Los Herederos de Son Carvall (La saga de los Anglada 2) Capítulo 26. Suave euforia
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Capítulo 26. Suave euforia

Don Ramón celebraba con entusiasmo el nacimiento de cada caballo pura sangre en La Quintana. Llevaba años esperando un ejemplar capaz de destacar en las carreras.

Tras conocer, por la carta que Mateo le había escrito a Paula, que el potro había nacido antes de lo previsto, ordenó al cochero que preparara el carruaje para ir a La Quintana. Lo hizo con discreción, sin decírselo a Paula.

En La Quintana, al ver acercarse en la distancia el carruaje de don Ramón, Lola se apresuró a recibirlo en la entrada principal. Lo saludó con una mezcla de sorpresa, alegría y cierta inquietud por la visita inesperada:

—Buenos días, don Ramón. No lo esperaba. ¿Ha ocurrido algo? ¿Paula está bien?

—Tu hija está perfectamente. He venido a ver al potro de pelaje negro, que nació dos semanas antes de lo previsto.

—¿Cómo sabe usted que ya ha nacido? ¿Quién le dijo que es negro?

—Mateo le escribió a Paula, aunque ella ya lo sabía. Lo soñó. Insiste en venir a verlo.

—Claro… ¿por qué no me sorprende? —murmuró Lola, y luego añadió—: Hay momentos en que Paula parece pensar más en los caballos que en cualquier otra cosa. Me preocupa.

—Deja que tu hija vea al potro recién nacido cuanto antes. Así podrá tranquilizarse.

—Tiene razón. Tráigala cuando lo considere oportuno.

Llegaron a un acuerdo y se dirigieron a las cuadras para ver al potro. Mientras don Ramón elogiaba al animal, Lola sonreía complacida, sin sospechar la importancia que aquel caballo tendría en la vida de su hija menor.

Un par de días después, Paula visitó por primera vez al pura sangre en las cuadras, acompañada de Mateo, quien le advirtió que el potro no aceptaba bien el contacto, pues se mostraba reacio a que lo cepillaran o acariciaran.

A pesar de ello, el muchacho presenció el encuentro entre Paula y el potro con cierta expectación. El animal relinchó en cuanto la vio y, para sorpresa de ambos, se acercó a ella con docilidad. La niña lo acarició con suavidad en el lomo, mientras dedicaba a Mateo una mirada llena de emoción.

Al salir del establo, Mateo, que acababa de cumplir quince años, abrazó a Paula por la cintura y aguardó su reacción.

Ella, a punto de cumplir trece, no se apartó; al contrario, se volvió hacia él y le pasó los brazos alrededor del cuello.

Se besaron por primera vez, con la torpeza y el impulso propios de la adolescencia.

—¿Es pecado besar? —preguntó Paula, marcada aún por la educación recibida.

—No lo sé —respondió Mateo, tras una breve pausa.

En ese momento se oyó el relincho del potro, y ambos sonrieron.

—Mi caballo dice que sí —murmuró Paula.

—No es verdad —rió Mateo—. No creo que sea pecado besarte porque te quiero.

El potro relinchó de nuevo, como si insistiera en reafirmarse.

—Mi caballo sigue diciendo que sí —añadió ella, dejando escapar una risa sincera.

—¿Que sabrá él? —dijo Mateo.

Luego se pasó la lengua por los labios. Notó un sabor extraño que no reconoció de inmediato, y preguntó:

—¿A qué sabe tu boca?

—No lo sé. ¿A qué crees? ¿A pastillas Juanola? —respondió ella con un profundo suspiro.

—Eso es —convino él. Volvió a pasarse la lengua por los labios y sonrió para sí.

—Debo irme —dijo ella, pero al ver la expresión de tristeza en su rostro, añadió con ligereza—: No te preocupes. Volveré. Ahora tengo dos razones: mi potro y tú.

—Adiós —respondió Mateo con seriedad. Luego murmuró mientras la veía alejarse—: Si no vuelves, te buscaré hasta encontrarte.

El potro relinchó una vez más, como si aprobara esa idea. Mateo sonrió para sí mismo, sin que nadie lo viera.