Los Herederos de Son Carvall (La saga de los Anglada 2) Capítulo 29. Fuerza invisible y poderosa
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Capítulo 29. Fuerza invisible y poderosa

Un par de días antes de que comenzara el nuevo curso escolar, Mateo se trasladó a la casa de su tía Carmeli. Sus padres habían hecho un gran esfuerzo por respaldar su educación y le aconsejaron dedicarse con empeño a los estudios y evitar conflictos con su primo Armando.

Apenas tuvo ocasión, Mateo fue a visitar a Paula. Se quedó esperando frente a la casa hasta que don Ramón salió y lo vio alejarse. Entonces llamó a la puerta.

Le abrió Agustina, la sirvienta, que lo condujo a una sala amplia y lujosa, con cortinas elegantes y muebles de calidad, lo que le hizo pensar que don Ramón era un hombre acomodado.

—Puedes sentarte, pero no te muevas de aquí ni toques nada. ¿Me has entendido? —dijo la sirvienta.

—Sí —respondió él.

Ella dejó la puerta entreabierta y fue a avisar a Paula. Unos segundos después, él la vio aparecer al fondo del pasillo y la oyó exclamar con alegría:

—¡Ah! ¡Eres tú, Mateo! Has cumplido tu promesa de venir a verme.

—Te dije que vendría.

—¿Ya vives en la capital? —preguntó ella.

—Sí, pero muy lejos de aquí.

—Al final lo conseguiste —dijo Paula.

—Sí, bueno...

—Ven a mi habitación.

Se adentraron por el largo pasillo.

—¿Qué estabas haciendo? —preguntó él, mientras señalaba el cuaderno abierto sobre el escritorio.

—Matemáticas —contestó ella.

—Qué aburridas. No me gustan las matemáticas, aunque reconozco que son útiles. Quizás para ser abogado no me hagan tanta falta —dijo Mateo.

—Pues yo también quiero ser abogado —replicó Paula.

—¿Tú?

—Claro.

—¡Ah! No me lo habías dicho.

—Te lo digo ahora. No quiero ser menos que tú —dijo Paula con un deje de desafío.

Mateo dudó si hablaba en serio o si se estaba burlando de él. Miró a su alrededor; la habitación duplicaba el tamaño de la suya. Un reloj colgado en la pared le indicó la hora y un leve temor lo invadió ante la posibilidad de que su tía se enfadara si llegaba tarde a la cena. Se despidió con prisa:

—Debo irme antes de que mi tía se enfade. Adiós.

—Adiós —respondió ella, con poco entusiasmo al ver que la visita había sido demasiado breve. Se quedó mirando la puerta cerrada unos segundos más de lo necesario.

Escuchó a Agustina dirigirse a él:

—¿Ya te marchas? ¿Quieres que te acompañe?

—No se moleste, gracias —respondió Mateo.

—Entonces, cierra bien al salir —indicó la sirvienta.

El muchacho obedeció y se aseguró de que la puerta quedara bien cerrada antes de alejarse.

Mateo caminaba por la calle pensando en Paula. Quería volver otro día y pasar más tiempo con ella. Iba justo de tiempo y arrancó a correr. El aire de la tarde empezaba a enfriarse y las calles, ya medio vacías, le devolvían el eco de sus pasos.

Al girar la esquina, apareció ante su vista el edificio donde vivía, al final de la calle.

Las luces del comedor ya estaban encendidas.

Accedió al portal y subió los peldaños de dos en dos hasta alcanzar el segundo piso.

Antes de que pudiera sacar su llave del bolsillo, la puerta principal se abrió.

Armando lo miró desde el dintel, con las manos en la cintura y una media sonrisa irónica.

Antes de recriminar a su primo, echó un vistazo hacia la cocina, como asegurándose de que su madre no pudiera oírlo:

—Llegas tarde.

Había cierta satisfacción nerviosa en su mirada.

—Llego justo de tiempo, pero no es tarde. Tu padre aún no ha llegado y la mesa no está puesta para la cena —respondió Mateo, mirando hacia el comedor.

Armando, aunque era de estatura más baja, se adelantó con chulería, bloqueándole el paso, y susurró con tono de reproche:

—Mi padre puede llegar a la hora que quiera, pero tú debes respetar el horario, primo.

Sin más, le dio un codazo en el estómago.

Mateo aguantó el golpe y permaneció en silencio. No quería discutir.

En ese instante, la puerta de la cocina se abrió y Carmeli apareció con una sonrisa. Pero enseguida percibió la tensión entre ambos y preguntó, mirando alternativamente a uno y a otro:

—¿Qué pasa aquí?

Mateo se apartó de Armando y respondió con naturalidad:

—Nada, tía. Armando me ha abierto la puerta.

A continuación se dirigió a la cocina para ayudar a Carmeli. El codazo todavía le dolía en el estómago, pero no pensaba dejar que se le notara, así que apretó la mandíbula y puso buena cara como si nada hubiera ocurrido.