Capítulo 46. Viaje al sur
El doctor don Fernando Alhama caminaba de noche por las calles del centro de Córdoba hacia su casa. Tras salir de la taberna, no sólo sentía los efectos del alcohol, sino también una amarga mezcla de amor y odio hacia sí mismo. Deseaba vivir y morir al mismo tiempo.
Delante de su hermana fingía estar superando el duelo por la muerte de su madre, pero la verdad era otra. Como médico, sabía reconocer los síntomas en los demás, aunque en sí mismo no encontraba remedio para aquella ansiedad y desánimo que lo arrastraban hacia la depresión.
Durante las últimas semanas se había refugiado en el alcohol, aunque sabía que era un hábito destructivo.
Buscaba en la bebida una vía de escape a aquella amarga sensación de derrota y, sin saber por qué, la imagen de Paula volvió a su memoria, bajo el sol radiante de aquella mañana dominical, tres semanas atrás.
Un sobresalto inesperado le sacudió de nuevo el pecho, semejante al que había sentido al verla por entonces.
Era como si despertara en él un sentimiento de enamoramiento que creía olvidado desde hacía años.
Manuela, diez años menor que su hermano Fernando, no tenía ningún interés en buscar novio.
El doctor Heliodoro Ramos, compañero de Fernando en el hospital, no despertaba en ella el menor atractivo.
Hasta entonces, la vida junto a su hermano le había parecido estable y apacible; sin embargo, en las últimas semanas había comenzado a notar un cambio en la convivencia entre ambos.
Apenas hablaban ya y habían perdido aquella complicidad silenciosa y natural que los había unido antes de la muerte de su madre.
Aquella noche, Manuela volvió a cenar sola. Después se recostó en el sofá del salón para esperar a su hermano; quería saber a qué hora regresaría y en qué estado lo haría.
Terminó adormeciéndose hasta que el sonido de una llave en la cerradura de la puerta principal la despertó sobresaltada. Miró el reloj: faltaban siete minutos para la medianoche. Desde donde estaba, vio a Fernando dirigirse a la cocina y servirse un vaso de agua.
Entonces ella se levantó, se acercó despacio y le preguntó:
—¿Te caliento la cena?
—Ya he cenado. Vete a la cama. Es tarde —respondió él, con dificultad para articular las palabras. No hablaba como un hombre ebrio, sino como un anciano fatigado tras subir una larga escalera.
—¿Qué has cenado? ¿Vasos de vino? —preguntó Manuela, en tono de reprobación.
—No tengo hambre.
—¿Dónde has estado? —insistió ella.
—Por ahí —respondió él.
—Huelo el vino en tu aliento —dijo Manuela.
—Entonces ya lo sabes —admitió él.
—¿Has estado fumando?
—Eso no.
—Apestas a tabaco —comentó ella.
—Puede ser. La gente fuma —respondió Fernando.
—Esta situación no puede prolongarse por más tiempo. Las tabernas no son apropiadas para un médico, y tu reputación puede verse arruinada en un instante.
El doctor no estaba en condiciones de mantener una conversación larga ni coherente. El reloj dio las doce. Ambos contaron en silencio las campanadas. Manuela esperó, con la respiración contenida, la respuesta de su hermano.
—Tienes razón —asintió él, en tono reflexivo.
—Buenas noches. Mañana hablaremos con más calma —dijo ella, al percibir que la conversación no daba más de sí.
Fernando avanzó con paso cauteloso hasta su dormitorio, cerró la puerta y comenzó a desnudarse con torpeza.
Al coger el pijama, se detuvo unos instantes frente al espejo del armario.
Le costó reconocerse: tenía profundas ojeras, el cabello desordenado y el rictus amargo de quien lleva demasiado tiempo siendo infeliz.
Se dejó caer en el borde del colchón con ganas de llorar.
Desde la muerte de su madre no había derramado una sola lágrima.
Y entonces lloró por ella y por algo más antiguo y profundo que ni él mismo sabía explicar.
Se cubrió la boca con la mano para que su hermana no pudiera oírlo.
Cuando, poco después, se metió en la cama, el llanto ya había cesado, pero no era por alivio, sino por cansancio.
En la habitación contigua, Manuela permanecía despierta.
Pensaba que el estado de su hermano era algo pasajero, una manifestación exagerada del duelo por la muerte de su madre, cuya larga enfermedad los había afectado a ambos mucho antes del desenlace final.
Aun así, escuchar aquel llanto ahogado le produjo una punzada de angustia.
Se preguntó cómo podría ayudarlo a salir de ese círculo vicioso que lo empujaba a refugiarse en las tabernas y en el consuelo engañoso del alcohol.
