Capítulo 39. Corrida de toros
Poco después de la Feria de Sevilla, la Cruz Roja organizó una nueva corrida de toros en La Maestranza. La expectación era enorme, pues en el cartel figuraban Joselito, Rafael El Gallo y Juan Belmonte.
Lola preparó con entusiasmo el viaje de Córdoba a Sevilla para sus hijas, su yerno y ella misma.
Media hora antes de que comenzara la corrida, Lola y su familia se acomodaron en el tendido. Sumidos en un ambiente vibrante, los músicos de la banda ensayaban mientras los areneros acondicionaban y marcaban las líneas de la plaza.
—Con tanta gente que hay, tenemos suerte de poder sentarnos los cuatro juntos —dijo Lola.
—¿Don Ramón no se sienta con nosotros? —preguntó Paula.
—No pudo y lo lamento, después de haber sido tan amable de comprarnos las entradas. Pero no estará solo; le acompaña su hijo.
Desde que salió de casa, Paula estaba de mal humor por verse obligada a asistir a la corrida, pero su animó mejoró al saber que don Javier asistiría con su padre. La mera cercanía del joven notario parecía reconfortarla.
A las seis y media, el presidente del festejo levantó su pañuelo desde el balcón.
Fue la señal que llegó al patio de cuadrillas e indicó al portero que debía cerrar el portón con el tradicional “cerrojazo”, mientras la banda de música interpretaba el famoso pasodoble “Plaza de la Maestranza”, animando el ambiente primaveral.
—Observa. Los que están al frente son los alguacilillos. Siempre son los primeros en entrar al ruedo —comentó Lola a su hija menor, mientras éstos solicitaban autorización al presidente y encabezaban el paseíllo, que se extendía desde el patio de cuadrillas hasta el palco presidencial.
Desde su posición inferior, los toreros saludaron a las autoridades.
—¿Sólo hay tres toreros? —preguntó Paula, con curiosidad.
—Sí. Cada uno lidiará dos toros —respondió Lola.
—Y cada uno viene acompañado de sus banderilleros y picadores —añadió Sebastián.
Cuando terminó la corrida, Lola y su familia se encontraron con los Merino.
Don Javier le habló a Paula de forma discreta:
—Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que nos vimos. ¿Cómo te encuentras?
—No tengo mucho que contar, excepto que no me gustan los toros. No deseo volver —confesó Paula.
—Para ser sincero, a mí tampoco me agradan. He venido sólo por acompañar a mi padre —respondió don Javier, con un gesto comprensivo.
Oyeron a don Ramón comentar con humor resignado:
—Ha sido una corrida decepcionante.
—Es verdad. Los toros no eran lo que esperábamos —admitió Lola, con expresión de descontento.
—Desde luego. Han salido descastados; hasta tuvieron que devolver uno a los corrales —añadió don Sebastián, con un tono de frustración.
—Joselito fue el mejor. Cuando la faena se le complicó, la resolvió con gran maestría. Para mí, es el rey de los toreros —opinó don Ramón con entusiasmo.
—Estoy de acuerdo —respondió Lola—. Disculpadme un momento. Acabo de ver al doctor Alhama. Me gustaría ir a saludarlo.
Paula distinguió entre el gentío al doctor, conversando con varios caballeros. Él no llegó a verla, pero a ella le bastó aquella visión fugaz para sentir un inesperado desasosiego. Procuró mantener la calma.
Don Javier advirtió la inquietud reflejada en su semblante, se acercó un poco más y le dijo en voz baja:
—¿Por qué no vas con tu madre a saludar al doctor?
Martina observó en silencio la naturalidad con que Paula y don Javier se hablaban, pero no pudo oír la respuesta de su hermana, pues apenas susurró:
—Porque me da vergüenza.
La proximidad de don Fernando Alhama despertaba en ella una agitación que no lograba comprender.
«¿Por qué me siento así cuando lo veo?», pensó. Aún no conocía la respuesta.