Los Herederos de Son Carvall (La saga de los Anglada 2) Capítulo 47. Premonición infantil
35%

Capítulo 47. Premonición infantil

Don Fernando recibió la autorización en el hospital para disfrutar de unos días de vacaciones. Planeó iniciar el viaje al sur de la provincia de Córdoba al día siguiente. Cuando informó a su hermana de que debía preparar el equipaje para ambos, ella mostró a la vez sorpresa y una alegría contenida:

—¿Mañana partimos de viaje? Estas prisas son una locura, Fernando. ¿Por qué no me avisaste con más tiempo? Tengo muchas cosas que hacer.

—Acabo de enterarme de que me han concedido los días de vacaciones. ¿Qué cosas tienes pendientes que no puedan esperar a nuestro regreso? Sólo estaremos fuera de casa una semana.

—Tienes razón. Estoy lista para acompañarte.

Faltaría más. Nos vendrá bien un cambio de aires —respondió ella con ilusión, como si hubiera estado esperando unas vacaciones durante años.

Había pasado mucho tiempo cuidando a sus padres enfermos y deseaba salir de casa, distraerse y conocer otros lugares.

—No te agobies. Tienes todo el día para preparar el equipaje —aconsejó él.

Manuela asintió y se dirigió a su dormitorio para seleccionar con cuidado la ropa y el calzado que metería en la maleta.

Aunque no pertenecía a la nobleza andaluza, formaba parte de las clases acomodadas, por lo que eligió con esmero, pues siempre procuraba vestir con discreta elegancia y le agradaba que se la reconociera como la hermana del doctor Fernando Alhama Alonso, licenciado en Medicina en la Universidad Central de Madrid.

—¿Necesitas que te ayude? —preguntó él en voz alta antes de acomodarse en la butaca del salón.

—No es necesario —respondió Manuela.

El doctor observó a su alrededor. Todo estaba limpio, ordenado y en perfecto estado. Hacía tiempo que no contemplaba aquella estancia con una sensación semejante a la calma. Sonrió con ligera satisfacción mientras escuchaba los pasos de su hermana en el pasillo y la oyó preguntar:

—¿Por qué sonríes?

Era la primera vez que Manuela percibía una chispa de ilusión en el rostro de su hermano desde la muerte de su madre.

—Sonrío porque siento que vuelvo a encontrar el rumbo.

—¿A qué rumbo te refieres? —preguntó Manuela.

—Estoy considerando la opción que me sugeriste de volver a trabajar en un consultorio en un pueblo. ¿Qué opinas?

Manuela se acercó al aparador, cogió su abanico, lo desplegó y se dio aire con energía antes de responder con otra pregunta:

—¿Significa que deseas dejar tu puesto en el Hospital Provincial?

—En absoluto. Me refiero a un trabajo temporal de unos meses. Un simple cambio de aires, pero primero tengo que hablar con Heliodoro. No hay nada decidido.

—No sé qué decirte. No puedes plantearme esto de manera tan repentina.

—Insisto. Tú me propusiste la idea —replicó él.

—Bueno. Sí. Te lo mencioné, pero era sólo una posibilidad.

Al notar la confusión en el rostro de su hermana, el doctor aclaró:

—Te estoy diciendo que somos libres de cambiar nuestras vidas, si así lo deseamos.

—Este asunto no se puede tratar a la ligera. Piénsatelo bien y, a la vuelta del viaje, si sigues pensando igual, habla con Heliodoro. Él sabrá aconsejarte.

—Eso es lo que haré.

Manuela hizo una pausa. Sintió una leve duda aunque, finalmente, habló con determinación:

—Si decides mudarte a un pueblo, te acompañaré.

Justo antes de comenzar el viaje, Manuela se santiguó frente a la imagen de la patrona de Córdoba, Nuestra Señora de la Fuensanta Coronada, que colgaba en la pared del vestíbulo. Fernando le lanzó una mirada significativa.

—¿Por qué me miras así? Le he pedido a la Virgen que tengamos un buen viaje. Por eso me santiguo. Tú lo sabes —respondió ella, adoptando una actitud defensiva.

Don Fernando no solía rezar. Reservaba su fe para la ciencia y la medicina. La enfermedad y la muerte habían debilitado en él cualquier impulso religioso, pero optó por no entrar en discusiones. Se dedicó a cerrar la puerta de su casa y a dar instrucciones al cochero.

Un momento después, los hermanos subieron al carruaje y permanecieron en silencio durante varios minutos.

Ella se preguntaba cuáles eran las intenciones de su hermano al decidir pasar las vacaciones en el mismo pueblo donde había ejercido como médico.

La respuesta la había obtenido de la conversación del día anterior: no planeaba volver a trabajar en un consultorio cualquiera, sino en aquel en concreto.

No intentó retomar aquel tema, pues intuía la respuesta; se limitó a contemplar el paisaje por la ventanilla.

Las ruedas del carruaje levantaban, a su paso, efímeras nubes de polvo fino que quedaban suspendidas en el aire, mientras el olor a tierra seca impregnaba los caminos.

El exuberante paisaje se extendía hacia el horizonte y la ciudad de Córdoba iba quedando atrás, difusa, como si se desvaneciera en la distancia.

El doctor Alhama se dejaba envolver por una luz cálida y desconocida que lo guiaba hacia el cortijo La Quintana. En ese instante recordó el comentario que le hizo, años atrás, Lola Montes acerca de la premonición de Paula de que algún día se casaría con él.