Capítulo 34. Los secretos del amor
El día del cumpleaños de Paula, una pálida luz iluminaba las calles de la ciudad de Córdoba.
Don Javier Merino decidió finalizar su jornada laboral al mediodía y tomarse la tarde libre para recoger a la adolescente a la salida del colegio, entregarle el regalo que le había comprado y acompañarla a casa.
Le pidió al cochero que tuviera el carruaje preparado media hora antes de que terminaran las clases.
Esa tarde, don Javier se vistió de manera informal: pantalón de pana marrón, camisa beige, cómodo jersey verde de lana con cuello redondo y americana.
Se miró en el espejo del armario y, aunque no llevaba traje y corbata como era habitual cuando trabajaba en la notaría, pensó que a sus cuarenta y un años aún conservaba una elegancia innata.
No se sentía viejo, salvo cuando se comparaba con Paula, a quien casi triplicaba en edad.
Consultó su reloj en varias ocasiones, pues iba justo de tiempo.
Cinco minutos después de la hora de salida de las estudiantes, el carruaje se detuvo frente al colegio.
En ese instante, vio a Paula charlando con una compañera.
Ambas vestían el sencillo uniforme escolar azul marino, de algodón grueso, con la falda por debajo de las rodillas y chaqueta de punto abotonada.
Tan pronto como Paula lo vio, se acercó a él esbozando una sonrisa. Don Javier se apeó y esperó a que ella llegara para saludarse. Antes de que él la invitara a entrar, ella subió al carruaje, como había hecho en otras ocasiones, cuando él acudía a recogerla para acompañarla a casa.
—¡Hola, Javier! No te esperaba. ¡Qué frío hace! —dijo, acomodándose en el extremo del asiento y dejando espacio para que él se sentara.
Antes de partir, don Javier le indicó al cochero:
—Por favor, llévenos a la calle San Fernando, a casa de mi padre.
Durante varios cientos de metros, bajo la suave luz del atardecer, observaron ramas quebradas, algunas en el suelo y otras que colgaban de los árboles de las calles y plazas que iban dejando atrás. En medio del ruido de los cascos de los caballos y las ruedas del carruaje, don Javier comentó:
—Se notan los efectos del temporal de lluvia y viento de esta mañana.
—Eso parece —respondió Paula mirándolo de reojo—. ¿Has venido a acompañarme a casa por el temporal?
—No. Evidentemente no es por eso. ¿Crees que me olvidaría de tu cumpleaños?
Paula se tomó un momento para responder, y sólo dijo:
—No. Claro que no.
—¿Tienes algún deseo especial por tu cumpleaños? —preguntó él.
—¿Un deseo? —respondió Paula con tono reflexivo. Se tomó un momento para pensar en su caballo favorito y, finalmente, dijo con convicción—: Me gustaría llegar a ser una experta amazona.
—Mi padre dice que ya eres una buena amazona —comentó él.
—Don Ramón es muy optimista. Me queda mucho por aprender. Además, sólo quiero montar mi caballo, pero aún es muy joven; no ha cumplido los tres años.
—Todo es cuestión de tiempo. Aunque coincido con mi padre. Tienes talento y serías capaz de ganar una carrera de caballos.
Paula se giró hacia él y le dio un suave codazo antes de contradecirlo:
—¡Pero qué dices! Eso es imposible. Las mujeres no pueden participar en las carreras del hipódromo.
—La sociedad está en transformación. Las guerras siempre traen cambios profundos, y la que se desarrolla en Europa no será una excepción —dijo don Javier, con tono serio.
—Es verdad. Tal vez dentro de unos años las mujeres tengamos la oportunidad de competir en las carreras.
—Sería un cambio positivo que las mujeres tuviérais más derechos y libertades que hoy —opinó él.
—En cierto modo, mi vida ya está cambiando gracias a Mateo—dijo Paula en confianza—. Lo quiero de una manera especial, más madura.
Don Javier consideró que esta revelación no era de su incumbencia, pues no deseaba entrometerse ni opinar respecto a la relación de los jóvenes.
—¿Por qué me cuentas esto, Paula?
—Quizás decida no hacerle esperar.
—¿Qué espera Mateo de ti que no pueda esperar? —preguntó él, por cortesía.
Ella apoyó su rostro en la ventanilla, dejando una ligera marca de humedad en el cristal. Reflexionó un momento y, al girarse para mirarlo, dijo:
—Acabo de decírtelo: Mateo y yo nos queremos. Él me ha propuesto... Ya sabes...
Don Javier permaneció en silencio.
Paula intentó descifrar sus emociones a través del brillo en sus ojos, pero en la penumbra de aquella tarde tormentosa sólo percibió un rostro frío, inexpresivo.
—No lo sé. No comprendo a qué te refieres.
—¿De verdad es necesario que te lo explique todo? —respondió ella, con un deje de irritación.
