Capítulo 40. Un lecho de heno seco
Mateo llegó a La Quintana con el propósito de informar a Lola y a Paula sobre la conclusión de su trayectoria universitaria y la obtención de su título de abogado.
Quería celebrar aquel sueño que había comenzado años atrás, cuando, cansado de la vida de jornalero en el cortijo, anunció a sus padres que quería estudiar Derecho.
Por entonces, se prometió que, tan pronto como se convirtiera en abogado, regresaría a La Quintana con traje elegante, un corte de pelo de barbería y el orgullo de haber logrado, a pesar de las innumerables dificultades, alcanzar el éxito en sus objetivos.
Lola le ofreció una cálida bienvenida e invitó a Mateo a entrar en el salón, donde aguardaron la llegada de Paula.
Sentado frente a Lola, Mateo entrelazaba los dedos sobre las rodillas, rozando el traje de manera vacilante, como si aún no se hubiera acostumbrado a su propia apariencia.
—Te felicito por tu título universitario. Dime, Mateo, ¿cómo te sientes ahora?
—Estoy contento. Pronto comenzaré a ejercer mi profesión y será un nuevo reto para mí; pero, francamente, me siento inseguro. Me asustan las cosas que no puedo controlar —respondió Mateo con sinceridad.
—A mí me sucede lo mismo. Yo llamo destino a lo que no podemos controlar ni evitar. Pero creo que el destino nos depara muchas cosas buenas y pocas malas. Te irá muy bien. Ya lo verás —respondió Lola con voz alentadora.
—Muchas gracias.
—Soy yo quien debe agradecerte. Has tenido una influencia positiva sobre Paula y, algún día, ella también ejercerá la profesión, como tú —comentó Lola con una sonrisa de satisfacción.
—Por supuesto. Paula lo logrará.
—Me siento orgullosa de vosotros. Una educación universitaria os abrirá muchas puertas en la vida.
Paula llegó en ese instante y saludó:
—¡Hola, Mateo! No te esperaba.
Lola intervino:
—Mateo ha venido a decirnos que ya es abogado. Bueno... Ya me voy. Os dejo solos —dijo poniéndose en pie.
—¡Ah! Entonces debo darte mi enhorabuena —dijo Paula.
Al llegar a La Quintana, Mateo había pensado en recordarle a Paula aquella lejana conversación en la que le confesó su deseo de compartir con ella un café cuando fuera abogado; pero, al final, desistió de hacerlo.
—Gracias. ¿Quieres que vayamos a dar un paseo? —preguntó Mateo.
—¿Un paseo? A mí no me engañas. Has venido a restregarme que ya has terminado la carrera mientras yo sigo estudiando —dijo ella con un tono arrogante.
Paula era consciente del esfuerzo que le suponían los estudios para poder superar a Mateo. Deseaba sobresalir y obtener mejores resultados que él.
—¿Por qué piensas eso?
—¿Crees que soy tonta? Te conozco muy bien —respondió levantándose, y añadió—: Quiero celebrar tu éxito contigo.
—No te entiendo —dijo él.
—Mamá, voy a salir a dar un paseo con Mateo —anunció Paula alzando la voz para que su madre la oyera.
—Está bien —contestó Lola desde la sala contigua.
Salieron de la casa y se dirigieron hacia los establos. Mateo caminaba incómodo con los zapatos recién estrenados y su traje nuevo, como si aquella ropa no le perteneciera del todo.
Paula avanzaba a su lado en silencio. Al llegar al interior del establo, el olor a heno seco, cuero y animales les envolvió de inmediato. Era un olor familiar, casi antiguo, que parecía devolverlos a otros tiempos.
Se detuvieron junto a los pesebres y guardaron silencio durante unos segundos. Paula fue la primera en romperlo:
—Bésame, Mateo.
Él la miró sorprendido, sin responder de inmediato.
Dio un paso hacia ella y la besó. Permanecieron abrazados durante unos instantes.
Fue un beso intenso, en el que se borró todo lo demás.
Poco después, se dejaron caer sobre el heno.
Allí tendidos, sobre un lecho de heno seco y envueltos por el silencio del establo, el resto del mundo dejó de existir para ellos.
Paula sintió el reconfortante calor del cuerpo de Mateo y la ternura con la que la abrazaba y la besaba.
Lo miró a los ojos, consciente de que no amaba al abogado, sino al hombre bondadoso y honesto que había conocido cuando era niño.
