Los Herederos de Son Carvall (La saga de los Anglada 2) Capítulo 28. La visita de Armando
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Capítulo 28. La visita de Armando

Al concluir el curso escolar, Paula regresó a La Quintana a finales de junio.

Lo hizo con cierta nostalgia por cuanto dejaba atrás, pues se había acostumbrado con facilidad a la vida en casa de don Ramón, a la disciplina del colegio y a la compañía de las amigas que había hecho allí.

A pesar de que se encontraba a gusto en la capital, era en La Quintana, junto a su madre y cerca de Mateo, donde se sentía más tranquila y feliz.

Al cruzar el portón del cortijo, Paula observó a su alrededor, intentando percibir algún cambio durante su ausencia. Todo le parecía igual, aunque sus ojos deseaban verlo distinto, quizás porque ella misma había cambiado y ya no era la niña de antes.

El carruaje que la había traído desde la capital se detuvo con suavidad frente a la fachada de la casa.

Paula bajó con su maleta escolar, repleta de los libros del curso recién terminado, para guardarlos en el desván.

Sentía que aquel verano sería distinto a los anteriores, aunque todavía no sabía por qué.

Al ver a su madre salir a recibirla, Paula dejó la maleta en el suelo y corrió a su encuentro. Se estrecharon en un largo y cariñoso abrazo.

—¡Qué alegría tenerte en casa! —exclamó Lola, justo cuando resonó el relincho de uno de los caballos en los establos. Paula no lo reconoció al instante, pero enseguida pensó en el potro negro que había nacido dos meses atrás. Tenía el presentimiento de que algún día sería suyo.

—Yo también estoy contenta. ¿Puedo ir a ver al potro nuevo? —preguntó Paula.

—Podrás ir a verlo esta tarde. Ahora debes subir a tu habitación y cambiarte de ropa. Pronto vamos a almorzar —respondió Lola.

—¿Podré ver a Mateo?

—Claro. A él también lo verás después de la siesta.

Paula subió a su habitación. Desde la ventana alcanzó a ver las cuadras y sonrió para sí.

El sol del mediodía reposaba sobre los tejados y los alrededores permanecían en calma.

Apoyada en el alféizar, dejó vagar la mirada hacia los corrales, mientras una agradable sensación de bienestar la invadía.

Por primera vez en mucho tiempo, sintió que regresaba a un lugar que seguía perteneciéndole.

Aquella tarde, después de reencontrarse con Mateo, Paula le propuso acercarse a las cuadras para ver al potro negro. Caminaban hacia los establos cuando una voz familiar e inesperada llegó desde el camino principal:

—¡Eh, vosotros! ¡Esperadme!

Era Armando, que acababa de llegar en un carruaje junto a su madre, Carmeli.

Los dos se detuvieron.

—Hola, primo. No te esperaba —saludó Mateo.

—He venido con mi madre. ¿Adónde vais? —preguntó Armando.

—A las cuadras. ¿Vienes? —dijo Paula.

—Los caballos no me interesan demasiado, pero os acompañaré.

Paula sonrió y preguntó con picardía:

—¿Todavía te dan miedo?

Recordaba perfectamente el temor que había mostrado el verano anterior.

Armando fingió no haber oído la pregunta y siguió caminando junto a ellos. Pero cuando estuvieron a unos metros de las cuadras, se quedó unos pasos atrás.

—Vamos, primo —dijo Mateo, volviéndose hacia él—. Los caballos no te harán nada.

Armando se detuvo en la entrada. Desde allí, los equinos le parecían demasiado grandes e imprevisibles; entonces murmuró:

—No pienso entrar. Pueden darme una coz.

—Vamos a ver al potro. Es pequeño y apenas se separa de su madre. Si te quedas quieto, ningún caballo se acercará a ti —insistió Paula.

—Atrévete y entra, primo —desafió Mateo.

—Os esperaré aquí —respondió Armando con firmeza, apoyando una mano en el dintel de la puerta como si quisiera demostrar que no pensaba ceder.

Paula y Mateo intercambiaron una sonrisa cómplice antes de internarse en las cuadras.

Entre el olor del heno y el suave resoplido de los caballos, llegaron al compartimento donde se encontraban la yegua y su cría.

La suave luz de la tarde se filtraba por una de las ventanas e iluminaba al potro. Era un animal hermoso, sociable y tan inquieto que no cesaba de explorar su entorno.

Al ver llegar a Paula y Mateo, Facundo se acercó y les habló con la severidad tranquila de quien vela por los animales:

—No molestéis ni a la madre ni a la cría.

—No los molestaremos. Queremos ver cómo la yegua alimenta al potro —respondió Mateo.

—¿Sólo toma leche? —preguntó Paula.

—Leche materna, sobre todo. También empieza a mordisquear algo de pasto, aunque todavía es muy pequeño —explicó Facundo—. Y ahora será mejor que os marchéis.

