Los Herederos de Son Carvall (La saga de los Anglada 2) Capítulo 42. Accidentada caída
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Capítulo 42. Accidentada caída

Hasta La Quintana, llegó la noticia de que doña Paloma Ibáñez, propietaria del cortijo El Zamacal, había sufrido un esguince de tobillo tras una desafortunada caída. Con la amabilidad propia de buenas vecinas, Lola y Paula decidieron visitarla y ofrecerle su apoyo en lo que necesitara.

La anfitriona las recibió con cortesía en su salón.

Vestía ropa holgada y cómoda para estar en casa, mientras permanecía sentada en el sofá con los pies apoyados sobre una silla baja, debido a que tenía las piernas hinchadas por problemas de circulación.

Aunque en los últimos años había aumentado de peso, seguía siendo elegante.

Les expresó su alegría al verlas y no tardó en manifestar su descontento con el nuevo médico, el sustituto de don Fernando Alhama, culpándole de su lenta recuperación.

Al mencionar el nombre del doctor, Paula intentó sonsacar información sobre él, con la esperanza de saber si seguía soltero, pero no obtuvo más datos de los que ya sabía.

Doña Paloma se calzó sus cómodas pantuflas, rechazó la ayuda para levantarse y, apoyándose en su bastón, dio unos pasos vacilantes hacia la ventana. Abrió la cristalera para que entrara el aire de la mañana y luego se giró hacia Paula:

—¿Has terminado tus estudios universitarios?

—Sí. Soy abogado.

El sofá crujió levemente cuando volvió a acomodarse. Le expresó a Paula su interés en contar con sus servicios legales si alguna vez los necesitara. Aprovechó también la ocasión para abordar un tema que siempre le había interesado de manera particular:

—Por cierto, quiero recordaros que si algún día decidís vender La Quintana, mi familia está interesada en comprar el cortijo. Sé que os lo he mencionado en varias ocasiones, y lamento ser tan insistente, pero estamos dispuestos a pagar el precio que corresponda al valor de la propiedad.

—Lo tendremos en cuenta, doña Paloma. Si decidimos venderlo, usted será la primera en enterarse —respondió Lola.

Doña Paloma asintió con un movimiento de cabeza, se recostó en el sofá y cerró los ojos, dando a entender que la visita había llegado a su fin. Lola y Paula comprendieron la señal y se despidieron deseándole una pronta recuperación.

Fabricio las esperaba en el pescante del carruaje, próximo a la entrada principal de la casa, para llevarlas de vuelta a La Quintana. Durante el trayecto, Lola, sentada junto a su hija, comentó:

—Doña Paloma es dura y firme como una roca. ¿Te diste cuenta de que no me permitió ayudarla a levantarse para abrir la ventana? Quería demostrar que un esguince de tobillo no la detendría.

Mientras escuchaba a su madre, Paula meditaba sobre lo complicado que sería encontrar a don Fernando Alhama en la ciudad de Córdoba. Sintió una extraña decepción; respiró hondo antes de responder:

—Tienes razón. Además, es tan poderosa que, si fuéramos vulnerables, nos arrebataría La Quintana —dijo Paula.

El carruaje avanzaba lentamente entre las dehesas bajo el sol del mediodía.

Paula apenas escuchaba a su madre. La actitud prepotente de doña Paloma le trajo a la memoria las palabras de Mateo.

Solía referirse con desprecio a ciertos aristócratas adinerados que, según decía, confundían la caridad ocasional con la verdadera equidad social.

En la universidad discutían constantemente sobre aquel asunto.

Él decía con pasión: «No se trata de ayudar de vez en cuando a quienes lo necesitan.

Es algo mucho más amplio: ¡es justicia social!

»; ella intentaba llevar la conversación hacia terrenos más prácticos y le preguntaba cómo pensaba mantener a una familia si a veces ni siquiera cobraba por su trabajo.

Entonces Mateo esbozaba una sonrisa pícara y respondía: «Siempre contaré con Paula Sureda Montes, la propietaria de La Quintana».