Por eso lo había conducido hasta aquel lugar, donde había comenzado su historia, entre los caballos de La Quintana.
Bajo la luz que se filtraba a través de una de las ventanas del establo, Mateo contempló el brillo de los ojos color miel de Paula y la intensidad de su mirada. Se dejó llevar por la pasión que los envolvía.
Cuando se separaron, permanecieron tendidos uno al lado del otro. Mateo la observó en silencio. Sentía una extraña mezcla de alegría y desasosiego; la acarició en el hombro y, después de unos segundos, habló midiendo cada palabra:
—Ya tengo trabajo en un bufete de abogados en Córdoba. Empezaré pronto… y podré ganarme la vida —guardó silencio unos segundos. La miró directamente y añadió—: He pensado mucho en nuestro futuro ¿Quieres casarte conmigo?
Ella le respondió con convicción:
—No, Mateo. Debo terminar mis estudios. Aún no es el momento.
Él bajó la mirada y no insistió. Tal vez había errado al suponer que, por tener un título universitario, se elevaría en la escala social y podría establecer una relación formal con Paula, casarse con ella y planificar un futuro juntos. Entonces reculó, sin enojarse:
—Está bien, más adelante. Tomemos las cosas con calma.
—Sí —dijo ella—, con mucha calma.
Hubo un breve silencio. Luego se vistieron.
—Lo siento. No era mi intención presionarte.
—No seas tonto. ¿Es que no me conoces? No me he sentido presionada —respondió ella sin mirarlo.
—Mientras tú quieras, seguiré esperándote.
A pesar de su promesa, era consciente de que la vida era breve y no quería desperdiciarla. No olvidaba que, un año atrás, su padre había fallecido de un infarto fulminante, mientras él cursaba sus estudios en la universidad; ni siquiera tuvo la oportunidad de despedirse.
Salieron de los establos cogidos de la mano y se dirigieron a la laguna.
El sendero estaba en calma. Al llegar a la orilla, una bandada de pájaros cruzó el agua verdosa, y el batir de sus alas rompió el silencio.
Mateo los siguió con la mirada, lamentando haberle propuesto matrimonio de manera tan inesperada; se sentía como un niño perdido en un mundo de fantasía.
Mientras regresaban, la mano de Paula seguía en la suya, aunque le pareció más ligera, como si pudiera soltarse en cualquier momento.
Escucharon el ulular de una lechuza cercana. Unos instantes después la vieron posada en la rama de un árbol al borde del camino, observándolos fijamente con sus grandes ojos. Paula sintió una inquietante sensación; apretó con fuerza la mano de Mateo y susurró:
—Vámonos de aquí. Deprisa.
Ambos aceleraron el paso.
Esa noche, Mateo no mostró interés en la cena. Amelia lo miró con preocupación:
—¿Qué te sucede, hijo?
—Nada importante —respondió él, aunque su pensamiento estaba lejos.
—Comprendo que no me lo cuentes todo, pero presiento que tiene que ver con Paula, ¿verdad?
—Sí, madre. Está relacionado con ella —confesó.
No se atrevió a decirle que le había pedido matrimonio a Paula y que ella había rechazado su propuesta. Se sirvió un vaso de agua de la jarra y bebió un sorbo, como si intentara calmar el nudo de angustia que desde hacía rato le oprimía la garganta.
—Lo mejor será que te vayas a dormir. Mañana verás las cosas con más optimismo —sugirió Amelia.
—No necesito dormir. Ya sé lo que va a pasar. He escuchado el lamento de una lechuza en el sendero de la laguna, como un canto de advertencia.
—No des demasiada importancia a las supersticiones o te volverás loco. Mantente alejado de La Quintana. Regresa a la capital y comienza tu nuevo trabajo. ¿Me harás caso?
—Sí, madre.
—Quiero que sepas que estoy muy orgullosa de ti. ¡Ojalá tu padre hubiera podido verte convertido en abogado! —dijo Amelia con voz emocionada. Luego se levantó, se acercó a su único hijo y le dio un beso en la mejilla.
En ese instante percibió el aroma de una colonia femenina y comprendió lo que había sucedido entre los jóvenes.
Durante un instante más prolongado de lo habitual, miró a su hijo en silencio, con una tristeza que no supo explicar. Luego le dio las buenas noches, antes de retirarse a su dormitorio.
Lo dejó en el salón, pensativo.