Los Herederos de Son Carvall (La saga de los Anglada 2) Capítulo 25. El potro de pelaje negro
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Capítulo 25. El potro de pelaje negro

Aquella noche, Paula soñó con el nacimiento de un potro pura sangre en las cuadras de La Quintana.

Vio a Facundo asistiendo al parto con la ayuda de Mateo.

Al despertar, le quedó una sensación persistente, como si aquel sueño hubiera dejado una huella real.

Por un instante, creyó seguir unida a La Quintana, pese a la distancia.

Se levantó para desayunar. Al salir de su habitación, advirtió que la puerta del dormitorio de don Ramón permanecía cerrada; probablemente seguía dormido. En la cocina, saludó a la sirvienta, que preparaba la mesa para el desayuno.

Sumida en sus pensamientos, Paula salió al patio, se sentó en el banco de madera y respiró el aire fresco de la mañana.

Los rayos del sol acariciaban las naranjas que colgaban de las ramas del único árbol.

Por un instante, como si regresara a aquel sueño que tanto la había impactado, se imaginó sobrevolando las cuadras de La Quintana, contemplando al potro recién nacido mientras intentaba mantenerse en pie sobre sus frágiles patas.

Quería ir al cortijo, pero la distancia se lo impedía.

No podía llegar a pie, y tampoco tenía dinero para alquilar un carruaje.

Hacía más de un año que residía en la casa de don Ramón, y sospechaba que su madre no le permitía regresar al cortijo cuando quisiera, temerosa de que el ambiente rural afectara a sus estudios.

Desde la ventana de su dormitorio, a don Ramón le llamó la atención ver a Paula sola y pensativa bajo el naranjo. Se dirigió al patio y se sentó junto a ella:

—Buenos días, Paula. ¿Has dormido bien?

—Sí —respondió ella—. He soñado que ha nacido un potro en La Quintana.

—¿Un pura sangre de origen inglés? —preguntó él.

—Sí —confirmó, con una sonrisa que delataba su emoción.

—Dentro de un par de semanas está previsto que nazca uno —dijo don Ramón.

—Ha nacido esta noche. Es de pelaje negro —respondió Paula—. Tengo que ir a verlo. ¿Me llevará usted a La Quintana?

—¿Negro azabache? —preguntó él, casi en un susurro retórico—. Sólo ha sido un sueño. No puedo llevarte sin el permiso de tu madre. Cuando venga este fin de semana, se lo preguntaremos.

Paula consideraba a don Ramón y a su madre demasiado estrictos. Estaba tan enojada y contrariada por la situación que decidió no dar importancia a las objeciones y replicó con firmeza:

—Este fin de semana mi madre no vendrá. Siento que ese caballo me pertenece. No sé cómo explicarlo, pero necesito verlo. Por favor, lléveme al cortijo.

Don Ramón recordó a su segunda esposa, Bárbara, quien creía en las leyendas de La Quintana sobre almas gemelas. No quiso dejarse atrapar por esos recuerdos ni por supersticiones, y respondió con calma:

—Soñaste con el nacimiento del pura sangre porque ya sabías que el potro está a punto de nacer.

—Ya ha nacido —afirmó Paula—. Será mi caballo favorito y, algún día, ganará en las carreras. Yo lo montaré.

Don Ramón sonrió ante la ocurrencia de la niña y su débil argumento para persuadirlo. Mantuvo su decisión con tono firme:

—Lo siento, Paula. No puedo llevarte. Vamos a desayunar.

Se levantaron al mismo tiempo, justo cuando Agustina se acercaba para anunciar que la mesa estaba preparada.

Días después, el cartero trajo una carta para Paula. Tras leerla en su dormitorio, regresó al salón con el rostro iluminado por la emoción y exclamó:

—Don Ramón, ¡Mateo me ha escrito!

—¿Ah, sí? ¿Qué te cuenta en su carta? —preguntó él.

Paula hizo un esfuerzo por contener su entusiasmo mientras respondía:

—Dice que ha nacido un potro negro. ¿Recuerda que le dije que lo había soñado?

Él la observó con atención y advirtió la alegría contenida en su rostro. Mientras la escuchaba hablar del animal, trató de aceptar que quizás no todo tenía una explicación racional. Prefirió no ahondar en las historias de maldiciones y leyendas que rodeaban el cortijo.

Finalmente, respondió con tono neutro:

—Entonces tenías razón. Hablaré con tu madre para que me autorice a llevarte a ver ese potro de pelaje negro.

Paula sonrió, animada. En ese instante, pensó que algún día sería la dueña de La Quintana y que entonces no necesitaría permiso de nadie para ir a las cuadras ni para decidir sus propios pasos.