Los Herederos de Son Carvall (La saga de los Anglada 2) Capítulo 44. Cuestión de tiempo
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Capítulo 44. Cuestión de tiempo

Paula llegó a la notaría de don Javier Merino justo antes de que cerrara. El notario se sorprendió al verla, ya que no la esperaba.

—¡Buenos días! ¿Cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que nos vimos? ¿Cuatro meses?

—Hola, Javier. Sí, desde Pascua —confirmó ella.

—Mi padre me mencionó que ya tienes el título de abogado. ¿Has comenzado a ejercer tu profesión?

—Aún no.

—Pensé que te unirías al mismo despacho de abogados que Mateo.

—Nunca trabajaré con Mateo —respondió ella, sonriendo—. Es tan terco como yo. No nos llevaríamos bien trabajando juntos.

—Entonces, ¿cuáles son tus planes? ¿Quieres empezar por tu cuenta? Puedo recomendarte buenos clientes, de absoluta confianza.

—No deseo ejercer como abogado. Quiero casarme.

—¿Con Mateo? —preguntó él.

—No. Con el doctor Fernando Alhama. Por eso he venido. Necesito que me ayudes.

Él tardó unos segundos en responder:

—¿Cómo puedo ayudarte?

—Debo averiguar su dirección aquí, en Córdoba, para hablar con él. Necesito verlo y saber si tengo posibilidades de casarme con él.

—Es posible que el doctor ya esté casado o que desee permanecer soltero como yo. ¿Lo has considerado?

—Sí. Por eso necesito conocerlo y que él también me conozca. ¿Puedes ayudarme?

—Es complicado —dijo él, con intención de disuadirla.

—Sé que podrías averiguar su dirección si te lo propusieras —dijo ella.

—No tengo tanta influencia como crees —respondió él.

—Si no quieres ayudarme, puedes decírmelo claramente. Entenderé que ya no te importe como antes —afirmó ella, con una tristeza que no se esforzó en ocultar.

—No hace falta que juegues a eso conmigo, Paula.

—Lo siento. No quiero ponerte en una situación comprometida.

—Y no lo harías si yo no lo quisiera —respondió don Javier, con determinación.

—Disculpa. Reconozco que en los últimos años nos hemos distanciado y hemos perdido parte de la confianza que teníamos. La universidad me ha cambiado. Ya no soy la misma persona que conociste.

—En realidad, no eres tan distinta —replicó él—. Sigues siendo la misma de siempre: inteligente y obstinada. Sabes cómo manejar las situaciones y conseguir lo que deseas, ¿no es así?

—No era mi intención aprovecharme de tu confianza al venir aquí.

—Lo mejor será que te quites esa idea de la cabeza —dijo él, tratando de contener la serenidad que la presencia de Paula siempre ponía a prueba.

—Lo encontraré: es cuestión de tiempo. Córdoba no es tan grande y no hay tantos médicos —dijo ella.

—¿De verdad estás tan interesada?

—Sí.

—Dime su nombre completo y cualquier dato que tengas. Intentaré averiguar lo que me pides, aunque no puedo prometerte nada.

—Se llama Fernando Alhama. No sé su fecha de nacimiento; creo que me lleva más de diez años. Tiene una hermana, Manuela.

—Está bien. Ahora vete y regresa en un par de días —ordenó él con expresión seria.

Esa misma tarde, don Javier utilizó sus influencias y conexiones en la ciudad para conseguir la información que Paula le había solicitado.

La obtuvo antes de lo esperado. Sin embargo, cuando tuvo las señas escritas en una hoja de papel y se dispuso a introducirla en un sobre, permaneció unos instantes observándola y dudó si debía entregársela. No estaba seguro si la ayudaría o la empujaría a un destino sin retorno.

Varios días después, don Javier le entregó a Paula la dirección del doctor.

No hizo preguntas, aunque pensó en Mateo Morales, en cómo, durante años, había asumido casi sin cuestionarlo que era la pareja más natural y adecuada para ella.

Pero ya no estaba tan seguro como antes, y prefirió no profundizar en aquel pensamiento.