Capítulo 41. Señora de Son Carvall
Más de doscientas personas se congregaron en la emotiva despedida de doña Isabel María Gibert, señora de Son Carvall.
Durante el entierro, en el cementerio de Palma, su hijo, don Antoni Anglada, su nuera, doña Inmaculada Gayá, y sus dos nietos, Magdalena, de quince años, y Jaume, de once, ocuparon su lugar destacado frente al suntuoso mausoleo de la familia Anglada.
La mayoría de los asistentes, de la nobleza mallorquina, recordaban a doña Isabel como una mujer amable y generosa.
Su apoyo al Hospicio de Palma y sus donaciones a obras benéficas eran bien conocidos.
También lo era el profundo afecto que sentía por sus nietos.
Sabía cuándo ceder a los caprichos de ambos con un gesto magnánimo y cuándo mostrarse severa e inflexible.
Durante largos períodos, Magdalena y Jaume vivieron con ella en Can Anglada, por lo que asumió, además de su papel de abuela, las responsabilidades que habrían correspondido a su hijo y a su nuera.
En aquel contexto de tristeza, y mientras sus padres atendían a los asistentes, Jaume, a pesar de ser sólo un niño, absorbía los gestos de pésame y las muestras de respeto de los presentes hacia los señores de Son Carvall.
Tenía la impresión de estar aprendiendo algo importante sobre el mundo al que pertenecía.
Su abuela le había repetido que estaba destinado a ser el futuro señor de Son Carvall, de modo que algún día ocuparía el lugar de su padre.
Al salir del cementerio, cogido de la mano de su madre, Jaume observó a lo lejos lo que parecía el sepelio de una persona de condición humilde.
Ante aquella escena, se irguió instintivamente y se prometió que, cuando fuera el señor de Son Carvall y ocupara el lugar de su padre, no sólo obtendría respeto y admiración, sino que también se casaría con una mujer de su mismo estatus social, tan hermosa y elegante como su madre, a quien miraba con profunda admiración mientras se dirigían al carruaje que los aguardaba en la entrada del cementerio.
Hasta ese momento, Jaume no había sido plenamente consciente de la pérdida de su abuela. Sería un par de horas más tarde, en la soledad de su dormitorio, cuando sentiría el verdadero desamparo al no saber cómo llenar el vacío que ella había dejado.
Tras el fallecimiento de doña Isabel, don Antoni y doña Inmaculada se trasladaron de la posesión Son Carvall a la residencia de Can Anglada, con el propósito de cuidar a sus hijos.
Unos días después del sepelio, don Antoni consideró que un paseo familiar no menoscababa el luto por la muerte de su madre. Mientras su esposa y sus hijos se vestían de forma adecuada, él se ocupó de darle cuerda al reloj de péndulo colgado en la pared.
Jaume fue el primero en unirse a su padre en el salón.
Observó cómo le daba cuerda al reloj de manera apática y apresurada.
Su abuela, en cambio, siempre lo había hecho con delicadeza y paciencia.
Podría haberle explicado a su padre el método para que el reloj funcionara más días y evitar un desgaste innecesario del mecanismo, pero no tenía ganas de hablar.
Aceptaba con cierta indiferencia la nueva rutina impuesta y esperaba adaptarse lo antes posible a esta realidad de convivencia familiar.
Desvió la mirada del reloj que su padre estaba ajustando y contempló el retrato al óleo de su abuela en su juventud, donde sostenía un ramo de rosas blancas que destacaba sobre el fondo oscuro de su vestido de terciopelo.
Con una mirada perspicaz, captada hábilmente por el pintor mallorquín, su abuela lo observaba a través del lienzo, como si le insinuara que dejara de lamentar su ausencia y buscara la manera de ocupar el espacio que ella había dejado, aunque él no sabía cómo hacerlo solo.
Necesitaba a su hermana Magdalena para sobrellevar su duelo.
Ella era su amiga, su heroína y su cómplice; se entendían con sólo mirarse.
Cuando faltaban un par de minutos para las once, doña Inmaculada entró en el salón y se disculpó:
—Lamento el retraso. Ya podemos irnos.
—No te preocupes, querida. He estado dando cuerda al viejo reloj de péndulo. Ya estaba aquí cuando yo era niño —comentó don Antoni.
—¡Ah! Entonces quizás deberíamos reemplazarlo por uno más moderno.
En ese instante, con un retumbar quejumbroso, el reloj dio las campanadas de las once en punto.
Cuando cesaron los sonidos, Jaume preguntó:
—¿Magdalena no viene con nosotros?
—Ha decidido quedarse. Dice que tiene cosas que hacer —contestó doña Inmaculada, sin añadir más detalles.
Don Antoni cogió su sombrero del armario del vestíbulo y doña Inmaculada se puso los guantes de piel. A continuación, los tres comenzaron a descender las escaleras. Jaume mantenía la vista fija en la ventana del dormitorio de Magdalena.
—Si sigues mirando hacia arriba, acabarás rodando por las escaleras —le advirtió doña Inmaculada con voz firme.
El niño no replicó. Al salir a la calle desierta, sintió el frío cortante y húmedo. Caminaron unos pasos acompañados por la suave música de un piano que provenía de una de las casas vecinas.
—Estamos de luto. Quizás por eso la música me resulta incómoda —susurró doña Inmaculada a su esposo.
—Todo influye en nuestro estado de ánimo, querida. El dolor por un duelo no se desvanece fácilmente —respondió don Antoni, también en voz baja.
Jaume permanecía al margen de la conversación.
Al doblar la esquina, vio acercarse a una pareja con una niña más pequeña que él.
No los conocía personalmente, pero recordaba al matrimonio por haberlos visto en el cementerio durante el entierro de su abuela.
Eran don Sebastián Villalonga, su esposa doña Martina Sureda, y su hija Assumpta.
Se detuvieron para saludarse. Don Sebastián reiteró sus condolencias por la muerte de la señora de Son Carvall y mencionó que su tío, el doctor Ignasi Artigues, había sufrido una caída accidental, aunque pronto podría volver a caminar con normalidad.
Mientras los adultos conversaban, los niños iniciaron su propio diálogo:
—Estoy muy triste porque mi abuela murió la semana pasada —dijo Jaume.
—Yo tengo un abuelo. Se llama Pascual, pero vive en Marsella y no lo conozco. Mira, tengo una cicatriz en la muñeca, pero casi no se nota. ¿Ves? —respondió Assumpta con una tímida sonrisa.
Al acercarse, Jaume percibió el dulce aroma a caramelo de fresa que emanaba de ella. Con curiosidad, preguntó:
—¿Cómo te hiciste la cicatriz?
—Con una jirafa de cristal. Me caí, se rompió y me corté.
—¿Te compran juguetes de cristal?
—No es un juguete. Es un adorno —respondió Assumpta con complicidad.
—¿Juegas con adornos?
—Lo cogí un rato para mi colección de tesoros. No juego con juguetes de niñas pequeñas. Tengo siete años. ¿Y tú?
—Once —respondió Jaume, sintiendo un repentino orgullo por ser mayor que ella.
Los niños se despidieron al mismo tiempo que sus padres.
Aquel encuentro apenas duró unos minutos, pero ninguno de los dos imaginó entonces que volverían a encontrarse muchos años después.
Era como si el destino hubiera tejido un lazo entre ellos, aunque al mismo tiempo les abriera un amplio paréntesis antes de reencontrarse siendo adultos y, curiosamente, caminando por la misma calle en la que se habían conocido.