Los Herederos de Son Carvall (La saga de los Anglada 2) Capítulo 36. En el hipódromo
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Capítulo 36. En el hipódromo

En un día soleado de primavera, don Ramón y su hijo, Javier, se dirigieron al hipódromo para presenciar la participación de uno de los caballos de La Quintana en las carreras. Lola y Paula se unieron a ellos para no perderse el evento.

Al concluir la carrera, el caballo ocupó la última posición. Lola notó el profundo suspiro de desánimo de don Ramón y le preguntó con un tono de confianza:

—¿Ha perdido usted su apuesta?

—Así es, pero era una cantidad meramente simbólica —respondió él, dejando entrever que no tenía plena confianza en aquel caballo como para arriesgar una suma considerable.

—¿Y usted, don Javier, también ha perdido la suya? —insistió Lola.

—No, porque no he apostado. Casi nunca lo hago.

Antes de que comenzara la carrera, Paula había notado la falta de energía del animal. Sin ocultar su tristeza, le dijo a don Ramón:

—El caballo ha llegado en último lugar porque está enfermo.

—¿Por qué dices que está enfermo? —preguntó don Ramón, sorprendido.

—Porque lo sé —aseguró.

—Esta mañana, el caballo estaba perfectamente —replicó don Ramón.

—Pero ahora no lo está. Debemos avisar al veterinario —insistió Paula.

—Si está enfermo, deberíamos ir a verlo —propuso él.

—Sí, vayamos a verlo —convino ella. Después se dirigió a su madre—. ¿Vienes con nosotros a ver al caballo?

—Prefiero quedarme con don Javier y seguir la próxima carrera — dijo Lola.

Cuando Paula se dirigía con don Ramón hacia los compartimentos donde estaban los caballos, vio al doctor Alhama en las gradas.

Habían pasado varios años desde su último encuentro.

Consciente de que su aspecto había cambiado, supuso que don Fernando no repararía en ella y, que si lo hiciera, no la reconocería.

Lo observó levantarse y ofrecer su brazo a una mujer joven, elegantemente vestida y de porte distinguido.

No pudo ver su rostro, ya que la pareja se dirigió hacia la salida, en dirección opuesta a donde ella se encontraba.

Cuando llegaron al lugar donde estaba el caballo, don Ramón afirmó:

—Tenías razón. Este caballo está enfermo. Daré instrucciones para que avisen al veterinario.

Reconocía las extraordinarias intuiciones de Paula respecto a los caballos de La Quintana. Era capaz de observar detalles que los demás pasaban por alto. Aun así, preguntó con curiosidad:

—¿Cómo lo supiste?

—Por su forma de moverse noté que algo no estaba bien —respondió ella.

—Entiendo —dijo don Ramón, aunque en realidad no alcanzaba a explicarse cómo la adolescente había advertido la enfermedad del animal antes de que aparecieran síntomas evidentes.

Él observó el caballo en silencio. Con el tiempo había aprendido a confiar en el juicio de Paula, aun cuando no comprendiera el origen de sus certezas.

Por eso, meses atrás, cuando ella le sugirió que preparara a su potro favorito para la competición, pese a que apenas había cumplido tres años y era demasiado joven para correr en las carreras, ordenó a Facundo que iniciara su entrenamiento.

Unos minutos más tarde, al regresar a las gradas, Paula escuchó a su madre explicarle a don Javier que la pareja a la que acababa de saludar era don Fernando Alhama y su hermana Manuela.

Al enterarse de que no iba acompañado de una esposa, una sonrisa apenas perceptible asomó a sus labios.

Mientras contemplaba el animado bullicio del hipódromo, regresó fugazmente a su memoria aquel viejo sueño infantil, en el que se veía casada con el doctor.

La imagen apareció con una claridad inesperada, pero se desvaneció casi al instante.

Hacía mucho tiempo que no pensaba en ello, pues Mateo ocupaba ahora un lugar cada vez más importante en su vida.