Capítulo 35. Sin previo aviso
Paula y Mateo llegaron sin anunciarse a la notaría de don Javier Merino.
Mateo se dejó caer con apatía en un sillón. Su postura delataba que su presencia allí era únicamente por complacer a Paula.
—¿No ves que don Javier está ocupado con una visita? Ten paciencia —le dijo ella, al notar que no dejaba de moverse en el asiento.
—¿Por qué insistes en que conozca a tu señor notario? —preguntó Mateo en voz baja, mientras levantaba un cenicero de cristal vacío para mirarlo a contraluz, como si allí se encontrara la respuesta a su pregunta.
—No es mi notario —dijo Paula, con una ligera sonrisa de condescendencia—. Coloca el cenicero en su lugar; ¿es necesario que lo toques todo?
—Está bien —aceptó él, resignado—. Esperamos diez minutos y, si no nos recibe, nos iremos.
—De ninguna manera. No nos iremos sin que te conozca. Me costó mucho traerte hasta aquí —dijo Paula, mirando a Mateo con determinación.
Unos segundos después, una pareja se despidió de don Javier. Paula y Mateo se levantaron al mismo tiempo y se acercaron al despacho. Ella abrió la puerta y asomó la cabeza.
Sin mostrar sorpresa, como si la estuviera esperando, don Javier la saludó:
—¡Hola, Paula! Lamento haberte hecho esperar. He tenido una mañana bastante complicada.
—No estoy sola. He venido con Mateo.
—Muy bien. No os quedéis en la puerta. ¡Pasad!
—Él es Mateo Morales, ¿recuerdas que te hablé de él? —le dijo Paula a don Javier.
—Por supuesto —respondió el notario. Luego se volvió hacia el chico y añadió—: Paula me ha hablado muy bien de ti. ¿Es cierto que tienes talento con los caballos?
—No se necesita talento para dar de comer y cepillar los caballos. Eso es lo que hago en La Quintana. Paula es la experta amazona —contestó Mateo.
La luz del sol iluminaba la oficina. De una de las paredes colgaba una pintura clásica que representaba tres caballos al galope, obra de un reconocido artista británico. Don Javier percibió el interés de Mateo por la obra y comentó:
—Este cuadro lo adquirió mi padre. Él es un gran entusiasta de las carreras de caballos.
—Nunca he estado en un hipódromo —respondió Mateo con franqueza—. Presenciar una carrera de caballos no sería mi forma favorita de entretenimiento
—Entonces, ¿qué es lo que te gusta hacer? —preguntó don Javier, con interés, intentando discernir si el chico podría ser una mala influencia para Paula.
—Normalmente voy a la biblioteca municipal. Otras veces salgo con mi tío y mi primo Armando de excursión al campo o a la montaña —dijo Mateo y se dirigió a Paula para aclarar—. Trato de llevarme bien con Armando; tú ya sabes lo complicado que puede ser.
Paula asintió con un movimiento de cabeza.
—¿Tienes inclinaciones políticas? —preguntó don Javier.
—No tengo ideas políticas, señor. Sólo tengo dieciocho años, pero estoy aprendiendo esperanto y asisto a clases en el Ateneo.
—¿Esperanto? No me lo habías dicho —intervino Paula—. ¿No es mejor aprender inglés o francés?
Como respuesta, Mateo se encogió de hombros.
Don Javier sonrió. Durante aquel breve encuentro, se dio cuenta de que su actitud protectora hacia Paula era, quizás, excesiva. Mateo parecía un buen chico y la quería; su obstinación, bien canalizada podría incluso tener un efecto positivo en ella.
—Si queréis, os invito a tomar un refresco. Dispongo de media hora antes de almorzar con mi padre.
—Es mejor dejarlo para otro día, gracias. Ahora debemos irnos —dijo Paula, procurando no agotar la paciencia de Mateo.
Paula observó a los dos hombres tratando de hallar similitudes entre ellos; pero si don Javier representaba la calma y la protección, Mateo, en cambio, era un revulsivo en aquella vida nueva que comenzaba a descubrir.
Al salir de la notaría, Paula miró de reojo a Mateo. Lo conocía tan bien que sabía que no tardaría en expresar su opinión sobre don Javier, así que no se sorprendió al escucharlo comentar en un tono seco:
—No entiendo por qué sientes tanta admiración por ese hombre.
—¿Tienes celos? —preguntó ella, con una sonrisa pícara.
—¿Celos, yo? ¡De ninguna manera!
—Es la persona más amable que conozco. Siempre está dispuesto a ayudarme y también te ayudaría a ti, si lo necesitaras.
—¿De verdad lo crees?
—¿Que si lo creo? Estoy convencida.
Ella lo dijo con tal certeza que Mateo aceptó su respuesta y guardó silencio.
A pesar del breve encuentro, Mateo le cayó bien a don Javier.
Cuando la pareja salió de su despacho, el notario se levantó y cerró las dos puertas de su oficina: la que daba al pasillo y la que conectaba con la sala de espera.
Además cerró la ventana que Paula había abierto minutos antes.
Luego se dirigió al cuarto de baño y se lavó la cara y las manos en el agua de la jofaina.
Mientras se secaba con la toalla, escuchó la voz de su padre que lo llamaba.
Habían acordado encontrarse aquel mediodía para almorzar juntos en un restaurante.
Para don Javier, fue un alivio que su padre no coincidiera con Paula. Así evitaba preguntas incómodas sobre su presencia en la notaría. Durante el curso escolar, ella seguía viviendo en la casa de su padre. Salió a recibirlo y lo escuchó preguntarle sin venir a cuento:
—¿Cuándo te decidirás a buscar una novia y dar el gran paso hacia el matrimonio?
—Ya hemos hablado otras veces sobre este tema y usted conoce mi respuesta.
Don Ramón no replicó, aunque seguía sin comprender por qué su hijo había decidido permanecer soltero. Lo vio descolgar el sombrero del perchero y hacerle una señal de cederle el paso hacia la salida. Parecía querer evitar el tema, así que no insistió.
En silencio salieron de la notaría y bajaron las escaleras. Ya en la calle, acompasaron sus pasos hacia el restaurante y hablaron de otras cosas que nada tenían que ver con asuntos personales.