Los Herederos de Son Carvall (La saga de los Anglada 2) Capítulo 30. Patrón Sureda
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Capítulo 30. Patrón Sureda

Pascual Sureda caminaba por las calles céntricas de Palma, iluminadas por el sol del mediodía, cuando distinguió a una pareja a lo lejos y sintió que el corazón se le aceleraba ligeramente. Era su hija mayor, Martina, paseando junto a su esposo, don Sebastián Villalonga.

Ella vestía con elegancia: un abrigo de buena calidad, con cuello y puños de terciopelo marrón, y un sombrero a la última moda.

Pascual se acercó sin dudar.

Aunque su hija no lo invitó a la boda, él había asistido y presenciado la ceremonia desde el fondo de la iglesia; por ello reconoció a su yerno, sin que antes hubieran intercambiado ni una sola palabra.

Cuando estuvo a un par de metros de la pareja, saludó con naturalidad:

—Hola, Martina. ¿Te acuerdas de mí?

Ella lo miró sorprendida, aunque reaccionó con amabilidad.

—Sí, claro. ¿Cómo no voy a acordarme?

Pascual sonrió levemente y se atrevió a preguntar:

—¿Vas a presentarme a tu esposo?

El traqueteo de un carruaje resonó calle abajo mientras Martina dirigía una breve mirada a Sebastián, quien tardó unos segundos en comprender quién era aquel hombre. Lo entendió cuando escuchó a su esposa decir:

—Claro que sí, padre. Sólo faltaría.

Martina hizo las presentaciones y Sebastián estrechó la mano de su suegro con cordialidad.

—Es un placer conocerlo, patrón Sureda.

Pascual no pudo ocultar su sorpresa al escuchar aquel tratamiento.

En ese instante, el reloj del ayuntamiento comenzó a marcar las doce campanadas del mediodía.

Martina levantó la vista hacia el cielo mientras el sonido se extendía alrededor.

Llevaba varios días pensando en cuándo anunciaría su embarazo a su familia y, durante unos segundos, dudó si sería correcto que su padre fuera el primero en saberlo; pero enseguida sintió el impulso de decírselo allí mismo:

—Tengo algo que contarte… —dijo ella. Miró a Sebastián; él asintió apenas. Luego se dirigió a su padre—. Estoy embarazada de tres meses.

Pascual tardó un instante en reaccionar. Después soltó una risa breve.

—¡Qué noticia tan extraordinaria! ¿Puedo darte un abrazo?

Martina volvió la mirada hacia Sebastián, quien hizo un pequeño gesto afirmativo. Entonces ella sonrió y asintió.

Pascual se acercó y la abrazó con una ternura contenida. Ella sintió que ese abrazo podía ser el inicio de retomar la relación con su padre. Entonces propuso:

—Quizás te gustaría visitarnos cuando estés en Palma. Ya sabes dónde vivimos.

Pascual no estaba acostumbrado a mostrar afecto. Años de mar y dureza habían terminado por convertir la contención en una costumbre. Sin embargo, esta sugerencia lo conmovió. Tardó unos segundos en responder, como si temiera decir más de lo necesario. Simplemente asintió:

—Por supuesto.

Ella pensó que el nacimiento de su hijo sería un buen motivo para reunir a toda la familia y sanar las viejas heridas que habían perdurado durante años entre sus padres; entonces expresó su deseo:

—Espero que estés aquí en septiembre. Para cuando nazca el niño.

—Lo intentaré —aseguró Pascual.

—Me gustaría que para esas fechas mamá y Paula también puedan venir desde Córdoba y reunir a toda la familia —añadió Martina.

—Claro. Eso estaría bien —dijo su padre.

Don Sebastián intervino:

—Si tiene tiempo, venga esta tarde a casa a tomar un café con nosotros.

La amabilidad de Martina y Sebastián contrastaba con el rechazo que siempre había percibido en doña Bárbara.

Aunque llevaba años muerta, él seguía sintiendo que ella lo juzgaba por haber abandonado a Lola y a sus hijas.

Por eso, no se sintió con derecho a entrar en la casa que doña Bárbara había comprado para ellas.

Dirigió una breve mirada a la pareja antes de declinar la invitación.

—Mi barco zarpa en breve. En otra ocasión será, gracias.

Luego se despidió y continuó su camino. Apretó con fervor la medalla de la Virgen del Carmen que pendía de su cuello.

Era algo que siempre hacía cuando estaba en alta mar expuesto a grandes peligros, o en aquellos momentos más complicados de su vida, cuando se veía obligado a enfrentarse a decisiones difíciles.