Capítulo 38. Difícil conversación
Doña Martina, acompañada de su esposo y de su hija de dos años, estaba a punto de llegar a La Quintana tras recorrer más de setecientos kilómetros. Allí la esperaban su madre y su hermana.
Mientras el carruaje avanzaba, recordaba con melancolía los años en que las tres residían en el centro de Palma, cerca de doña Bárbara. Tras su muerte, la familia se había dispersado, y La Quintana parecía haberse convertido en el símbolo silencioso de aquella separación.
El carruaje cruzó el último portón del cortijo. A lo lejos, se podía ver el sendero serpenteante que llevaba a la laguna. Martina conocía bien los alrededores de la casa principal. Durante los últimos cinco años, había disfrutado en varias ocasiones de los paisajes de La Quintana.
A la orden del cochero, los caballos se detuvieron frente a la puerta principal. Don Sebastián despertó a la pequeña Assumpta, que dormía a su lado, y se apeó con la niña en brazos.
Martina, aún sumida en sus recuerdos de tiempos pasados, contemplaba la fachada de la casa. En su mente seguían vivas imágenes de Mallorca, como si se negaran a abandonarla. Tan pronto como salió del carruaje, escuchó a su madre dirigirse a Assumpta.
—¡Hola, cariño! ¡Estás muy guapa! —exclamó Lola, abrazando y besando a su nieta en la mejilla.
Después de una cálida recepción, todos entraron en la casa.
Amelia, la sirvienta, condujo a Fabricio, quien cargaba con las maletas de los recién llegados, hasta las habitaciones de los huéspedes. Luego ella se apresuró hacia la cocina para preparar la merienda.
Durante su primera conversación a solas con su hermana menor, Martina mostró interés en sus planes y aspiraciones. Fue en ese momento cuando Paula compartió lo poco que sabía sobre el doctor Alhama y su sueño de casarse con él.
—Por lo que me cuentas, apenas lo conoces. Te estás aferrando a una imagen soñada, no a una persona que hayas tratado —le dijo Martina, sin rodeos—. Además, solo tienes diecisiete años.
Paula buscó un argumento al que aferrarse para no descartar del todo esa idea y replicó:
—Desde que tenía once años, he presentido que me casaré con el doctor. Creo que es una señal.
—Lo mejor es que no te obsesiones con él y te concentres en tus estudios —le aconsejó Martina.
Utilizó un tono sensato y casi paternal.
Martina nunca había creído en premoniciones ni señales del destino.
Los rumores sobre maldiciones y leyendas que circulaban acerca del cortijo no le preocupaban; creía que no la afectaban directamente.
Su forma de entender la vida era práctica y se apoyaba en hechos concretos.
Por eso decidió cambiar de tema y preguntarle a Paula sobre otros asuntos cotidianos que no tuvieran relación con supuestas premoniciones.
Escucharon pasos infantiles que entraban en la casa.
—Se acabó la tranquilidad. Mi pequeño prodigio ha llegado —bromeó Martina.
—¿Por qué la llamas así? Assumpta me parece una niña vitalista y alegre de dos años.
—No creo que una niña de su edad sea como ella. Posee una confianza en sí misma que me resulta desconcertante. Casi nunca llora. Cuando la regaño, aprieta los puños y frunce el ceño, pero no dice nada.
—Eso es porque tiene mucho carácter —respondió Paula.
—Yo diría que es atrevida y autosuficiente. Cuando le ofrezco ayuda, siempre responde que puede hacerlo por sí misma.
—Entonces, además, es inteligente y obstinada —dijo Paula, sonriendo.
—¡Ah, sí! Sin duda.
Acompañada de Lola, la niña entró en la sala, se acercó a la mesa y comenzó a vaciar los bolsillos de su vestido: una flor aplastada, el envoltorio de un caramelo, un botón…
—Hemos estado buscando tesoros —aclaró Lola, sonriendo. Luego, con entusiasmo, anunció que don Ramón les había conseguido cuatro entradas para una corrida de toros en Sevilla, que se celebraría dentro de dos días.
—No quiero ir a los toros para no pasar un mal rato —comentó Paula.
—Las entradas están compradas y tú vendrás con nosotros —afirmó Lola con determinación.
—Puedo quedarme en casa cuidando de Assumpta —propuso Paula.
—No te preocupes por la niña. Ella se quedará con Amelia —dijo Lola.
Martina no quiso intervenir. A diferencia de Paula, la idea de visitar Sevilla y asistir a la corrida le resultaba más atractiva de lo que estaba dispuesta a reconocer.