Creía que quizás le haría bien formar una familia.
Fernando ya tenía treinta y seis años; tal vez casarse y tener hijos podría devolverle el equilibrio que parecía haber perdido.
Entonces recordó el encuentro con Paula y el comentario de su hermano sobre su estancia en el pueblo, que él describía como una etapa llena de recuerdos felices.
Quizás, pensó Manuela, con aquellas palabras Fernando intentaba decir, sin admitirlo abiertamente, que nunca debió haberse marchado de allí.
También había percibido cierto interés en la mirada de Paula hacia él.
No sabía si aquella joven sería la mujer adecuada para su hermano.
Con esos pensamientos rondándole la cabeza, Manuela se acomodó entre las sábanas y, poco a poco, el cansancio terminó por vencerla.
A los pocos minutos, cayó en un sueño profundo.
Los hermanos Alhama se levantaron temprano. Manuela preparó el desayuno, le sirvió un café con leche a Fernando y, al sentarse frente a él, le preguntó sin rodeos:
—¿Dónde estuviste anoche?
—Por el centro.
—Podrías ser un poco más específico. Ya vivimos en el centro —insistió ella mientras abría el tarro de mermelada.
Hizo una pausa, lo miró a los ojos y añadió—: Cuando estés listo para mudarte a un pueblo, yo también estaré dispuesta.
Me encantaría ayudarte, conocer gente nueva y disfrutar de un entorno diferente.
—¿A qué te refieres? —inquirió él.
—Quizás ha llegado el momento de que iniciemos una nueva vida. Tú mismo le comentaste a la hija de Lola Montes que te gustaba la vida en el pueblo.
—Lo que le dije a Paula es verdad.
Manuela atajó la conversación con una pregunta directa:
—Al ver a Paula, ¿sentiste algo por ella?
—¿Qué te hace pensar que siento algo por ella? —respondió él con otra pregunta.
—No lo sé, Fernando. Al oírte mencionar lo bien que habías vivido en el pueblo, supuse... Es igual. No me hagas caso —respondió Manuela.
Él terminó de beber el último sorbo de su café con leche, se levantó, colocó la silla bajo la mesa y preguntó con interés:
—Manuela, te conozco muy bien. Nunca dices una palabra de más, así que dime qué piensas. ¿Tienes alguna sugerencia?
—No. ¿Y tú? —preguntó ella a la defensiva, dejando entrever que también lo conocía muy bien.
—Sí. Tengo una propuesta: ¿Te gustaría acompañarme al cortijo La Quintana? —preguntó Fernando con un brillo de ilusión en los ojos.
—¡Umm! No sé.
Al ver que ella no le daba una respuesta definitiva, insistió:
—¿Te gustaría venir a La Quintana, sí o no?
—Estamos de luto y tú no estás en condiciones de... En fin, déjame pensarlo —respondió ella.
Manuela se levantó y cerró la ventana para evitar que el calor de agosto entrara en la casa. Luego comenzó a lavar las tazas y los cubiertos del desayuno, mientras trataba de averiguar si Paula era el motivo de querer viajar hasta La Quintana.
—Soy consciente de que no me encuentro en mi mejor estado, ni física ni emocionalmente. Necesito cambiar antes de terminar de perderme.
Ella inspiró hondo, se giró para mirarlo a la cara y preguntó, sin rodeos:
—¿Por qué quieres ir a La Quintana?
—Está bien. Te lo diré: desde que volví a ver a Paula, no consigo quitármela de la cabeza —dijo él, y estuvo a punto de confesarle que creía estar enamorado, pero se contuvo. Escuchó a Manuela responderle:
—¿Y qué? No hay nada malo en pensar en alguien, pero planear un futuro realista en nuestra situación es distinto. Debes avanzar paso a paso y considerar lo que te afecta exclusivamente a ti.
—Explícate —dijo él.
—Primero decide qué quieres hacer con tu vida. Lo demás vendrá después.
El doctor había estado reflexionando sobre este asunto durante días, pero al escuchar la opinión de Manuela, que coincidía con la suya, asintió. Aunque visitar La Quintana y volver a ver a Paula no fuera la solución definitiva, sino una mera pausa en su estado emocional, sintió un alivio repentino.
—En eso estamos de acuerdo, pero no has respondido a mi pregunta —insistió él.
—Si deseas ir a La Quintana, te acompañaré —dijo ella mientras se secaba las manos, tras lavar los platos.
Él asintió con un gesto y comentó:
—Gracias. Solicitaré en el hospital que me concedan unos días de vacaciones y haremos un corto viaje al sur de la provincia.