Capítulo 33. Fotografía familiar
Para conmemorar el nacimiento de Assumpta, don Sebastián contrató a un fotógrafo para retratar a toda la familia reunida.
Lola y Paula llegaron unos minutos antes de la hora acordada.
Fue entonces cuando Martina les informó que también había invitado a su padre para que se uniera a la fotografía familiar.
La noticia despertó en Lola una ligera incomodidad que procuró disimular, pues la sola perspectiva de volver a ver a Pascual le evocaba los recuerdos más amargos de su matrimonio.
Aun así, por consideración hacia su hija mayor, Lola estaba dispuesta a mantener la cordialidad y posar juntos para la foto.
Cuando Pascual llegó, la puerta de la casa estaba abierta, y entró sin necesidad de llamar.
Cruzó el salón con paso resuelto. Iba impecablemente vestido y el lustre de la brillantina realzaba el peinado de su pelo.
Al pasar junto a Paula, sentada en una butaca, apenas le dedicó una breve mirada, antes de saludar a Martina y a Sebastián.
Después volvió su atención hacia su mujer:
—¿Cómo estás, Lola? Me alegro de verte.
—Hola, Pascual. ¿No vas a saludar también a Paula? Está ahí sentada.
Él vaciló un momento.
Paula contó hasta seis segundos antes de que su padre respondiera a su madre.
—Claro que sí, Lola. Ella sigue pareciéndose a ti —dijo Pascual, y luego se volvió hacia Paula para hacerle un cumplido obligado—: Has crecido mucho desde la última vez que nos vimos. Estás muy guapa.
—Gracias —respondió la adolescente, y al instante notó la tensión que parecía flotar silenciosa entre sus padres.
Martina también la percibió y se dio cuenta de que quizás había cometido un error al reunirlos, pero ya era demasiado tarde para remediarlo. Pensaba en eso cuando llegó el fotógrafo.
Poco después, mientras el profesional preparaba el equipo, Sebastián comenzó a indicar cómo debían colocarse para la fotografía.
Lola se sorprendió al oír a su yerno dirigirse a Pascual con familiaridad: «Patrón Sureda, por favor, colóquese aquí, junto a la ventana.
Los demás, acérquense a él». A Lola no le molestaba que Pascual hubiera prosperado hasta llegar a ser patrón de un barco.
Lo que más le dolía era la certeza de que Martina había aceptado que su padre volviera a ocupar un lugar dentro de la familia.
Con cierta apatía se levantó y llamó discretamente a Paula para que se colocara a su lado en la foto.
Al finalizar la sesión de fotos, Martina le preguntó a su padre creyendo que nadie podía oírlos:
—¿Vendrás mañana?
—Será mejor pasado mañana, cuando ellas ya se hayan ido. No quiero ponerte en una situación incómoda —respondió Pascual.
—Sí, tienes razón.
Ninguno de los dos advirtió que Lola había escuchado aquellas palabras.
Poco después, el fotógrafo recogió el equipo y se despidió de la familia. Don Sebastián lo acompañó hasta la puerta, mientras Martina se retiraba al dormitorio para amamantar a la niña.
Por primera vez en toda la tarde, Lola, Pascual y Paula se quedaron solos en el salón durante unos momentos que no tardarían en hacerse incómodos.
—La fotografía ya está hecha, así que será mejor que me marche —anunció Pascual y enseguida añadió—: os deseo un buen viaje de regreso a Córdoba.
—Gracias —respondió Lola.
Él puso la mano sobre la maneta de la puerta, pero se detuvo antes de abrir y dijo:
—Sé que ya es demasiado tarde, pero lamento lo que os hice. Em sap greu (lo siento) —dijo en mallorquín.
Lola no respondió. Entonces Paula habló en su lugar, con un mallorquín impecable y una frialdad inesperada:
— Tu mateix ho has dit. Ja es tard perquè et disculpis. Deixa’ns en pau (Tu mismo lo has dicho. Ya es tarde para que te disculpes. Déjanos en paz).
Pascual la miró fijamente.
Era una tarde calurosa. La luz natural que iluminaba el salón realzaba los colores de la tapicería del sofá, de los cojines del mobiliario y de los cuadros en las paredes. Todos esos objetos eran, en ese momento, testigos silenciosos de una conversación que parecía desarrollarse fuera de tiempo.
Lola ignoró a Pascual y evitando prolongar aquella situación dijo:
—Voy a cerrar las persianas.
—¿No te ibas? —preguntó Paula a su padre.
—Estoy hablando con tu madre, no contigo —respondió él, marcando distancia.
—¿No te ibas? —repitió Lola esta vez con firmeza, mostrando su apoyo a su hija menor.
Pascual soltó una risa seca.
—Sí. Es mejor que me marche. Total…
La tensión aumentaba con cada segundo que pasaba.
—Sí. Déjanos en paz. Total… —repitió Paula con tono burlón.
Pascual soltó la maneta de la puerta. Después avanzó hacia Paula y levantó el brazo con la mano abierta en un gesto amenazante. Lola se interpuso de inmediato entre ambos.
Por primera vez desde que él las abandonó, quince años antes, sostuvo la mirada de su marido sin apartarse. Le habló con tal determinación y franqueza que la ira y el rencor se percibían en el aire:
—No intente tocar a mi hija, patrón Sureda, o tendrá que vérselas conmigo.
Pascual permaneció inmóvil unos segundos y, finalmente, bajó el brazo. Después miró a Paula con una frialdad que hizo aún más pesado el silencio del salón y anunció:
—Ya me marcho.
Afortunadamente, ni Martina ni Sebastián presenciaron la escena. La reunión familiar que habían organizado para celebrar el nacimiento de Assumpta terminó revelando heridas que seguían abiertas desde hacía demasiado tiempo.
—No necesitamos explicaciones. Tú tienes tu vida y nosotras la nuestra. Puedes visitar a Martina si ella así lo desea.
—Qué generosidad por tu parte —respondió él con sarcasmo.
Lola pudo haberle recordado que aquella casa, en la que residía el joven matrimonio, le pertenecía, pero prefirió no prolongar una discusión inútil y aclaró:
—El hecho de que tengamos una nieta en común no cambia nada —añadió—. Hace muchos años que dejaste de formar parte de mi vida. Eres un extraño para mí.
Él dudó antes de abrir la puerta. Se marchó sin decir una sola palabra más.
Cuando se quedaron solas, Paula preguntó en voz baja:
—Mamá, ¿crees que habría sido capaz de pegarme?
Lola reflexionó antes de responder:
—No lo sé, hija. Ya no conozco a tu padre.
Mientras caminaba por la calle, Pascual comprendió que su presencia sólo conseguiría aumentar la distancia entre Martina y Lola.
Por eso decidió alejarse y poner fin al escaso contacto que había logrado recuperar con su hija mayor.
No volvió a visitar la casa de Martina en los días siguientes.
Poco después, compró un billete de barco y regresó a Marsella.
Desde allí le escribió una carta disculpándose por haberse marchado sin despedirse, aunque evitó revelar los verdaderos motivos de su decisión.
A partir de entonces, las cartas entre ambos fueron escasas y los años transcurrieron sin encuentros. En una de aquellas primeras cartas, Martina incluyó una copia de la fotografía tomada tras el nacimiento de Assumpta. Pascual la colocó en un marco de madera sobre su mesita de noche.