Paula recordó aquellas tardes en la universidad discutiendo con Mateo sobre leyes, política y pobreza. Muchas veces le llevaba la contraria simplemente porque disfrutaba discutiendo con él.

Por aquel entonces, no necesitaban ocultarse para verse, aunque ambos seguían siendo extremadamente discretos, sobre todo ante Armando.

Incluso durante el verano, al regresar al cortijo La Quintana, vivían en una especie de paréntesis interminable, como si el tiempo se alargara, esperando que algo extraordinario ocurriera para poder comenzar su vida juntos, a la vista de todos.

En varias ocasiones, Paula había respondido de manera ambigua a la propuesta de matrimonio de Mateo, y él aceptaba pacientemente esa espera, sin quejarse.

Fabricio hizo restallar suavemente las riendas.

Paula apoyó la cabeza contra el respaldo y pensó en el doctor Alhama.

Desde hacía años la acompañaba aquella idea casi absurda de que algún día él pudiera fijarse en ella.

Por lo que había comentado doña Paloma, el doctor seguía viviendo con su hermana, así que supuso que continuaba soltero.

Decidió buscarlo; necesitaba comprobar si aquel viejo sueño, de casarse con él al cumplir los veintitrés, había sido una simple fantasía infantil.

Quizás le bastaría una conversación, una mirada o un simple gesto para comprender si el doctor sentía interés por ella.

De ser así, tendría que ser honesta con Mateo. Lo sería con ambos.

Paula escuchó a su madre reanudar la conversación tras un largo silencio:

—Hay que reconocer que doña Paloma ha sido amable al mostrar interés en solicitar tus servicios como abogado.

Paula asintió con un gesto de cabeza, aunque evitó confesar que cada vez sentía menos interés por ejercer su profesión. Entonces cambió de tema:

—Por cierto, el domingo 1 de julio se celebrará una carrera de caballos. Don Ramón ha elegido mi caballo negro para la competición y necesita un jinete. Me ha pedido que participe.

—¿Hablas en serio? Las mujeres no pueden competir en las carreras de caballos como amazonas.

—Lo sé, pero algún día la sociedad cambiará y disfrutaremos de más derechos y libertades.

—¿Tú crees? —preguntó Lola.

—Sí. Debemos esforzarnos por eliminar esos obstáculos. Lo digo como abogado —añadió con una leve sonrisa—, aunque con un espíritu idealista.

—No me has respondido. ¿Participarás? —insistió Lola.

—No es un evento oficial. Es una carrera en un cortijo, organizada por un buen amigo de don Ramón. Será un acontecimiento único.

—¿Participarás? —insistió Lola, algo preocupada.

—Don Ramón cree que mi caballo es muy bueno y que triunfará.

—¡Por el amor de Dios! Si doña Bárbara estuviera viva, seguramente le quitaría a su esposo esas ideas de la cabeza.

—Precisamente, esta carrera es un homenaje a doña Bárbara, por todo lo que hizo por los caballos de La Quintana. Creo que aceptaré la propuesta.

Al recordar a doña Bárbara, Lola tuvo que tragar saliva antes de comentar:

—Su recuerdo aún me conmueve. Sin duda, ella sería la primera en asistir a la carrera para verte competir.

Ambas permanecieron en silencio durante unos segundos.

En ese momento, el primer portón de La Quintana se divisaba a lo lejos. El sol iluminaba el extenso paisaje y la vegetación de las dehesas traía ráfagas de aire aromático y fresco que suavizaban el calor del día.

—¿Vendrás a verme competir? —preguntó Paula justo antes de llegar a la casa.

—Dile a don Ramón que lo acompañaré y que haré la primera y única apuesta de mi vida.

El carruaje se detuvo frente a la puerta principal. Paula preguntó:

—¿Apostarás por mi caballo?

Antes de apearse, Lola sintió una mezcla de orgullo y temor que prefirió no analizar. Miró a su hija con serenidad y respondió:

—No apostaré por tu caballo, sino que apostaré por ti.