Capítulo 32. La vida pasa demasiado deprisa
Durante el parto, Martina estaba acompañada por su madre y asistida por una comadrona experimentada que, tras el nacimiento, bañó a la niña y la acomodó junto al pecho materno.
En aquellos primeros momentos, tras el nacimiento, la habitación quedó sumida en un silencio apacible, sólo interrumpido por el ulular del viento mientras la lluvia comenzaba a tamborilear suavemente los cristales de las ventanas que daban al patio interior.
Lola preguntó en voz baja:
—¿Cómo te sientes, hija?
Martina contempló a la niña durante unos instantes antes de responder:
—Dolorida, pero feliz.
La comadrona terminó de recoger sus cosas y, antes de marcharse, ofreció algunos consejos para los próximos días.
—La acompaño a la salida. ¿Quiere que la ayude a llevar sus cosas?—dijo Lola.
—No es necesario, gracias. Puedo sola —respondió la comadrona.
Antes de salir de la habitación Lola se giró y le preguntó a Martina:
—¿Aviso a Sebastián?
—Sí, por favor. Dile que venga.
En el salón, Sebastián y Paula aguardaban con inquietud hasta que Lola les anunció que tanto Martina como la niña se encontraban bien.
Mientras los jóvenes padres se quedaban solos por primera vez con su hija, Lola y Paula acompañaron a la comadrona hasta el vestíbulo.
La lluvia, que había comenzado tímidamente unos minutos antes, ahora arreciaba. A través de la puerta que daba a la calle se veían cortinas de agua balanceándose con el viento.
—¡Madre mía, qué tormenta! Cuando llegué aún no llovía —comentó la comadrona.
—Llévese uno de nuestros paraguas. Ya nos lo devolverá cuando pueda —propuso Lola, mientras abría el armario del vestíbulo para cogerlo.
Paula encontró en uno de los estantes una antigua fusta de mango de marfil que pertenecía a su cuñado.
Sostuvo la fusta, recorriendo con los dedos las figuras ecuestres grabadas en el mango, las cuales le recordaban a su caballo favorito; lo añoraba tanto que hasta le pareció oír en ese instante su característico relincho.
—Muchas gracias —dijo la comadrona al aceptar el paraguas.
Lola la acompañó hasta el umbral de la puerta, la vio cruzar el patio y salir a la calle. Luego se volvió hacia Paula:
—Escúchame bien. Dentro de unos minutos verás a tu hermana y a la niña. Y te guste o no, debes llamar a tu sobrina por su nombre. ¿Me estás escuchando?
—Sí.
Lola respiró hondo, intentando desprenderse de la tensión acumulada durante aquellas horas.
El parto había sido rápido y sin complicaciones, pero a ella le había parecido interminable.
Volvió la vista hacia la ventana del salón: el cielo estaba cubierto por una densa masa grisácea de nubes.
La tormenta empezaba a perder fuerza, aunque la lluvia continuaba cayendo.
Pensó entonces en avisar a la familia Villalonga y en todo lo que aún le quedaba por hacer aquel día.
Acompañada por una suave llovizna, Lola caminaba con el paraguas abierto por las calles del barrio señorial de Palma.
Igual que la luz de Mallorca le parecía distinta a la de La Quintana, también aquella lluvia tenía para ella algo diferente: una delicadeza húmeda y etérea que no encontraba en los aguaceros que bañaban las tierras del cortijo.
Era absurdo pensar que las nubes pudieran presentar tales diferencias según el lugar, pero esa era su impresión mientras recordaba vívidamente los días tormentosos en Córdoba.
Al llegar al zaguán de la casa de sus consuegros, plegó el paraguas, subió las escaleras hasta la planta noble y llamó a la puerta.
Cuando vio a Lola, doña Victoria Artigues comprendió enseguida el motivo de la visita. Antes de formular ninguna pregunta, la invitó a pasar al salón principal, le ofreció asiento y algo de beber, aunque Lola rechazó la bebida con amabilidad.
Sentadas frente a frente, doña Victoria aguardó en silencio hasta que Lola confirmó que Martina había dado a luz y que tanto la madre como la recién nacida se encontraban bien.
La noticia iluminó su rostro. Lamentó entonces la ausencia de su esposo, don Lluís, aunque aseguró que ambos acudirían a conocer a su nieta tan pronto como él regresara.
Poco después, Lola se despidió.
Cuando salió de Can Villalonga, la lluvia ya había cesado y el sol comenzaba a abrirse paso tímidamente entre las nubes e iluminaba las fachadas y las calles, todavía envueltas en un ambiente húmedo y vaporoso.
Una hora más tarde, los Villalonga entraron en el dormitorio donde Assumpta dormía en su cuna.
Doña Victoria observó a la niña durante unos instantes antes de sacar un pequeño frasco de vidrio de su bolso y dejarlo sobre la mesita de noche.
—Martina, querida, si sientes dolor, toma una de estas pastillas. Son aspirinas.
—Gracias. Lo haré.
—Sé bien lo que son los dolores después de un parto —respondió ella. Luego miró a su hijo y le comentó dejando entrever un reproche—. He estado casi toda la mañana con tu tío Ignasi; por eso sé que no ha estado presente en el parto.
—Todo ocurrió muy deprisa y sin problemas —explicó Sebastián—. No creímos necesario molestarlo.
Tras esas palabras, un silencio cargado de emoción precedió al abrazo de don Lluís a su hijo para felicitarlo por el nacimiento de la niña y, a continuación, ambos se dirigieron al salón a brindar por la heredera de la familia Villalonga.
Poco después llegaron doña Catalina Binimelis, bisabuela de la recién nacida, acompañada de su hijo, el doctor Ignasi Artigues, quien estaba soltero y no tenía hijos.
Ella contempló a la recién nacida con emoción. En una familia donde los nacimientos se habían vuelto escasos, aquella bisnieta adquiría un significado especial.
Finalmente, sin apartar la vista de la niña dormida en la cuna, comentó con tono nostálgico: «Un nacimiento siempre es motivo de alegría para una familia, pero para los Artigues lo es aún más. La vida pasa demasiado deprisa; no hay que olvidar momentos como este».