Los dos asintieron, pero Paula permaneció unos segundos más observando al potro, incapaz de apartar la vista de la yegua y su cría.

El potro se alejó unos pasos de la yegua, y Paula se volvió hacia Facundo:

—¿Puedo acariciarlo antes de irme?

—Sí, pero sólo un momento —respondió él.

Paula se acercó y posó la mano sobre la cabeza del animal. El potro la olfateaba con curiosidad, mientras la madre lo vigilaba con instinto protector.

—¡Mira, Mateo! ¡Parece que me reconoce de la otra vez! —exclamó, emocionada.

Facundo observó en silencio. Sin saberlo, Paula tenía un don especial para conectar con el joven potro. Al contemplarlos, un escalofrío recorrió su espalda mientras recordaba las antiguas historias de La Quintana.

Desde la puerta, la voz impaciente de Armando irrumpió en la escena:

—¿Podemos irnos ya?

Paula y Mateo salieron de las cuadras.

—¿Qué te pasa, primo? ¿Estás nervioso? —preguntó Mateo—. Relájate, que el caballo no te va a comer. Sólo es un potro.

Armando no respondió, pero su mirada, cargada de hostilidad, lo decía todo.

Para romper la tensión, Paula le preguntó:

—¿Vas a quedarte a pasar las vacaciones en La Quintana como el año pasado?

—De ninguna manera. Me aburro con vosotros. Hoy regreso a Córdoba; allí me espera Enrique.

—Te vas porque te dan miedo los caballos —replicó Paula con tono burlón.

—Vete a tomar por saco. El miedo lo tendrás tú —gruñó Armando.

—¿Quién es Enrique? —preguntó Mateo.

—Es mi mejor amigo. Su padre también es guardia civil, como el mío. Algún día los dos lo seremos. Y tú, niña rica, ya verás quién soy yo. Te haré la vida imposible. Ni siquiera lo verás venir.

—¡Uff! Qué miedo me das —respondió ella, con ironía—. ¿Y qué vas a hacerme exactamente?

—Arruinarte la vida. Ya lo verás.

Armando lo dijo con tal seguridad que no pareció una simple amenaza de niño.

Mateo decidió cambiar de asunto:

—Oye, si no vas a quedarte, ¿para qué has venido?

Armando entendió entonces que su primo ignoraba el motivo de la visita de su madre a La Quintana. Con aire altivo, se adelantó:

—Más te vale saber que no me hace ninguna gracia que estudies en mi colegio ni que vengas a vivir a mi casa. Mi madre te ha preparado una habitación, así que ni se te ocurra pisar la mía.

Mateo tardó unos segundos en reaccionar. Miró a su primo sin saber si trataba de intimidarlo con arrogancia o acababa de darle la mejor noticia de su vida.

—Mateo, ¿te mudas a la capital? —preguntó Paula, desconcertada.

—¿Por qué te metes en esta conversación, niña rica? Estoy hablando con mi primo —replicó Armando.

—No me llames niña rica —respondió ella, frunciendo el ceño.

—¿O qué? —soltó él, hinchando el pecho—. Algún día serás muy rica, la dueña de La Quintana. Entonces me vengaré de ti. Ya lo verás.

—Cállate, Armando —intervino Mateo—. Te pasas el día amenazando a todo el mundo y ni siquiera sabes por qué.

—Sí lo sé. Lo hago porque me da la gana —respondió Armando, lanzando a Paula una mirada de desdén.

Ella percibió el gesto e intentó ignorarlo volviéndose hacia Mateo:

—¿Tu madre no te había dicho que cambiarías de colegio?

—Lo habíamos hablado, pero no estaba decidido.

—¿Y cuándo te irás?

—Supongo que después del verano, cuando comiencen las clases. Quiero ser abogado —explicó Mateo.

—¡Bah! Un abogado no es gran cosa —intervino Armando—. Un guardia civil vale mucho más. Son la autoridad y van armados. Yo voy a ser guardia civil. Mejor que mi padre. Ya lo veréis.

Mateo, emocionado por la noticia de que su tía Carmeli le había conseguido plaza en el mismo colegio que Armando, decidió ignorar las bravatas de su primo. Miró a Paula y le aseguró:

—Cuando me instale en casa de mi tía, iré a verte a la casa de don Ramón.

—¿Me lo prometes? —preguntó ella.

—Te lo prometo —afirmó Mateo.

Más tarde, durante la despedida y sin que su madre lo viera, Armando le propinó a Mateo una patada en la pierna antes de subir al carruaje de vuelta a la capital.

Mateo contuvo el dolor. No se enfrentó a él sino que se limitó a observarlo en silencio.

Mientras el carruaje desaparecía por el camino polvoriento, Mateo intuyó que la convivencia con su primo sería más complicada de lo que había imaginado.