Capítulo 37. Asuntos íntimos
Desde que coincidió con el doctor Alhama en el hipódromo, Paula sentía una extraña confusión.
Lo más sencillo para ella habría sido dejar que el destino, siempre caprichoso e imprevisible, le indicara el camino a seguir.
Pero algo en su interior le decía que debía hacerse cargo de su propia vida y confiar en sus propios impulsos.
Su intuición le señalaba un futuro junto al doctor Alhama, aunque eso contradecía la realidad de que Mateo ocupaba su corazón.
No sabía cómo interpretar esos sentimientos y decidió acudir a don Javier en busca de un consejo.
Al verla entrar en su oficina, el notario se mostró sorprendido y sintió una leve decepción al recordar que habían transcurrido más de tres meses desde su última visita.
Se saludaron como de costumbre, pero él notó un cambio evidente en su apariencia y percibió de inmediato el aroma del nuevo perfume que llevaba. Intuyó que había acudido a él porque algo la inquietaba.
Ella no dudó en preguntarle sobre el delicado tema de las relaciones íntimas, lo que le provocó cierta incomodidad, pues consideraba impropio que una joven hablara con tanta franqueza de asuntos íntimos.
Él intentó evitar el tema:
—No deberías hablarme de tu vida íntima.
—¿Por qué no? Creo que tienes una visión bastante anticuada del amor. Por eso sigues soltero y no te decides por ninguna mujer —dijo ella, adoptando una actitud defensiva.
Las palabras de Paula no calaron en don Javier, ya que, a pesar de haber experimentado fracasos en el amor, no se veía a sí mismo como un hombre indeciso. Tenía claro lo que deseaba.
—Tu relación con Mateo es un asunto privado que sólo os atañe a vosotros dos. Además, cuando te cases con él...
Paula lo interrumpió:
—Mateo no es mi novio ni planeo casarme con él. A veces pienso que quizás podría casarme con el doctor Fernando Alhama.
—¿Fernando Alhama? —preguntó don Javier e hizo una breve pausa reflexiva—. ¡Ah! ¿Te refieres al doctor que saludó tu madre en el hipódromo?
—Sí. Creo que vive en la capital con su hermana —respondió ella, con tono de desánimo.
—Entonces, ¿vas a dejar de lado a Mateo?
—De ninguna manera. Mateo es mi amigo. No pienso apartarme de él.
—Me preocupa escucharte hablar así. Lo que dices no tiene el menor sentido y, tarde o temprano, te traerá problemas —respondió don Javier.
—En este momento sólo quiero una relación con Mateo sin ataduras.
—¿Él está de acuerdo con eso? —preguntó el notario.
—Sí, lo está. Tiene ideas propias sobre el amor y, aunque no suele hablarme de política, sé que rechaza la monarquía actual y...
Don Javier atajó:
—No continúes. Parece que, en pocos meses, Mateo se ha vuelto libertario.
Ella iba a afirmar: «Comparto la opinión de Mateo», pero se contuvo, ya que, si bien coincidían en algunos aspectos, dudaba respecto a temas sociales y políticos.
—No pretendo incomodarte. Te lo cuento porque siempre he confiado en ti —aclaró ella.
Él la conocía bien. Tras cinco años de amistad, notó en ella un cambio evidente, y comprendió que sería la última vez que compartiría sus asuntos íntimos con él. Sus caminos empezaban a separarse. Paula ya no necesitaba sus consejos y pronto tomaría sus propias decisiones.
—No me incomodas. Bueno, quizás un poco —respondió él, con un tono sereno mientras se reclinaba en su asiento frente a ella.
—Lo siento —dijo Paula mientras se levantaba.
Fue a sentarse en el borde de la mesa, junto a él, como hacía cuando apenas era una niña de once años.
—Espera. No te muevas —dijo él.
—¿Qué pasa?
La observó mientras la luz ámbar de la mañana iluminaba su rostro y añadió:
—Siempre recordaré este momento y...
Ella entendió el guiño al pasado y lo interrumpió de inmediato:
—No digas eso. ¿Es que no quieres que vuelva?
Don Javier se ajustó las gafas de montura metálica y respondió:
—Sí, pero ya no me necesitas.
—Eso no lo sabes —replicó ella.
—Lo sé. Pero si en algún momento me requieres para algo importante, sólo dímelo y haré todo lo posible por ayudarte.
—¿Qué tipo de cosas importantes? ¿Acaso para redactar mi testamento? —dijo ella y se rió, tratando de quitar trascendencia a la conversación.
—También. Aunque no me refería a eso.
—¿Te refieres a cuestiones de vida o muerte?
—No te burles. Hablo en serio —dijo él. Se pasó la mano por el cabello y añadió—: Puedes prescindir de mis consejos. Créeme.
—¿Y ahora qué? —preguntó ella.
—Es el momento de despedirse —afirmó el notario con seriedad.
Paula estaba a punto de salir de la oficina, pero se detuvo justo antes de abrir la puerta. Don Javier le preguntó:
—¿Olvidaste decirme algo?
—A mi manera, te quiero —confesó ella, con cierta nostalgia.
—Lo sé. Ahora ve con Mateo. Y olvídate de ese doctor. Deja éscapar esos pájaros que tienes en la cabeza. Hazme caso.
Paula se aferró a la maneta de la puerta, pero antes de abrirla, se giró y lo vio levantarse. Se miraron a los ojos. Ella retrocedió unos pasos y, tras una breve vacilación, se abrazaron.
Don Javier intuyó que ese momento no volvería a repetirse. No pudo evitar acariciar el cabello de Paula mientras le susurraba al oído:
—Yo también te quiero. Como un hermano mayor, ¿recuerdas?
Paula asintió. Luego se separaron.
Él le abrió la puerta y esperó a que ella bajara las escaleras antes de volver a cerrarla.
Dejó escapar un suspiro de nostalgia y dio unos pasos para mirar por la ventana de su despacho.
Contempló a Paula parada en medio de la plaza, como si esperara volver a verlo tras los cristales.
Ambos se sonrieron, aunque a él le costó sostener la mirada.
Levantaron la mano al mismo tiempo, pero el gesto carecía de la alegría despreocupada de otras veces.