana, con el nombre de Paula flotando en su mente, aquella posibilidad empezaba a perfilarse en un objetivo concreto, aunque debía pensarlo con detenimiento. Era pronto aún para tomar una decisión.
Cuando estaban a punto de entrar en la casa, don Fernando le preguntó a Lola con interés:
—¿Cree que será posible saludar a Paula?
Antes de responder, Lola le dirigió una mirada suspicaz:
—Por supuesto. Paula ha ido al pueblo, pero ya debería estar de vuelta.
—Entonces, si le parece bien, la saludaremos. Sería una descortesía por nuestra parte no hacerlo —comentó el doctor, mientras sentía crecer en él la esperanza de volver a verla.
Manuela no se pronunció, salvo para aceptar, al entrar en la casa, la bebida que su hermano y ella habían rechazado al llegar.