Capítulo 31. Tarde apacible
Al abrir la puerta de su casa en Palma, tras casi cuatro años deshabitada, Lola se detuvo en silencio.
El interior estaba en perfecto estado, con los muebles en su sitio y una limpieza cuidadosa que parecía haber mantenido la casa en una especie de espera prolongada.
La puerta del baño estaba entreabierta y, junto a la jofaina, una jarra de porcelana y una pastilla de jabón sin estrenar sugerían una presencia reciente.
Paula dejó la maleta en el vestíbulo y cerró la puerta tras de sí.
—Lleva la maleta a tu cuarto y cámbiate —dijo Lola—. Hay agua en el baño.
Después abrió la ventana para ventilar la casa. La luz del mediodía entró a raudales e iluminó el gran cuadro del salón. Representaba un barco a la deriva en medio de una tormenta, con la tripulación luchando contra el mar para mantenerlo a flote.
Lola se quedó mirándolo en silencio. Al contemplar la escena, no pudo evitar compararla con su matrimonio; también había estado a la deriva antes de hundirse definitivamente.
En su imaginación, Pascual podría ser uno de los marineros en la cubierta del barco del cuadro, salvo que él nunca se esforzó por mantener su matrimonio a flote; al contrario, abandonó a su familia y se desentendió de sus hijas.
Hacía casi cuatro años que no sabía nada de él, desde poco antes de que Paula y ella se mudaran a vivir a La Quintana.
Trató de apartar la vista y se dirigió a su dormitorio para ordenar sus cosas.
Poco después se sentó en el salón a esperar a su hija, observando la calle a través de la ventana abierta.
La fachada del edificio de enfrente, bajo los aleros salientes, cambiaba de color con la luz, pasando de tonos arenosos a grisáceos, según las sombras y la luz del día.
No se asemejaba a la fachada del cortijo que, encalada siempre de blanco y expuesta a la cálida luz del sol andaluz, resplandecía con un encanto singular.
En comparación con el ambiente rural de La Quintana, percibía a su alrededor un aire antiguo y atemporal, característico de las ciudades. Sin apartar la vista de la ventana, le dijo a Paula al oírla salir del baño:
—La luz aquí es distinta a la del cortijo. Incluso el sol parece diferente.
—El sol es el mismo en todas partes —respondió Paula—, pero entiendo lo que quieres decir.
—Siento que Palma ya no es mía —dijo Lola y dejó escapar un suspiro de nostalgia.
—Ni mía tampoco. Palma es de Martina —dijo Paula.
Hubo un silencio breve.
—Es verdad. Por eso he pensado que, cuando haga testamento, esta casa será para Martina—añadió Lola—. Podrá alquilarla. Y a ti te dejaré La Quintana.
A sus quince años, Paula no pensaba en la herencia, pero sabía que no quería vivir en otro lugar que no fuera Córdoba. Amaba tanto la ciudad como la campiña sur y, especialmente, La Quintana. Tal vez era cierto que el sol andaluz tenía una esencia única.
—Haz lo que creas mejor, mamá.
Desvió ligeramente la mirada y se encogió de hombros, pues desde que llegó se sintió en la casa como mera invitada.
Más tarde, Lola y Paula se dirigieron hacia la casa de Martina. Las calles del centro de Palma comenzaban a llenarse tras la siesta y la brisa marina aliviaba el calor del verano.
Al llegar a la plaza de Santa Eulalia, Lola se detuvo.
Las campanas de la parroquia comenzaron a sonar con un tono alegre a la vez que solemne.
Sus ecos la conmovieron profundamente y, mientras contemplaba la fachada de la iglesia, le vino a la memoria una imagen antigua en aquel mismo lugar.
Estaba junto a doña Bárbara, tres décadas antes, cuando se trasladaron de la posesión Son Carvall a la casa de Palma.
Paula se había detenido a su lado. Permanecía en silencio sin apremiarla y, poco después, bajo la luz blanca del mediodía, reanudaron la marcha hacia la casa de su hija mayor. Los lejanos recuerdos dieron paso al optimismo por el inminente nacimiento de su primer nieto.
Martina recibió a su madre y a su hermana. Las abrazó al cruzar la puerta y, durante unos instantes, las tres se quedaron en el vestíbulo, compartiendo el momento tras tantos meses separadas.
