Los Herederos de Son Carvall (La saga de los Anglada 2) Capítulo 43. La carrera de caballos
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Capítulo 43. La carrera de caballos

Don Ramón Merino esbozó un gesto de gratitud cuando Paula le informó de que aceptaba competir en la carrera de caballos.

Estaba convencido de que su participación como amazona podría ofrecerle la oportunidad de ganar la apuesta que había decidido hacer.

Se trataba de una suma considerable de dinero.

No se lo mencionó a su hijo Javier para no preocuparlo, ni a Paula, para evitar que sintiera el más mínimo tipo de presión.

Este evento, organizado por un amigo militar de alto rango de don Ramón, no se presentó como una carrera oficial de caballos, sino como un espectáculo ecuestre al que estaban invitados destacados miembros de la alta sociedad andaluza.

El día de la carrera, Paula llegó al "Cortijo del general" acompañada de su madre y don Ramón. El propietario salió a recibirlos vestido con su uniforme militar.

Lola y Paula observaron cómo don Ramón saludaba a los invitados con naturalidad, moviéndose entre figuras influyentes de distintos ámbitos: militar, político y económico, como si se encontrara en su propio terreno. Comprendieron la gran influencia que ejercía.

Mientras el selecto grupo de invitados se congregaba junto al anfitrión, en unas gradas dispuestas para el evento, Paula respiró profundamente para calmar su nerviosismo y se acercó a su caballo.

Era su primera carrera. Sus rivales tenían más experiencia, pero ella deseaba mostrarse serena y segura de sí misma, aunque fuera la única mujer entre los participantes.

Poco antes de que comenzara la prueba, montó en su caballo y se dirigió a la línea de salida.

Desde allí, miró hacia las gradas y dedicó un gesto de agradecimiento a don Ramón por brindarle la oportunidad de desafiar la norma que impedía a las mujeres participar en ese tipo de competiciones, algo que había deseado durante tanto tiempo.

Desde el inicio de la carrera, Paula volvió a experimentar esa conexión única con su pura sangre, que ya había sentido en múltiples ocasiones, manifestada en la perfecta sincronización entre ambos.

Los demás caballos y sus jinetes no lograron igualar esa simbiosis ni seguirles el ritmo, ya que el caballo de Paula corrió con elegancia, levantando nubes de polvo.

Al cruzar la meta en primer lugar, una intensa oleada de euforia recorrió todo su cuerpo. Nunca se había sentido tan libre.

Tras su victoria, Paula recibió cálidas muestras de felicitación y escuchó animadas conversaciones sobre las apuestas que habían resultado ganadoras entre la alta sociedad andaluza, aunque nadie mencionó las cifras exactas ni las ganancias obtenidas.

Aquellos detalles permanecían en secreto entre los participantes y dentro de los límites del cortijo.

Ni su madre ni don Ramón le revelaron cuánto dinero habían ganado, pero sus sonrisas cómplices insinuaban la confianza que habían depositado en ella y su caballo.

—Don Ramón, ¿lo he convertido en un hombre rico? —inquirió Paula, con una mezcla de curiosidad y emoción.

—Ya era rico antes de hoy, querida Paula. De lo contrario, el general no me habría invitado —contestó él, con una sonrisa de satisfacción.

El ambiente en el cortijo era agradable y festivo. Mientras los invitados disfrutaban del refrigerio ofrecido por los anfitriones, don Ramón saboreaba en su interior el éxito de su arriesgada apuesta.

Por su parte, Lola no sabía cómo manejar la emoción que había sentido al ganar la suya, aunque no fuera muy elevada.

Sólo deseaba contener discretamente la alegría del momento, pero, cuando escuchó a don Ramón decir: «Paula y su caballo se compenetran como si fueran almas gemelas», sintió que el corazón se le contraía.

Hacía años que no escuchaba a nadie hablar de ese modo sobre los caballos de La Quintana. Sólo logró calmarse al recordar que su hija le había prometido que no volvería a competir.

Paula sabía que su triunfo se debía a la perfecta compenetración con su caballo, que respondía con precisión a cada impulso suyo, fruto de meses de entrenamiento con Facundo Rojas.

Al abandonar el cortijo, Paula sintió que aquella victoria quedaba atrás con una rapidez extraña. Muy pronto volvería a ser, ante los demás, la abogado y futura heredera de La Quintana, tal como su madre deseaba.

Sin embargo, las gratas sensaciones de éxito y libertad la acompañaron durante varias horas.

Sentía que, en cierta manera, al ganar la carrera había rendido homenaje a doña Bárbara, quien había impulsado en La Quintana la cría de caballos pura sangre de origen inglés, los más veloces para las competiciones.

Mientras el carruaje se alejaba del cortijo, la emoción de la victoria fue desvaneciéndose poco a poco.

En ese silencio, una imagen lejana apareció en su mente: el doctor Fernando Alhama, años atrás, en el hipódromo junto a su hermana.

Se sentía tan audaz y segura de sí misma que decidió buscar un modo de acercarse a él.