—No hace falta. Entiendo que ya no eres una niña. Has cambiado, y eso me desconcierta. Sólo necesito tiempo para asimilarlo.
—En el fondo, sigo siendo la misma de siempre —replicó ella.
Le avergonzó descubrir cuánto le afectaba aquella conversación, pero le respondió con seriedad, mirándola a la cara:
—Lo sé, pero no es apropiado que una adolescente comparta sus asuntos íntimos con un hombre mayor. Lo comprendes, ¿verdad?
—Sí.
En ese momento, Paula recordó los besos de Mateo, los suaves roces y la manera en que sonreía cuando estaban solos.
Junto a él, se sentía tranquila, el tiempo parecía desvanecerse como un sueño, y el amor hacía latir su corazón con fuerza llenando su vida de alegría y plenitud.
Ya no era la niña que temía expresar lo que sentía.
Lo amaba con una intensidad única, como nunca había querido a nadie en toda su vida.
—Quizás no deberías confiar ciegamente en Mateo —opinó don Javier.
—Confío en él —respondió Paula con serenidad—. Si lo conocieras, comprenderías por qué. Tal vez deberías confiar también en mí.
—Ya lo hago —admitió él—. Sé que sabes comportarte, pero también soy consciente de que a veces actúas con impulsividad.
Con un aire juguetón, casi infantil, como si estuviera planeando una travesura, ella afirmó:
—Un día de estos llevaré a Mateo a tu oficina para que puedas conocerlo y quedarte tranquilo.
—Venid cuando queráis —dijo él, con voz serena.
El cochero detuvo el carruaje a unos metros de la casa de los Merino; entonces la adolescente dijo:
—Gracias por acompañarme. Adiós, Javier.
—Espera. Tengo un regalo para ti —dijo él, sacando del bolsillo un paquete rectangular.
—¡Ah! Gracias —exclamó ella, mientras se preparaba para abrir la caja con emoción y curiosidad. Dentro encontró una pluma moderna.
—¡Me encanta! —dijo, y añadió—: La usaré hoy mismo para hacer los deberes.
Luego, con espontaneidad juvenil, rodeó el cuello de don Javier con los brazos y le dio un casto beso en la mejilla.
Él se sintió incómodo ante una cercanía que antes, cuando Paula era una niña, le habría parecido natural. Tenía muy presente el papel de hermano mayor que debía asumir para ella y permaneció inmóvil, conteniendo su primera reacción de abrazarla.
—Debes irte.
—Gracias otra vez. Me encanta tu regalo —insistió ella.
Bajo la suave luz de las farolas en la calle San Fernando, don Javier luchaba con un sentimiento profundo y extraño hacia Paula.
Su corazón sentía la punzada de la soledad ante la inminente separación, una mezcla de cariño y nostalgia por ver cómo ella había crecido, demasiado rápido, en su opinión.
Habría querido decirle que echaría de menos la confianza que siempre habían tenido, pero que su papel de protegerla, acompañarla en los momentos difíciles y respetar su independencia seguía vigente.
—Desde aquí, veo que están encendidas las luces de la sala. Agustina debe estar esperándote con la merienda preparada —dijo él, desviando la atención de sus emociones.
Paula asintió, descendió del carruaje y se dirigió hacia la entrada de la casa.
Una suave lluvia se desprendía de la densa capa de nubes grisáceas.
Corrió unos metros, se detuvo y se dio la vuelta para despedirse de Javier con un gesto de la mano.
La calle estaba tenuemente iluminada por las luces artificiales que brillaban en la penumbra.
Mientras reanudaba el camino, se preguntaba por qué ya no podía conversar con Javier sobre cualquier tema como solía hacerlo antes.
Con su particular sutileza él le había hecho ver, en su decimosexto cumpleaños, que debía dejar atrás lo que los unía desde su infancia y empezar a verlo con la madurez que su nuevo mundo le exigía.
Don Javier ordenó al cochero que lo llevara a su domicilio.
El carruaje se puso en marcha con los faroles encendidos.
Se cuestionaba cómo era posible que Paula hubiera ocupado durante años un lugar tan importante en su vida.
Su sentido común le recordaba que él era un hombre maduro, con una reputación intachable, mientras que ella estaba empezando a explorar la complejidad del amor.
Le resultaba difícil reconciliar el recuerdo de la niña que conoció con la joven en la que se estaba convirtiendo.
Podía imaginar a Paula dentro de diez años, al cumplir veinticinco, y a sí mismo frente al espejo de una relación que habría perdurado como amistad.
Esa imagen sólo tendría sentido si continuaba cultivando el vínculo fraternal y protector que había aprendido a mantener con ella.
Fue la conclusión a la que llegó aquella tarde oscura: un consuelo necesario para aceptar que Paula ya no era una niña y no lo necesitaba.
Se había convertido en una joven capaz de enamorarse y trazar su propio camino.
Debía aceptar que él ya no sería indispensable para ella.