Los Herederos de Son Carvall (La saga de los Anglada 2) Capítulo 45. Volver a casa
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Capítulo 45. Volver a casa

El domingo por la mañana, Paula llamó a la puerta de la residencia del doctor Alhama.

Como no había nadie en casa, decidió preguntar en la vivienda contigua.

La vecina le sugirió que se dirigiera a la plaza cercana, donde los hermanos Alhama solían escuchar a la orquesta de aficionados que tocaba música todos los domingos.

Por el camino, Paula se encontró de frente con los Alhama. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, se dirigió a don Fernando:

—Buenos días. ¿Se acuerda de mí, doctor Alhama? Mi madre es Lola Montes. Nos conocimos hace doce años.

Don Fernando dudó unos instantes, pero enseguida la reconoció.

Y en aquel momento, algo más fuerte que el recuerdo se impuso en él: una emoción íntima, difícil de precisar.

La seguridad y la belleza de Paula no sólo le sorprendieron, sino que le conmovieron con una fuerza suave e inesperada, que le alcanzó hasta lo más profundo.

Aun así, reaccionó con aparente naturalidad.

—Por supuesto. Eres Paula de La Quintana —respondió el doctor.

Se volvió entonces hacia su hermana para incluirla en la conversación.

—Manuela, ¿recuerdas que te hablé de Lola Montes? Ella me ayudó durante la epidemia de gripe en el pueblo.

—Sí, lo recuerdo —manifestó Manuela.

Él hizo una leve pausa y comentó:

—Tengo muy buenos recuerdos de aquella época. Me gustaba la vida tranquila del pueblo y la sencillez de sus habitantes.

A Manuela le llamó la atención esa última declaración cargada de nostalgia.

Intuyó que su hermano no habría cerrado su consultorio en el pueblo ni regresado a Córdoba de no haber sido por la muerte de su padre.

Era obvio que lo hizo para que su madre y ella no se quedaran solas. Luego le preguntó a Paula con interés:

—¿Vives por aquí cerca?

—Vivo en La Quintana. Precisamente, he venido a la ciudad por asuntos relacionados con el cortijo —respondió Paula.

—Nosotros acabamos de sufrir una gran pérdida —dijo Manuela, al borde de las lágrimas.

—Se refiere a nuestra madre —le aclaró el doctor a Paula, mientras rodeaba a su hermana por los hombros para consolarla.

—Les transmito mi más sincero pésame —dijo Paula.

Don Fernando asintió con gratitud y se despidió:

—Debemos irnos. Ha sido un placer volver a verte. Por favor, saluda a tu madre de mi parte.

—Lo haré —respondió Paula. Y antes de separarse, añadió, dirigiéndose al doctor—: Me sorprende que, después de más de una década, me haya reconocido. Era sólo una niña.

—No ha pasado una década —corrigió él—. Coincidimos en el hipódromo, en abril de 1916, y en la Maestranza de Sevilla, también en abril del año siguiente.

Paula asintió con un gesto de cabeza.

Don Fernando esbozó una sonrisa cordial, mientras Manuela fruncía el ceño.

Intuía que Paula no había sido completamente sincera y que, de algún modo, mostraba interés en su hermano.

Si así fuera, tal vez una joven con quien formar una familia pudiera convertirse en el estímulo que Fernando necesitaba para encontrar la felicidad.

Desde la muerte de su madre, su desánimo era evidente, aunque él procurara disimularlo.

El sol acariciaba suavemente el rostro de Paula mientras regresaba al hotel donde se alojaba.

Caminaba inmersa en sus pensamientos. No había experimentado ninguna emoción especial al encontrarse con el doctor, ni él había mostrado un interés particular en ella.

Lo interpretaba como un fracaso, pues nada había salido como lo había imaginado.

No tenía intención de compartir aquel encuentro con nadie ni siquiera con Javier.

Pensaba que, después de muchos años en los que todo le había salido bien, incluso después de haber tenido éxito en una carrera de caballos, ahora debía enfrentarse sola a este contratiempo, sin reprocharse nada, pues tampoco había hecho nada incorrecto.

Atraída por las melodías, Paula se dirigió a la plaza cercana. Se sentó en un banco de madera y se dejó llevar por el compás de la música que interpretaba la orquesta de aficionados. Frente a ella, un grupo de niños jugaba a la pelota. La música, las voces y las risas infantiles llenaban el aire.

En medio de aquel agradable ambiente, Paula respiró hondo y cerró los ojos.

Pensó en Fernando Alhama, pero la imagen que había conservado durante años se desdibujó con rapidez.

Ya no había ilusión ni herida, sólo distancia.

Dejó de buscar respuestas y sintió una extraña ligereza.

Comprendió entonces que no era rechazo lo que sentía, sino el fin de una idea.

Cuando la música terminó, abrió los ojos. Sólo sintió el deseo de volver a casa, a La Quintana.