La anfitriona justificó la ausencia de Sebastián mientras se acomodaban en el salón. A lo largo de más de media hora, hablaron de distintos temas hasta que Martina tuvo la oportunidad de exponer un asunto en el que llevaba tiempo pensando:
—Cuando nazca el niño, me gustaría avisar a un retratista para que nos haga una fotografía a toda la familia, incluido papá. ¿Qué te parece?
Lola la miró unos segundos antes de responder:
—¿De verdad quieres que venga?
—Sí —respondió.
—Si yo fuera tú, me mantendría alejada de tu padre —aconsejó Lola.
Martina guardó silencio un instante. Ya lo había invitado y no tenía intención de cambiar de idea. Miró a su madre en silencio, decepcionada por no obtener su aprobación, e intentó justificarse:
—Si papá viaja desde Marsella para conocer a su nieto, creo que deberíamos permitírselo. Sebastián está de acuerdo conmigo.
—Entonces no tengo nada más que añadir —respondió Lola.
Su apariencia serena contrastaba con el tono de voz de evidente hostilidad hacia su marido.
Martina se llevó una mano al vientre, esbozó una leve sonrisa y comentó:
—El niño no para de moverse.
Desde la cocina, Paula siguió parte de la conversación. Cuando entró en el salón, afirmó:
—No es un niño. Es una niña.
La hermana mayor sonrió divertida.
—¿Y eso cómo lo sabes?
—Porque lo soñé.
—Mis sueños nunca aciertan —respondió Martina—. Por eso no les hago mucho caso.
Lola permaneció en silencio. Desvió la mirada hacia el anillo de piedras preciosas que había heredado de doña Bárbara. Lo llevaba en el dedo anular desde que le devolvió a Pascual su alianza de bodas, cuatro años antes. Luego apartó la mirada de la joya y afirmó:
—Así es. Últimamente hemos comprobado que muchos de los sueños de Paula terminan cumpliéndose.
En ese momento llegó don Sebastián, saludó con cortesía y cuando Lola le preguntó por su trabajo, comenzó a hablar con entusiasmo sobre los edificios del ensanche de Palma levantados tras la demolición de las antiguas murallas. Su esposa aprovechó una pausa para comentarle:
—Paula cree que nuestro hijo será una niña.
—¿Ah, sí? —respondió Sebastián con una expresión difícil de interpretar, entre duda, desinterés y admiración. Miró a Martina y añadió—: Entonces se llamará Assumpta.
Paula alzó ligeramente las cejas.
—¿Assumpta? ¿En serio?
—Asunción, en castellano —aclaró él—. Pero en mallorquín es Assumpta.
—Eso ya lo sabía —respondió Paula.
Con un toque de sarcasmo, Martina comentó:
—Parece que no te convence el nombre. ¿No lo soñaste?
—No —respondió Paula con sequedad.
—A mí me parece un nombre precioso —intervino Lola—. Mucho más bonito que Asunción.
—Si es una niña. Se llamará Assumpta. A mí me suena a un nombre entrañable y hermoso —dijo Martina.
Paula siempre había pensado que los nombres terminaban moldeando a las personas y aquel le parecía demasiado solemne para una niña, pero no expuso su parecer. Prefirió levantarse y salir al balcón, pues no le interesaba la conversación.
Permaneció unos minutos apoyada sobre la barandilla de hierro, observando a los transeúntes que pasaban por la calle.
Tenía ganas de salir a caminar y llegar hasta el muelle para contemplar el mar, igual que hacía cuando era pequeña.
Pensaba en eso cuando se fijó en un hombre que, al pasar frente al portal, levantó la vista.
Sus miradas se encontraron. Ambos se reconocieron al instante.
Paula sintió un sobresalto y se apartó bruscamente de la barandilla. Sólo lo había visto una vez antes de marcharse a La Quintana, pero estaba segura de que era Pascual Sureda Amengual.
Regresó al salón con el corazón acelerado. Se inclinó junto a su madre y le susurró al oído:
—He visto a papá. Acaba de pasar por la calle. ¿Sabías que estaba en Palma?
—No —respondió Lola en voz baja.
En ese instante, Lola comprendió que Martina ya había tomado una decisión respecto a su padre.