Capítulo 27. Un futuro diferente
Gerardo se sentía intranquilo ante la idea de que su hijo, con apenas quince años, de buen carácter y corazón noble, pudiera sufrir dificultades lejos de La Quintana.
Pero comprendía que quizás le vendría bien empezar a asumir responsabilidades, hacerse un hombre y abrirse camino hacia un futuro diferente del que hasta entonces parecía destinado a seguir.
Escuchó a su cuñada Carmeli insistir:
—La educación es esencial. Mateo podría quedarse conmigo y estudiar en la capital, en el mismo colegio que Armando.
—No sé —murmuró Gerardo, absorto en sus pensamientos ni ofrecer una respuesta concreta.
Al ver que ni su cuñado ni su hermana contestaban, Carmeli continuó con calma:
—¿Qué problema hay, Gerardo? Somos familia. Amelia es mi única hermana, y yo sólo tengo un hijo. Mateo podría estrechar la relación con Armando; sería positivo para ambos.
—El problema es que lo necesito aquí, en el cortijo. No tenemos suficientes manos —replicó él.
—Las mejores oportunidades y colegios están en la capital —añadió Carmeli, consciente de la importancia del asunto.
Amelia miró agradecida a su hermana. Luego se dirigió a su marido y le preguntó:
—¿Cuántas manos hacen falta? Puedes contratar a alguien del pueblo, ¿no?
—Hay que consultarlo —respondió él.
—Estoy de acuerdo con Carmeli. En la capital, Mateo tendrá más oportunidades. Es un muchacho responsable. Apenas tiene tiempo para estudiar y, aun así, ha terminado el curso con buenas notas.
—Está bien. Hablaré con Lola sobre la posibilidad de contratar a alguien que ocupe su lugar —aceptó Gerardo.
—Mateo dice que quiere ser abogado. ¡Quién lo diría! —comentó Amelia, incapaz de ocultar cierta satisfacción ante esa posibilidad.
—Ya lo iremos viendo —respondió Gerardo con escepticismo.
—Claro que puede llegar a ser abogado... todo es posible —opinó Carmeli.
En días posteriores, mientras Lola contrataba un nuevo jornalero para sustituir a Mateo, Carmeli arreglaba en su casa una habitación para su sobrino, de cara al comienzo del nuevo curso escolar.